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Las haciendas que se convirtieron en nuestros barrios: el viaje en el tiempo por la Lima agrícola que existió mucho antes de los edificios y el concreto
¿Sabías que nombres de distritos como Santa Beatriz o La Victoria nos remontan a la historia de haciendas que marcaron nuestra ciudad antes de su desarrollo urbano? Estos sitios representativos evidencian cómo la ciudad que transitamos (y padecemos) es producto de una evolución que va más allá de migraciones contemporáneas
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Resumen
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Arriba: Magnífica vista colorizada de la antigua avenida Colonial, (hoy, Av. Óscar R. Benavides), la única vía que unía Lima con el puerto del Callao, a fines del siglo XIX. Abajo: la Av. Óscar R. Benavides en la actualidad.
En su larga historia, Lima ha pasado por diversas etapas y dominios. Una de las más llamativas en términos agrícolas tiene que ver múltiples haciendas ubicadas a lo largo del valle del Rímac y bañadas por grandes canales de origen prehispánico como Maranga, Surco-Ate o la acequia madre conocida posteriormente como ‘río Huatica’ que recorría los campos del Cercado y de los que hoy son los distritos de La Victoria, Jesús María, Lince, San Isidro y Miraflores.
En su larga historia, Lima ha pasado por diversas etapas y dominios. Una de las más llamativas en términos agrícolas tiene que ver múltiples haciendas ubicadas a lo largo del valle del Rímac y bañadas por grandes canales de origen prehispánico como Maranga, Surco-Ate o la acequia madre conocida posteriormente como ‘río Huatica’ que recorría los campos del Cercado y de los que hoy son los distritos de La Victoria, Jesús María, Lince, San Isidro y Miraflores.
En estas tierras —cultivadas desde tiempos ichmas— se sembraron desde la caña de azúcar y la alfalfa hasta frutas autóctonas como lúcumas, chirimoyas y paltas, y otras venidas de ultramar como naranjas, granadas y plátanos.
A las orillas del Huatica
El investigador Fernando Flores-Zúñiga en su voluminoso estudio, de seis tomos, titulado “Haciendas y pueblos de Lima. Historia del valle del Rímac” (Fondo Editorial del Congreso) refiere cómo a orillas del ‘río’ Huatica surgieron, entre otros, fundos y haciendas como Matamandinga, Cabezas, Gárate o La Victoria, Santa Beatriz, Matalechuzas o Jesús María, Lobatón, El Carmen, Lince, San Isidro, Orrantia y Santa Cruz. Y del canal Surco, aparte del pueblo del mismo nombre, otras extensas haciendas como Villa y San Juan, mientras que el Maranga regaba la agricultura y la ganadería lechera de los alrededores de la doctrina de Santa María Magdalena, ámbito territorial de los actuales distritos de Magdalena, Pueblo Libre y San Miguel. Muchos de estos lugares conservan sus nombres hasta la actualidad como importantes barrios de Lima Metropolitana.
Alrededores del distrito de Barranco, cuando era uno de los más acogedores balnearios de Lima, en fotografía captada en 1927.
De estos espacios, rescataremos algunos sitios representativos que evidencian cómo la ciudad que transitamos (y padecemos) es producto de una evolución que va más allá de migraciones contemporáneas, asociada no solo a canales ancestrales, sino también a emplazamientos prehispánicos unidos a la mítica ruta del Qhapac Ñan.
Santa Beatriz
Más allá de los límites de la huerta Matamandinga (alrededores de la hoy Plaza San Martín) se encontraba una hacienda cañaveral llamada Santa Beatriz, bautizada así en honor de una de sus antiguas propietarias, doña Beatriz Bravo de Lagunas, por una costumbre virreinal de asociar el nombre de pila con el santoral.
Desaparecido estanque de Santa Beatriz, con flamante monumento a Jorge Chávez, en imagen de inicios de la década del veinte.
Flores-Zúñiga cita documentación del siglo XVIII que revela que en su interior existía una construcción prehispánica denominada “La Huaca Grande”, donde muchos años después se construirían los edificios del Seguro Social (hoy Essalud). Santa Beatriz fue administrada por los jesuitas hasta 1767, y en su etapa de esplendor llegó a producir anualmente dos mil quinientas botijas de miel, gracias al trabajo de la mano esclavizada y de sus cuatro trapiches.
Se cuenta que uno de sus sitios más llamativos era un gran estanque formado por la confluencia del Huatica con otros pequeños canales y ubicado donde hoy se unen las avenidas 28 de Julio, Salaverry y Guzmán Blanco, el cual estuvo activo hasta las primeras décadas del siglo XX. Antes, en marzo de 1870, Santa Beatriz fue comprada por el Estado peruano y en sus predios no solo se ubicó el Parque de la Exposición, sino también se construyó un bello hipódromo, de estilo morisco, que entre 1903 y 1938 fue el símbolo de la belle epoque limeña.
