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Claude Debussy: Preludio a la fiesta de un fauno

Recordamos al hombre que inició la música moderna musicalizando un poema de Mallarmé.

Claude Debussy

Hoy se cumplen cien años de la muerte del compositor francés, un transgresor capaz de conmover todos los sentidos.

Getty Images

¿Cómo se imagina usted a un revolucionario? Quizá alzando el puño en medio de una batalla, gritando: “¡Libertad!” hasta reventarse la garganta, disparando un arma contra el opresor? ¿U ondeando una bandera ensangrentada, intentando transformar al mundo?

¿Para qué cosas imagina que pueda usar un piano?

¿Para abrir cielos y horizontes como vías de escape del mundo conocido? ¿Para regalarles a nuestros oídos las armonías que no nos puede dar la realidad?

“Pintor del sonido”, “príncipe de las tinieblas”, “creador de la música nueva”, “primer modernista”, “liberador de la formalidad”, “impresionista sonoro”: todos estos epítetos sirvieron, de uno u otro modo, para invocar la música y la figura de Claude Debussy, el compositor francés que, sin disparar un arma y sin derramar más sangre o sudor que el que generaran sus interminables horas frente al piano, rechazó el academicismo, la teoría ortodoxa, los convencionalismos del arte; e inventó una nueva forma de rebeldía y revolución en un mundo que necesitaba más el sonido de sus rapsodias y preludios que el de gritos o explosiones. Como debería ser hasta hoy.

A 100 años de su muerte —que se cumplen hoy, 25 de marzo—, Debussy no solo es considerado uno de los más importantes de la historia: es el compositor que pinta sus canciones, el que descuadra desde sus riesgos tonales y atonales, el que es caótico con un orden desquiciante y admirable. Es, además, el hombre solitario y ensimismado, el temperamental y el sensible, el libérrimo acucioso que desafió las normas y la formalidad; pero que, al mismo tiempo, era capaz de trabajar sus piezas con el cuidado y el detalle de un disciplinado relojero. En un mundo que aún no conocía a Claptons, Mercurys o Bonhams, lo más cercano entonces a un rockstar eran Mozart, Beethoven, Liszt o Stravinski. Claude Debussy —cuatro sílabas que danzan sobre un piano al pronunciarse—, el hombre que no necesitó pinceles para crear seductores cuadros con sus composiciones, es también uno de ellos.

                    Hay gentes que nacieron para la luz del
                                                        día
                         y hay otras que nacieron para un
                                               vago fulgor
                                       Bajo el Sol resuenan
                               las Danzas sacras y profanas
                                             De Debussy

Escribió Luis Hernández, parafraseando a Amado Nervo.

Claude Debussy

Debussy, al centro, tocando el piano. Se terminó de formar como compositor al ganar uno de los premios más importantes de su época: una estancia de tres años en la Villa Médici.

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                         — Piano, piano, andiamo lontano
“Su música es extraordinariamente refinada, técnicamente rica, preciosista, con atención a cada detalle. Inmediatamente uno puede darse cuenta de qué melodía está hecha por Debussy por esa orfebrería sonora. Pero, al mismo tiempo, eso viene de una actitud completamente libérrima. Hay una tensión interesante ahí”, nos dice el crítico musical Alonso Almenara, conocedor a profundidad de la música clásica y de la trayectoria e importancia del artista. Para él, Claude Debussy “es el primer compositor verdaderamente moderno, por la libertad formal de su producción, que emerge como la más poderosa alternativa frente al romanticismo tardío de figuras como Wagner o Richard Strauss. Entonces, digamos que a la angustia existencial de la tradición germana, Debussy le opone una música completamente distinta: hedonista, sensual, influida por el simbolismo literario —que era la vanguardia en la poesía—, y cercana a autores como Verlaine, Baudelaire o Mallarmé”. Peculiaridades de vivir en un París donde los tienes de vecinos. Pero vamos por partes.

