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Anamaría McCarthy: poner el rostro, dejarse la piel

Tras 15 años, Anamaría McCarthy regresa con una nueva muestra antológica: Anatomía interior. Introspectiva 1992-2017. Se trata de la gran oportunidad de acercarnos a una constelación creativa que cautiva tanto como inquieta.   

Punto ciego, Anamaría McCarthy

"Punto ciego" (1997). Esta imagen nació a partir de una cirugía láser, a la cual la artista se sometió para corregir su miopía

"Punto ciego" (1997). Esta imagen nació a partir de una cirugía láser, a la cual la artista se sometió para corregir su miopía

Anamaría McCarthy


Hace treinta años, dos hechos marcaron la vida de Anamaría McCarthy. Dos sucesos que, vistos en perspectiva, resultan ejemplares. A sus 32 años, quien ya había montado doce individuales como escultora, fue un día a buscar a su amigo Carlos Montenegro, un fotógrafo que dirigía el hoy desaparecido CEIF —Centro de Estudios e Investigación de la Fotografía—. Quería que le enseñara a registrar sus piezas, pues casi no sabía usar una cámara, y contratar profesionales le costaba demasiado. Montenegro le dijo que no. Le propuso, más bien, que estudiara, que se formara ella misma como fotógrafa. Y McCarthy, que siempre se consideró a sí misma una artesana con espíritu de aprendiz, aceptó.

Lo otro que pasó en 1987 fue el estallido de un coche bomba en la agencia del Banco de Crédito de la avenida Larco, a solo unos metros del departamento donde vivía, en la calle Tarata.

El dolor y la luz, la crisis y la salvación a través de la creación, luto y vida… son como dualidades que —atravesadas por el azar— resultan constantes en la biografía y los trabajos de una artista que ha hecho de su propio cuerpo el principal soporte de lo que tiene que decirnos. Y es mucho. A partir del 9 de agosto, y durante unas cuantas semanas, la galería John Harriman del Centro Cultural Británico de Miraflores alojará Anatomía interior. Introspectiva 1992-2017, su primera muestra antológica en Lima luego de 15 años, una serie de imágenes como un río turbulento de una desconcertante belleza.

Hay una navaja que no olvide, de Anamaría McCarthy

Primera imagen del díptico “Hay una navaja que no olvido”, (1999), en el que explora el proceso de sanación espiritual y físico.

Primera imagen del díptico “Hay una navaja que no olvido”, (1999), en el que explora el proceso de sanación espiritual y físico.

Anamaría McCarthy

—Educación física—
La mayoría reconocemos la obra de Anamaría McCarthy por la desnudez, sobre todo la suya. Muestra así, aunque parezca paradójico, lo que la habita por debajo. Fue mientras estudiaba en el CEIF que “educó su ojo”, un concepto que defiende y transmite hoy a sus alumnos con vehemencia, y que tiene que ver más con la reflexión previa y las decisiones que se toman durante el proceso creativo que con los aparatos y soportes del arte; y descubrió su fascinación por el desnudo: “Cuando noté cómo se veía la piel en blanco y negro sobre el papel fue una revelación, y pese a no trabajar hasta entonces el cuerpo, lo tomé como una especie de variante de lo que venía haciendo en la escultura. Se volvió mi tema, a lo que me debía conducir”, cuenta en el estudio de su casa, en Miraflores, adonde se mudó luego del atentado. Tras la ventana se luce un jardín donde parece que vivieran docenas de pájaros.

Ya en sus prácticas reconoció que no quería trabajar solo con “bailarinas y cuerpos lindos”, sino que comenzó a cuestionarse qué hacer con esa nueva herramienta y ese nuevo saber. Y esto fue, lo supo pronto, “mostrar los instintos de la feminidad, trabajar lo íntimo, sobre todo en un país tan machista, donde la mujer siempre fue tratada como menos, donde tenía que cuidarse, donde no podía mostrarse con orgullo. Había todo un problema ahí”, cuenta con ese acento norteamericano que no la abandona, y que es tan característico en ella como el mechón dorado de su cabello.