La Victoria
A la altura de la intersección entre las avenidas 28 de julio y Paseo de la República existía, en el siglo XVII, un puente sobre uno de los ramales de la acequia madre. Este era la entrada de unos campos cultivables de 56 hectáreas de extensión, cuyo propietario era un asturiano de nombre Juan Cabezas. Por eso, durante aquel tiempo, este lugar, ubicado en el camino hacia el pueblo de Surco, fue conocido como hacienda Cabezas, heredad que pasó por distintas manos entre 1745 y 1779, cuando fue adquirida por Manuel Lorenzo León de Encalada, uno de los más notables vecinos de la ciudad, quien llegó a ser alcalde de Lima.
De acuerdo a Flores-Zúñiga, estas tierras, donde se ubicaba también el tambo de Balconcillo y las huertas de Mendoza y Matute, pasaron en 1846 a manos de “un personaje cuya estrella ascendía muy rápidamente en el firmamento político-militar peruano”, el general José Rufino Echenique, quien las compró por algo más de 45.000 pesos. Toda la ciudad sabía que el dinero provenía de la fortuna de su esposa, la dama arequipeña Victoria Tristán y Flores. Por eso, la hacienda pasó a ser conocida con el mote de La Victoria, en cuya casa campestre —que habría estado ubicada al lado sur de la actual Plaza Manco Cápac— era recibida lo más graneado de la sociedad limeña del siglo XIX.
Orrantia, San Isidro
En épocas prehispánicas, Orrantia era una zona verde y agreste, dominada por el complejo de Huallamarca. Hacia 1661 este lugar era conocido como San José de Huatica, pues las aguas de la acequia madre bañaban estos predios de unas 218 hectáreas que entonces estaban divididos en dos propiedades, una de Pedro de Olavarrieta y otra de Mateo Pérez Vargas. Las mismas colindaban por el norte con la hacienda Lobatón (actual Lince) y hacia el oeste con los acantilados del litoral.
A mitad del siglo XVIII, estas amplias tierras pasarían a los dominios de Domingo de Orrantia y Alberro, un connotado matemático y geógrafo que llegó a ser oidor de la Real Audiencia de Lima. La hacienda fue manejada en la práctica por familiares suyos, como sus hermanas Josepha y Manuela Orrantia y Alberro. Entre 1795 y 1796, esta inmensa propiedad fue vendida a la señora Rosa de la Cuadra y Mollinedo, quien no dudó en formar una especie de sociedad con uno de sus importantes vecinos, el conde de San Isidro, Luis Manuel Albo y Cabada, cuyos predios ocupaban el antiguo camino real inca.
En tiempos de la Independencia —como advierte en su estudio Flores-Zúñiga—, esta gran hacienda conocida ya como Orrantia fue una de las tantas que contribuyó con dinero y bienes a la causa revolucionaria, por lo que vio mermados sus ingresos. A esto se unió la disminución del caudal del Huatica, lo que terminó por afectar sus sementeras de trigo. De estas tragedias nunca pudo recuperarse y la propiedad fue fragmentada y administrada en las décadas siguientes por los sobrinos y descendientes de la poderosa señora de la Cuadra. En las primeras décadas del siglo XX, esta zona de Lima comenzará a ser urbanizada.
Surco, Villa, San Juan, Chacarilla…
En las milenarias tierras del curacazgo de Sullcovilca corría un ‘acequión’ que fue conocido como Surco y bañaba la parte meridional de Lima, donde se unía con el brazo de Lati o Ate que iba hacia las partes altas del valle. Aquí se estableció, a inicios de la colonia, la reducción de indios de Santiago de Surco y los alrededores cultivables fueron adjudicados a encomenderos, quienes dieron origen a una red de prósperas haciendas.
Cañaverales de Chacarilla del Estanque, en 1896.
Por su extensión, pueden destacarse Villa (dedicada al cultivo de caña de azúcar y la crianza de vacunos) y San Juan (con sus alfalfares y plantaciones de olivos). Sin embargo, está última siempre sufrió la escasez de agua de sus extensas pampas, donde en 1881 se inmolarían centenares de peruanos en defensa de la ciudad.
Después, están las haciendas de Chacarilla del Estanque, cuyo nombre justamente deriva del gran reservorio construido para regar los sedientos campos sanjuaninos; San Borja, levantada por los caminos reales prehispánicos por donde hoy discurre la avenida Aviación; Calera de La Merced, en los hoy predios surquillanos, Calera de Monterrico, Chama e Higuereta, además de Armendáriz, camino al litoral.
Vista del pueblo de Surco, a inicios del siglo pasado. Nótese la profusión de chacras y sembríos vitivinícolas.
Hacia el oeste
Al otro lado de Lima, en el camino hacia el Callao, la acequia madre de Maranga se dividía en dos tomas: Cuatro Bocas y La Tabla, que formaban tres valles artificiales (La Magdalena, Maranga y La Legua) e irrigaban, hacia el oeste, en el siglo XVIII, haciendas y chacras como La Legua, Chacra Ríos, Chacra Colorada, Mirones, Aramburú, Pando, Palomino, Maranga, San Miguel, Orbea, Cueva, entre otras. Campos que convirtieron a Lima, más allá de sus murallas, en una gran estancia, cruzada por caminos rurales y huacas, por donde asomaban pequeños pueblos y villas.
Un territorio esencialmente agrario que entre los siglos XIX y XX se transformó en la gran urbe que hoy todos conocemos.