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Sin pena y sin gloria el 22 de enero pasó el último hito del bicentenario de la independencia peruana. Ese día el ejército organizó una ceremonia pequeña para conmemorar la entrega que hizo José Ramón Rodil del fuerte del Real Felipe dando por terminado las conmemoraciones por la independencia. Lo que se recordaba era el fin de lo que en ese momento se llamó el segundo sitio del Callao, para diferenciarlo del primero que duró solo un par de meses en 1821.
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La diferencia de las celebraciones de este año con las de hace un siglo resulta notable. Si esta vez pasó desapercibido, en 1926 acudieron al desfile en el Callao cientos de personas y el entonces Presidente Augusto B. Leguía aprovechó para realzar su mandato. El Comercio reportó entonces que el puerto se llenó de gente y conmoción para celebrar la capitulación después de resistir por 13 meses desde la Batalla de Ayacucho. Y las fotos de la Revista Mundial que ilustran estas páginas dejan en claro que se consideró un evento muy importante.
Un Bicentenario sin interés
La falta de interés ha sido en parte porque en las celebraciones nacionales y en el imaginario de los peruanos no se ha cuestionado la idea de que la independencia fue simplemente una proclamación formal hecha por José de San Martín el 28 de julio de 1821. Esta sigue siendo la fecha central de las conmemoraciones y es poco lo que se ha podido hacer para extender la fecha a los hechos que sucedieron antes, como las Juntas de Gobierno en Tacna y Huánuco en 1812, y en el Cusco dos años después. Tampoco se ha establecido la importancia de las proclamaciones de independencia de Supe el 5 de abril de 1819, la de Huaura del 27 de noviembre de 1820 o la de Trujillo del 20 de diciembre de ese año.
Pero no es solo que no se consideren los eventos previos, sino que tampoco se toma en cuenta los que vinieron después del 28 de julio como la primera rendición del Real Felipe el 19 de septiembre de 1821, casi un año después del desembarco de la Expedición Libertadora. Fue en este momento cuando José de La Mar decidió abrazar la independencia convencido que no quedaba otra alternativa, ya que las tropas realistas acantonadas en los Andes no podían socorrerlo. En los casi cuarenta días en que estuvo sitiado, José de Canterac logró llegar al Callao en una ocasión, pero quedaba claro que no sería posible mantener el fuerte en manos realistas.
Si bien la guerra parecía estar cercana al final ese férreo control que mantenían los realistas hizo imposible que los que buscaban la independencia penetraran más allá de la costa y el norte del Perú. La segunda mitad de 1821 y todo 1822 fueron de una terrible desidia con cada bando en su propio espacio. San Martín organizó en Lima una Sociedad Patriótica para ver si se podía imponer una monarquía, pero una vez derrotado llamó a elecciones para instalar el primer congreso peruano. Lo hizo después de su infructuosa reunión con Simón Bolívar en Guayaquil, a un año de proclamar la independencia en Lima. En Septiembre de 1822, el libertador rioplatense instaló el legislativo, entregó el poder y abandonó el Perú para siempre.
La lucha por la independencia entró a su etapa más difícil en 1823, con dos campañas a los llamados Puertos Intermedios, que son los que se encuentran entre el Callao y Valparaíso. Ambos fueron tremendos fracasos y dejaron a los gobiernos de la capital en tal situación de abandono que Canterac volvió a bajar de la sierra y tomó la ciudad de Lima por unos días. Esto llevó a una división entre los bandos peruanos. Así, mientras el Presidente José de la Riva Agüero se llevó a parte del Legislativo a Trujillo, en Lima José Bernardo de Tagle, el Marques de Torre Tagle, se instaló como presidente de otro gobierno independiente en Lima. A la llegada de Bolívar en Septiembre de 1823 fue declarado Dictador como respuesta al caos originado.
Motín en el Real Felipe
La situación siguió siendo tan delicada que el libertador caraqueño decidió que era necesario mover todas las tropas al norte del Perú para preparar la campaña final. Fue así que el 5 de febrero de 1824 se dio un motín en el Real Felipe, porque muchos de los soldados venidos del Río de la Plata, en campaña desde 1816, decidieron que no quería seguir luchando. Tampoco querían viajar al norte porque consideraban que ya estaban demasiado lejos de sus lugares de origen y que no se habían reconocido sus esfuerzos. Un antiguo esclavo mendocino, Dámaso Moyano, se levantó y al ver que no podía negociar entregó el fuerte a los prisioneros realistas.
Desde ese momento, Lima y el Callao cambiaron de manos. Muchos de los que habían apoyado la independencia, entre ellos Torre Tagle, acusaron a Bolívar de ser un monstruo y volvieron al bando realista. Después de la Capitulación de Ayacucho, Rodil se negó a entregar el fuerte y se refugió en los castillos con unos 400 soldados y más de dos mil civiles, a lo largo de trece meses. El fuerte es infranqueable y durante este tiempo se trató de tomarlo por asalto. En Mayo de 1825, un grupo de mujeres y niños intentaron salir, pero no se les permitió hacerlo para que no hicieran más fácil resistir: lo que escaseaba cada vez más eran la comida y el agua potable.
La situación llegó a tal punto que el mismo Torre Tagle murió, posiblemente por inanición. Había empeñado hasta su última cuchara de plata por una taza de caldo de gallina. Un cambio inmenso de quien había entrado a la fortaleza con carruaje propio. Rodil decidió capitular no solo porque la situación era desesperada, sino porque para 1826 ya era claro que nadie de la península vendría a auxiliarlo. El último bastión estaba perdido.
Rodil, militar leal a las ideas absolutistas y fiel a la corona, decidió resistir el asedio de las fuerzas independentistas en el Real Felipe entre 1824 y 1826. Miles de realistas murieron en ese trance.
Arrasado su ejército por la disentería, el escorbuto y la desnutrición, la fortaleza fue entregada el 22 de enero de 1826. Bolívar se negó a ejecutarlo al considerar su comportamiento como ejemplo de resistencia. Rodil regresó a su patria como un héroe.
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