Para comprender mejor la evolución de su trabajo, es necesario seguir imbricando su vida y su crecimiento artístico. Por ejemplo, saber que, en noviembre de 1989, el día de las elecciones para la alcaldía de Lima, terroristas del MRTA motorizados lanzaron bombas al azar, una de las cuales aterrizó en el jardín de los pajaritos. McCarthy la vio caer desde donde hoy está sentada; recuerda cómo su hijo se acercó al paquete, lo que sintió cuando se dio cuenta de lo que pasaba y, peor, lo que estaba a punto de ocurrir. Por suerte no estalló.

En 1990 reunió a una serie de colegas que exploraban el desnudo en su obra —Roberto Huarcaya, Lorry Salcedo, Fernando Castro, Roberto Fantozzi y María Cecilia Piazza—, y juntos montaron una de las primeras colectivas nacionales sobre el asunto: Desnudo / Desnudo (que tuvo una especie de segunda parte, aunque aquella muestra fue censurada antes de ser inaugurada, por lo que tuvo que postergarse hasta el 93). McCarthy seguía aprendiendo, buscándose, desafiando de alguna manera los convencionalismos de su nueva disciplina, siempre artesana y especializándose en el trabajo en cuarto oscuro justo cuando la tecnología digital amenazaba con poner todo de cabeza. Pero eso, además de la incomprensión y el morbo de muchos, no fue lo único con lo que debió enfrentarse en esa época.

Hay una navaja que no olvide 2

Segunda imagen del díptico "Hay una navaja que no olvido” (1999), de Anamaría McCarthy

Segunda imagen del díptico "Hay una navaja que no olvido” (1999), de Anamaría McCarthy

Anamaría McCarthy

En 1992, el año de la gran crisis, cuando el miedo y la desesperanza parecían tener al país del cuello, la artista comenzó a trabajar en su taller —que conservó en la calle Tarata— con una modelo a la que maniataba, encapuchaba, ataba a una silla, forraba en bolsas plásticas. Estaba “enchufada con lo que sucedía”. Su trabajo se había politizado, y se asombró de lo que estaba saliendo de sí, la furia, la tristeza. Fue entonces cuando el 16 de julio estalló el coche bomba que destruyó su cuadra y acabó con la vida de 25 personas.

La historia es conocida: McCarthy cambió su pasaje a último minuto y viajó la noche anterior a Nueva York con sus hijos. Por eso el desastre no la pilló trabajando; por eso la escuela de danza que también funcionaba ahí no tuvo clases esa noche; y su hermano Kevin, quien vivía en un espacio del estudio, se salvó de casualidad, ya que salió a regañadientes a tomarse una cerveza con su cuñado. La artista entró en una crisis nerviosa, y estuvo a punto de no regresar al país. Pero terminó haciéndolo, y se dedicó a retratar las heridas del atentado (lo que, con el tiempo, terminó componiendo la muestra Procesos alterados).

En 1993 murió su madre. La artista viajó a Nueva York y regresó con una larga trenza que aquella se había recortado en los cuarenta. Reconoció en ese trozo de pelo —también de dos colores— un gran valor simbólico. Se retrató con él. McCarthy siguió trabajando con el tema de las mujeres como víctimas principales y a la vez soslayadas del horror, cuando se dio una serendipia: sobre la espalda de una modelo fotografiada puso una polilla que encontró muerta en su estudio; cuando cayó en la cuenta de que ella misma tiene una mariposa tatuada sobre su propia espalda desde los 20 años. Fue entonces que comprendió que, para seguir explorando, debía “dar la cara”, en todo sentido (de hecho, el único rostro que figura en sus trabajos de desnudo es el suyo): “En ese momento pensé que había agotado el desnudo como algo ajeno y propio a la vez. Me estaba escondiendo a través de otros cuerpos. Y me dije: ¿cuándo voy a dejar de censurarme a mí misma, poner de lado mi educación católica, irlandesa y peruana? Sentí que había casi una falta, no de honestidad, pero sí de transparencia”.