La primera música oída por Debussy fueron los plácidos ruidos ambientales de Saint-Germain-en-Laye, una localidad ubicada 30 kilómetros al oeste de París donde vino al mundo el 22 de agosto de 1862. Saint-Germain era entonces un tranquilo poblado donde el espacio ocupado por la naturaleza le ganaba por mucho a las construcciones. Los paseos disfrutando el aire puro y el campo eran la actividad favorita de esparcimiento. Aunque paisajísticamente hermoso, el lugar también enfrentó a su familia duramente con la realidad. Su padre era vendedor de porcelana, y su madre, costurera. Claude creció entre el fin de la Primera Revolución Industrial (1840) y los albores de la segunda, que inició en 1880. Aunque el proletariado urbano y la burguesía industrial pronto dejaron de interesarle una vez que escuchó El trovador, de Verdi, en algún teatro local.

Claude Aquille, su nombre de nacimiento, tuvo cinco hermanos. Su madre le enseñó a leer, escribir y contar. Apenas a los cinco años comenzó a familiarizarse con el piano, y a los diez ingresó al conservatorio. Entre 1874 y 1880 obtuvo varios premios gracias a su talento para el solfeo y el acompañamiento, aunque empezaba a evidenciar su carácter rebelde e inconforme con sus maestros. Alguien se preguntó al respecto cómo darle clases de armonía al volcán Etna.

Mientras tanto, el mundo se estremecía a su alrededor. En 1865, tras terminar la guerra civil norteamericana, se abolió la esclavitud en los Estados Unidos. Por esos años, Lev Tolstói escribiría Guerra y paz, y Dostoievski, El idiota. Wagner compondría Tristán e Isolda (1865); Brahms, Un réquiem alemán (1869); Mussorgsky, Boris Godunov (1874); Bizet, Carmen (1875), y Tchaikovsky, El lago de los cisnes (1876), demostrando el intenso momento creativo que vivía la música. También son los años en los que Alexander Graham Bell patentó el teléfono (1876) y Nietzsche escribió Así habló Zaratustra (1883). ¿Qué otra cosa podía ser más nihilista que comunicarse de un lugar a otro sin necesidad de estar ahí, a pesar de que Dios había muerto?

Ajeno a estos avatares, Debussy inició su carrera como compositor de obras extensas en octubre de 1880, con Trío para piano en sol mayor, cuyo manuscrito —que se creía perdido— fue redescubierto en 1982. En 1880 también empezó a trabajar como maestro de piano de los hijos de Nadezhda von Meck, conocida mecenas de Piotr Tchaikovsky. Admirador suyo, Debussy le envió su Danza bohemia, esperando algún comentario de Tchaikovsky. Para su desilusión, el ruso le escribió: “Es una pieza muy bonita, pero es demasiado corta, ni una sola idea está desarrollada, y la forma carece de unidad”. En 1884, todo cambiaría para él. Gracias a su cantata El niño pródigo, ganaría uno de los premios más importantes de su época: tres años en la Villa Médici, destino que, en teoría, le devolvería convertido en un señor compositor. A pesar de que no fue una estancia placentera, Debussy aprendió a ser aquel capaz de crear jardines en nuestros oídos y horizontes en nuestros ojos: ya no sería solo un hombre de notas, sino de sensaciones, olores y sabores.

Claude Debussy

El compositor con su única hija, Chouchou, fruto de su relación con Emma Bardac.

                                   — De Roma sin amor —
“Lo que Debussy le trajo a la música occidental fue una suerte de experimentación lúdica de sus elementos. Siempre se le asocia con el color. Al igual que los maestros franceses de la pintura, Debussy juega con el color. Juega con las combinaciones que sonidos y acordes producen y sugieren”, explica Fernando Valcárcel, director de la Orquesta Sinfónica Nacional y heredero de tres generaciones de músicos tras su padre Edgar y su tío abuelo Theodoro. “Ese es el espíritu lúdico que lo distingue —continúa—. Por eso a Debussy le debemos el inicio de la música moderna, de la música que está libre de las ataduras de la academia, que busca un desarrollo orgánico que, con el pasar de los años, se personaliza cada vez más”.

Pero en Roma Debussy aún no era Debussy. Estuvo allí entre enero de 1885 y marzo de 1886. Aunque se la pasó enfermo y casi no realizó trabajo creativo, sí tuvo tiempo de leer y contagiarse de otros elementos. Escuchó a Palestrina, Wagner y Di Lasso; leyó con mayor atención a Baudelaire, Mallarmé, Rimbaud, Poe, Rossetti y Verlaine, y, según se dice, también conoció a Liszt y a Verdi. Fuera de esto, Roma y las estrictas normas de la Villa Médici, en la que se sentía atrapado, contribuyeron a su regreso a París y a su vida bohemia e intelectual.

