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Filosofía 3.0 

Amargura colectiva, por Pedro Cornejo

El Premio Nobel de Literatura Orhan Pamuk ha escrito mucho sobre Estambul logrando reflexionar sobre las sensaciones irresueltas que esta le genera. 

Orhan Pamuk, candidato al premio Booker Internacional

Orhan Pamuk

Por: Pedro Cornejo
En sus memorias (Estambul. Ciudad y recuerdos), Orhan Pamuk, escritor turco y premio Nobel de Literatura, elabora una reflexión que bien podría servirnos como punto de referencia para entendernos a nosotros mismos, los peruanos. Dice Pamuk: “Viví el Estambul de mi infancia como las fotografías en blanco y negro, como un lugar en dos colores, oscuro y plomizo, y es así como lo recuerdo”. Y añade que esa sensación tiene que ver con la pobreza de una ciudad envejecida y caída en desgracia, que ha inoculado en sus habitantes un sentimiento muy particular de amargura por ser los sobrevivientes de lo que en su momento —no hace demasiado tiempo, tal vez cien años— fue el gran Imperio otomano.

Pero, en la década del 50 —Pamuk nació el 7 de junio de 1952—, ese periodo de esplendor ya formaba parte de un pasado cada vez más lejano. Lo que había, en cambio, era la nueva República Turca, el Estado nacional laico fundado por Atatürk, en el centro de cuya ideología estaba, por un lado, el ansia por occidentalizarse y suprimir todo lo relativo al pasado otomano, y, por otro, la realidad incontestable del vínculo con aquella tradición manifiesta en la densa presencia de una cultura islámica reacia a la modernización. El resultado de esa tensión irresuelta era, para Pamuk, una ciudad hundida en las propias ruinas y donde “el esfuerzo por occidentalizarse parecía, más que un deseo de modernización, una inquietud por librarse de todas las cosas cargadas de recuerdos llenos de amargura y tristeza que quedaban del imperio desaparecido”.

Amargura. Esta es la palabra clave, según Pamuk, para entender el espíritu del Estambul de su infancia, así como su propio yo. De ahí que ponga especial cuidado en precisar lo que, para él, significa: un sentimiento de aflicción relacionado con una pérdida y el sufrimiento que se deriva de ello. Pero que, a diferencia de la melancolía, no es un sentimiento individual sino una emoción más oscura que es compartida por toda una comunidad: “La amargura es una palabra muy adecuada para referirse no a algo que afecta como una enfermedad a un solo individuo sino a una cultura, a un entorno y a un sentimiento en los que viven inmersas millones de personas”.

Y es que en Estambul la Historia y los restos de las victorias y las civilizaciones del pasado están demasiado próximos. Podrán estar descuidados, ignorados y enterrados entre montones de cemento, pero esos monumentos y gigantescas mezquitas, las fuentes y oratorios que hay en cada esquina recuerdan a los millones de personas que viven entre ellos que son lo que queda de un gran imperio. Un recuerdo que, en lugar de suscitar un sentimiento de orgullo, produce amargura. Amargura amplificada por la pequeñez de un presente que es una pálida copia de la civilización occidental.

No hay que pensar, sin embargo, que en esa amargura hay algo de nostalgia. Ajeno, por completo, a sentimientos de corte nacionalista, tradicionalista o comunitarista, lo que hace Pamuk es hurgar en el alma de Estambul para sacar a la luz sus contradicciones, las cuales él ha aprendido a exorcizar a través de la literatura, lo que le han permitido no solo observar Estambul como un extranjero sino convertirse, al mismo tiempo, en la conciencia crítica de su patria. Una Turquía que quiere ser moderna, pero que, en la realidad, no puede desprenderse de sus viejos atavismos. Y que tampoco sabe cómo integrar su tradición a los desafíos y posibilidades que plantea el mundo contemporáneo.

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