Mis sueños tienen tus ojos, Anamaría McCarthy

En 1995 McCarthy realizó una serie dedicada a sus padres: “Mis sueños tienen tus ojos”.

En 1995 McCarthy realizó una serie dedicada a sus padres: “Mis sueños tienen tus ojos”.

Anamaría McCarthy

En 1994 perdió un hijo que estaba a punto de nacer, y entró en una fuerte depresión. Fotografió su cuerpo vendado luego de la cesárea, según cuenta, “la imagen más fuerte que he hecho”. Sentía que iba a perder la razón, y por eso mismo se dijo: “Tengo que hacer esta foto, tengo que desquitarme, dejar en papel la herida”. Fue muy duro para toda su familia, nadie quería que lo hiciera. Se hizo una limpieza con una curandera para librarse del daño.

En la muestra colectiva de 1995, Cruzando caminos, en el MALI, expuso por primera vez, en un biombo, un desnudo propio. Una pieza llamada “Letanía de la lluvia”, donde sobre su retrato escribió: “Yo, a los 39, después de perder a mis vecinos, después de perder a mi madre, después de perder a mi hijo, después de que murieran los pájaros, después de la limpieza, antes de los 40”.

A la deriva, Anamaría McCarthy

"A la deriva" (2015-2017), Anamaría McCarthy

"A la deriva" (2015-2017), Anamaría McCarthy

Anamaría McCarthy

—Bajo la piel—
Desde entonces, además de ciertos ejercicios de memoria familiar —su padre murió en 1995 luego de un penoso mal de Alzheimer—, Anamaría McCarthy enfocó su trabajo en el autorretrato desnudo.

Sobre la historia doméstica, la artista realizó dos trabajos hermosos: Memoria compartida, donde empleó e intervino imágenes y películas familiares realizadas por su padre, el ingeniero y fotógrafo amateur Frank J. McCarthy entre 1949 y 1959; y Vidas ocultas, donde ella misma, a través de collages manuales, “ingresó” a las fotos, acompañando a su padre, convirtiéndose en una compañera del pasado.

Respecto a los desnudos, cuenta lo siguiente: “Fue lo que comenzó a salirme de las entrañas, del duelo, del puro dolor”. No faltaron quienes la acusaron de narcisista, de impúdica, de exhibicionista. No todos comprendían su obra. La artista, sin embargo, estaba preparada para superar adversidades mayores como para atender esos gritos solitarios.

Se fotografió luego de ser operada de la vista. Se fotografió vendada después de fracturarse. Lo hizo cuando se separó de su marido y necesitó una contención adicional, sentirse vendada al filo de la asfixia, lo que dio lugar a su primera performance. Se retrató cuando se permitió liberarse, y entre sueños, sin ataduras; al final del ciclo de la maternidad y cuando entró en contacto con la ayahuasca. Y más. Luego, se dio un hito importante en su carrera luego de conocer al fotógrafo y empresario chileno Roberto Edwards, quien estaba al frente de un proyecto llamado Cuerpos pintados.

Cuerpos pintados, Anamaría McCarthy

“Cuerpos pintados”, proyecto performático realizado en Chile.

“Cuerpos pintados”, proyecto performático realizado en Chile.

Anamaría McCarthy

Edwards se quedó fascinado con el trabajo y las motivaciones de McCarthy, a tal punto que entre el 2001 y el 2004 la animó a realizar diversas obras con su respaldo, a escribir sobre las historias detrás de sus imágenes (llevándola a la primera exploración escrita de su pasado) y, finalmente, la fotografió en distintas performances que terminaron en un par de libros estupendos. Mientras esto ocurría, se presentó otro tipo de cuestionadores: los que se preguntaban cómo podía ser la autora de las fotos si ella misma aparecía al frente. “Me dicen: ‘a ver, ¿cómo te has tomado esta?’. Quizá yo no la disparé, porque no pude (porque cuando pude, con cables y automáticos, lo hice). Pero dispuse todo, lo planeé. ¿No se dan cuenta de que el trabajo del autorretrato no es un dedo haciendo clic? Es la intención delante y detrás de la cámara”, explica, entre fastidiada y desdeñosa.

