El 17 de diciembre de 1830, en Santa Marta, Colombia, murió el libertador Simón Bolívar. (Ilustración: Giovanni Tazza)
El 17 de diciembre de 1830, en Santa Marta, Colombia, murió el libertador Simón Bolívar. (Ilustración: Giovanni Tazza)
Jorge Paredes Laos

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El 17 de diciembre de 1830, Simón Bolívar pasó sus últimas horas de vida en Santa Marta, Colombia. La tuberculosis se llevaba a uno de los personajes más importantes de la independencia americana: el político ilustrado, el estratega militar y el gestor de los ideales republicanos en un tiempo de ideas monárquicas, ideales que defendió —a sangre y espada— en Venezuela, Colombia, Ecuador, el Perú y Bolivia.

La llegada de Bolívar a nuestro país se produjo en septiembre de 1823, cuando la nueva república se abatía en la anarquía, con un presidente destituido —Riva Agüero—, otro impuesto por el Congreso —Torre Tagle— y con Lima, otra vez, tomada por los realistas. Las cosas iban de mal en peor y, en febrero de 1824, el Congreso otorgó todo el poder al caudillo nacido el 24 de julio de 1783 en Caracas. En ese momento, la figura de Bolívar se divide en dos: por un lado, el héroe y estratega que concluyó la independencia en las batallas de Junín y Ayacucho, cuyo 196.° aniversario se celebró esta semana, y, por otro, el político que, con mano férrea, se enfrentó, desterró y ajustició a sus detractores, y llegó a redactar una constitución vitalicia —la de 1826— hecha a su medida.

“Mi opinión es que la historiografía se ha polarizado demasiado entre San Martín y Bolívar —sostiene la historiadora Scarlett O’Phelan—. Al primero lo han colocado como una persona benévola, mientras que al segundo lo han señalado como alguien nefasto”.

“Para mí —prosigue— , ambos son importantes. Si no hubieran venido Sucre y Bolívar, el Perú no habría podido liberarse de España. Lo que pasa es lo siguiente: mientras San Martín buscó el apoyo de la élite, de los titulados, para su proyecto de monarquía constitucional; Bolívar, no. En ese sentido, fue muy claro: anuló los títulos nobiliarios, marcó distancia de la aristocracia, que se volvió contra él, y estuvo, más bien, cerca de la élite ilustrada. Era muy cercano a Hipólito Unanue, a Faustino Sánchez Carrión, a José Joaquín de Olmedo”.

La leyenda negra

La leyenda negra de Bolívar comenzó a gestarse a partir de la ruptura con esa élite que venía del período virreinal. Torre Tagle se convirtió en su enemigo y conspiró con los realistas en su contra. En represalia, Bolívar ajustició, en la Plaza Mayor, a Juan de Berindoaga, vizconde de San Donás, uno de los hombres de confianza del marqués.

Sin embargo, la intelectualidad ilustrada sí ofreció su apoyo al caudillo venezolano. O’Phelan —quien ha publicado el libro Simón Bolívar y la conclusión de la independencia en el suelo de los incas— pone como ejemplo el caso de Sánchez Carrión, quien lo acompañó hasta el final y lo ayudó a organizar el célebre Congreso de Panamá de 1826, en el que el libertador soñó con la patria grande latinoamericana.

“En el momento en que él libera al Perú y a Bolivia —refiere la historiadora—, comienza a pensar en articular estos territorios a la Gran Colombia para formar un espacio político macro, un proyecto mucho más grande que va a llamar la Federación de los Andes. Él piensa en que estos grandes bloques políticos centralistas se hagan respetar frente a las grandes potencias de la época, como Estados Unidos, Inglaterra o Francia. Él decía, si se forman pequeñas republiquetas y se atomiza el espacio, nadie las va a respetar. En cambio, un gran bloque va a tener una población diversa, una gran cantidad de recursos naturales, y eso le va a dar poder económico”.

No obstante, tras la redacción de la Constitución de 1826, que lo facultaba no solo a ejercer el poder sin dilaciones, sino también a elegir un sucesor (todo apuntaba a Antonio José de Sucre), no solo en el Perú, sino también en la Gran Colombia, se le comenzó a ver como un tirano. Ese año, en Venezuela, se produjo el levantamiento del general llanero José Antonio Páez contra el proyecto bolivariano de la Gran Colombia. Ante estos hechos, el libertador dejó apresuradamente el Perú.

Cuatro años después, el experimento de la Gran Colombia llegaba a su fin. Bolívar ya no tenía fuerzas para luchar y decidió retirarse a Santa Marta, soñando con un posible viaje a Europa. Pasada la una de la tarde del 17 de diciembre de 1830, el hombre al que comparaban con Napoleón y al que habían intentado asesinar varias veces moría a los 47 años, aquejado de catarro pulmonar y rodeado apenas por algunos generales y colaboradores cercanos.

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