Este retorno sería decisivo. Durante esos años compondría el poema lírico La damoiselle élue. En 1890 vendrían los cinco poemas de Baudelaire y, posteriormente, el poema sinfónico Preludio a la siesta de un fauno (1894), inspirado en una égloga de Mallarmé y que se considera el inicio de la música moderna. En 1981, el bailarín Rudolf Nureyev supo plasmarlo en un espectáculo plagado de sensibilidad, como antes lo hiciera su admirado Nijinsky. Luego vino la suite sinfónica Printemps, una colección de melodías titulada Prosas líricas, arabescas y estampas, y la Pequeña suite para piano. Para canto escribió obras como Peleas y Melisande (1902), y la música de Como quieras, de Shakespeare; El martirio de san Sebastián, de D’Annunzio; además de nocturnos para orquesta y numerosas melodías vocales e instrumentales y un cuarteto para cuerda. “Quiero lograr un género de música suficientemente flexible y entrecortado para adaptarse a los movimientos líricos del alma y a los caprichos de la ensoñación”, escribió en una carta por aquellos días.

Pero para lirismos y caprichos, bastaba darle un vistazo a su vida amorosa. Casado con Rosalie “Lilly” Texier, la abandonó cinco años después para unirse a Emma Bardac. Esto, a pesar del intento de suicidio de Lilly. Pero Emma fue también un tormento de celos que angustiaba su vida, aunque le dio a su única hija, Chouchou, fuente de inspiración para sus últimos años de vida, pero que murió trágicamente, con solo 13 años, por una difteria mal tratada poco después que su progenitor. Sin embargo, la verdadera intensidad amorosa tuvo el nombre de Camille Claudel. La escultora, alumna y amante de Rodin, también sería seducida por el sensible y ajeno Debussy. Aunque esto también fue un desafío a los convencionalismos burgueses, el romance no llegó a buen puerto: la música era el gran amor del compositor.

“Él también se aproxima a tradiciones musicales distintas a las del clasicismo o romanticismo europeo —dice Alonso Almenara—. Por ejemplo, le interesa el estilo de música medieval, los modos antiguos. También le interesan las tradiciones de oriente, por ejemplo, las orquestas de gamelán de Indonesia, que descubrió en la Exposición Universal de París en 1889”. Como parte de sus exploraciones, se interesó por el ragtime, importante componente del jazz, un género en ciernes. De este modo, Debussy se convirtió en el primer compositor clásico en utilizarlo, lo hace en Golliwogg’s Cakewalk, última pieza de la suite El rincón de los niños, compuesta para su adorada hija Chouchou. Incluso se dice que Ravel, conocido y contemporáneo, compuso un blues bajo la influencia de Debussy.

Claude Debussy

Debussy ingresó a estudiar al conservatorio de París el año 1872.

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“Me parece que el aspecto sensual y hedonista de su música es particularmente importante —continúa Almenara— porque se ha quedado en la música francesa hasta hoy en día. Muchos compositores que llegaron después han conservado este interés por el color que tuvo Debussy. Lo tuvo Ravel, pero también Olivier Messiaen, Pierre Boulez o los espectralistas”.

Almenara también encuentra puentes entre el compositor francés e importantes figuras del jazz, como Bill Evans, Duke Ellington, Charles Mingus y hasta Miles Davis. “Aunque influyera a Evans o a Ellington, en carácter Debussy era más como Davis, quien fue una figura absolutamente innovadora. Si hay una figura moderna por antonomasia en el jazz, vendría a ser Davis, quien de hecho tiene algunos discos impregnados de impresionismo”.

Por su parte, Valcárcel asegura que una de las características más importantes de Debussy es su pretensión de ser copia o trasunto de la naturaleza, tener un poder sugestivo, que haga sentir dentro de ella. “En cierto modo es el color orquestal que trata de reproducir los sonidos de la naturaleza. Es algo que se dio en siglos anteriores, pero no en una forma tan consecuente o exclusiva como en Debussy, casi como una necesidad. En su estética estaba la idea del color por el color en sí. Es un compositor sensual”.