—Quien se muestra en la muestra—
La exposición que veremos en el Británico será un recorrido dividido en fases (siete dualidades temáticas, como era de suponer), ideado por la artista y la curadora Isabela Olivas —quien además es su prima—, y el respaldo y la experiencia de Silvio de Ferrari. Se trata de un tránsito por la vida y la obra de McCarthy —“pasando por lo bueno, lo malo y lo feo”—. Es, por ello, una antología y también una mirada interior compartida con el público. Por eso se denomina “introspectiva” y no, como suele ser, “retrospectiva”, porque esta última palabra le suena un poco arrogante y le remite al trabajo de toda una existencia, a quien ya dio el trabajo y la búsqueda por concluidas, a quien está muerto, o cerca de estarlo. Y lo suyo hoy vibra, acaso más que nunca.

Anatomía interior, que reúne 25 años de fotografía, vendrá acompañada de un libro, pero ese no es el único que la artista está preparando. Luego de la experiencia en Chile con Roberto Edwards, un día de fines del 2004, Anamaría McCarthy tomó su computadora y empezó a escribir. Escribía “sin imágenes”, pues estas no le bastaban para lo que tenía que sacarse de adentro, debía probar otro formato. Lo que empezó como catarsis terminó siendo un gran ejercicio de memoria: el resultado es Reflejo de un momento, un poderoso libro de 365 páginas que saldría a la luz el próximo año.

LXII Box 2, Anamaría McCarthy

“LXII Box 2” ( 2017 ) es el más reciente proyecto de Anamaría McCarthy, que formará parte de Anatomía interior. Introspectiva 1992-2017.

“LXII Box 2” ( 2017 ) es el más reciente proyecto de Anamaría McCarthy, que formará parte de Anatomía interior. Introspectiva 1992-2017.

Anamaría McCarthy

Forma e imagen
McCarthy nació en Glen Cove, Nueva York, en 1955. Su vida hubiera sido otra de no ser porque, siendo una muchacha jipi y medio acomodada, se enamoró de un músico sueco muchísimo mayor que ella. Su madre —una peruana emigrada en 1946— no estaba dispuesta a aceptar que su única hija se marchara a alfabetizar nativos a Canadá, como tenía previsto. Fue así que luego de su último día de escuela, la Anamaría de 17 años volvió a su casa y se encontró con dos sorpresas: su maleta lista en la puerta y un pasaje sin retorno a Lima “antes que me hiciera adulta, y fuera demasiado tarde”.

En Lima, alojada en la casa de la abuela, se interesó mucho por la realidad social y por el quehacer del gobierno de Velasco. También se conectó de inmediato con su tío, el prestigioso ceramista Félix Oliva, quien dirigía un taller que era también un punto de encuentro de personalidades como Carlos Bernasconi, Sabino Springett o Emilio Rodríguez Larraín. De todos ellos la muchacha aprendió vida y oficio. Se formó por diez años como aprendiz, tomó clases con Germán Suárez-Vértiz, Enrique Zevallos, Leslie Lee, Cristina Gálvez y Armando Williams.

Finalmente, salvo los viajes que hizo siempre, se quedó: aquí se casó, de aquí son sus hijos. Cuando se le pregunta de dónde es, dice que de “allá y de aquí”. Luego recuerda que su hija vive en La Plata, y afirma que también de allá, y termina diciendo que es de donde se sienta cómoda. “Eso sí —puntualiza— como artista, soy totalmente peruana”.


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