Esas características hicieron que lo llamaran “músico impresionista”, término que llegó a detestar. “Estoy tratando de hacer ‘algo diferente’, un efecto de realidad… lo que los imbéciles llaman ‘impresionismo’, un término que es usado de la manera más pobre posible, particularmente por los críticos, que no dudan en aplicárselo a J. M. W. Turner, el mejor creador de efectos misteriosos en todo el mundo del arte”, escribió el mismo Debussy en una carta de 1908.

                                          — A todo color —
Frente a un fondo azul aparece un director de orquesta. La orquesta aparece como él, sombras que interpretan una maravillosa melodía. La luna se asoma entre las nubes, entre los bosques deja filtrar su luz y consigue que las aguas reflejen la naturaleza. Un flamenco entra, bebe un poco y pasea entre los árboles: el reflejo de la luna se hace y se deshace sobre las aguas. El director de la orquesta es Leopold Stokowski; el filme, Fantasía, de Walt Disney, y la música de fondo, Claro de luna, probablemente la obra más célebre de Debussy —no confundir con una de Beethoven de similar título—, que el compositor, curiosamente, casi no publicó. Compuesta en 1890, cuando tenía entre 27 y 28 años, no la consideraba un legítimo exponente de lo que él podía hacer en 1905, el año en que finalmente pudo conocerla el gran público. Prueba de su trascendencia e importancia está en la película de Disney: habían pasado 22 años desde la muerte del compositor y al hombre más decisivo de la animación norteamericana de aquel entonces le parecía una obra tan bella como sutil e impactante. Aunque en la proyección original de la película no se incluyó, posteriores restauraciones recuperaron los seis minutos que dura la aventura del flamenco en ese cuadro natural. Con acierto, los responsables de la película nos devolvieron las sensaciones que quiso dejar Debussy: nos quiso contar el paisaje con su música.

Esta es solo una de las imágenes de la cultura popular que cuentan con música suya. En 1965, el director Ken Russell, quien años más tarde sería reconocido por cintas como The Devils, Tommy o Estados alterados, dirigió The Debussy Film, una novedosa propuesta audiovisual —protagonizada por Oliver Reed— cuyo argumento giraba alrededor de la filmación de una película sobre el músico. A la vez que actor y director, los protagonistas también se convierten en el compositor y su gran amigo, el escritor belga Pierre Louÿs. Filmada en blanco y negro, el filme tuvo un extraordinario resultado. Hay una frase en boca del protagonista: “La música debe expresar cosas que no se pueden decir”. Era precisa.

Pero esa no es la única relación de Debussy con un arte que empezaba a tomar forma cuando él moría. Su música aparece en una larga lista de grandes películas, que incluye Gigante (1956), Los pájaros (1963), Toro salvaje (1980), Henry & June (1990), Los sospechosos comunes (1995), Siete años en el Tíbet (1997) o la reciente nominada al Óscar El hilo fantasma. El 2013 Google lo homenajeó con un doodle interactivo. Su influencia puede notarse en artistas contemporáneos y de muy diversos estilos y géneros, como Kamasi Washington, Rick Wakeman, Blanck Mass, The XX, el compositor Steve Reich o la cantante Anna Calvi. El grupo de synthpop británico Art of Noise publicó en 1999 el disco The Seduction of Claude Debussy.

Claude Debussy

La composición  La Mer supuso un nuevo salto adelante en el desarrollo de su estilo que no todos sus seguidores comprendieron ni aceptaron

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“La influencia de Debussy fue mundial. Nosotros tuvimos también aquí un movimiento impresionista, instaurado por Theodoro Valcárcel y continuado por Roberto Carpio”, nos cuenta Fernando Valcárcel. Cuando Debussy aún vivía, Theodoro Valcárcel visitaba Europa, así que se contagió directamente de aquella influencia. Esto lo convirtió en el primer peruano que propagó las ideas debussyanas. Para Alonso Almenara, lo curioso es que la música de Debussy inaugurara el modernismo en el Perú a través del indigenismo. En ese sentido, menciona también al compositor Alfonso de Silva, gran amigo de Vallejo.

Los últimos años de su vida, Debussy los pasó enfermo, víctima de un cáncer de colon que acabaría con su vida un día como hoy, pero de 1918, mientras dormía. Uno de los grandes rebeldes de la historia de la música cerró los ojos, recordándonos aquella frase de Marcel Proust, otro artista con el que compartía inspiración: “Vale más soñar la propia vida que vivirla, aunque vivirla es también soñarla”.

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