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Manuel Gonzales Prada: filosofía salvaje

Exploramos un lado poco conocido del pensador peruano más grande del siglo XX, cuyas ideas siguen vigentes

Manuel Gonzales Prada

El artista gráfico Cherman revitalizó l aimagen de Gonzales Parada en este cuadro. Hizo lo propio con otros personajes de la historia del Perú. [Ilustración: Cherman]

Cherman

En el Perú, las efemérides suelen ser oportunidades perdidas. Se cumplen cien años de la muerte de Manuel González Prada (1844-1918), y lo único que parece valorarse de su pensamiento, en la realidad nacional de hoy, es una frase que no suena trillada sino fuera porque es cada vez más certera: “El Perú es un organismo enfermo: donde se aplica el dedo brota el pus”. Palabras que, de tan actuales, amenazan con sepultar a un Prada inactual y más universal: el que habla menos de los vicios de la sociedad peruana, y más de la existencia, la vida, la fuerza, la naturaleza, la libertad, el poder, la ciencia, el arte y la filosofía.

La verdad es que Prada no fue un filósofo más. Fue uno muy original, que recién empieza a descubrirse. Hoy en día es uno de los autores peruanos más estudiados a nivel nacional e internacional. Y por varias razones. En primer lugar, es un precursor de dos movimientos intelectuales capitales en Latinoamérica: el modernismo y el indigenismo. En segundo, su obra, además de rebelde, fue generosa, proteica, multiforme, donde se dan cita múltiples géneros literarios: el diálogo y la prosa filosófica, la poesía, el aforismo, el ensayo social y político, la narrativa de ficción —en ese sentido también, sus semejanzas con un célebre filósofo alemán que nació, como él, en 1844 (Nietzsche), es sorprendente—. En tercer lugar, es un pensador cuyos conceptos de la ciencia, del arte y del ser humano tienen proyecciones muy contemporáneas.

Pero primero convengamos: el Perú es tierra filosófica, contemplativa y religiosa, desde sus orígenes prehispánicos. Con el mestizaje y el Virreinato, aparecieron filósofos de la Historia. El Inca Garcilaso, el primero. Luego, ya asentada la cultura colonial, fueron metafísicos escolásticos, como Juan Espinoza Medrano (‘El Lunarejo’). Hasta que, en el republicano siglo XIX, llegan dos filósofos de estilos modernos, y de pretensiones más abarcadoras. Ellos fueron González Prada y Alejandro O. Deustua (1849-1945). Un autodidacta revolucionario y un académico severo. Sin embargo, compartían más de una característica: ambos forjaron un pensamiento de pretensiones emancipadoras y, a la vez, radicalmente extrañas y hasta hostiles a devociones religiosas, esas que tanto definían la sociedad a la que pertenecían —a fines del s. XIX Lima era, con seguridad, una ciudad monacal—.

Y si, como dijo Luis Alberto Sánchez, Deustua y Prada marcan, como dos grandes troncos, el derrotero del pensamiento nacional posterior, el primero nos lleva a un tipo de filosofía llamada por muchos “espiritualista”: la de Víctor Andrés Belaúnde, Mariano Iberico, y Honorio Delgado; y el segundo, a una vertiente llamada “radical”, inclemente con la tradición, y de bases supuestamente materialistas, con el marxismo heterodoxo de Mariátegui y Haya de la Torre. Sin embargo, espiritualismo y materialismo son categorías que rápidamente pierden eficacia frente a la singularidad de estos autores. Y, sobre todo, frente a la obra de Prada, que como ya advirtió Thomas Ward —el más importante estudioso del autor de Pájinas libres de las últimas dos décadas—, es portadora de lo que llama un poder, o, diríamos nosotros, usando una palabra más precisa, una “potencia” espiritual.

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Según Ward, la potencia espiritual de Prada se opone al poder político. Con una revisión atenta de su obra, y desde una mirada transversal a todos los tipos de textos de nuestro autor —como sus poemas, por mucho tiempo no atendidos como modos de expresión válidos para un análisis de su pensamiento—, Prada presenta una metafísica sutil: la de la inmanencia, por contraposición a la de la trascendencia. El mismo Augusto Salazar Bondy, al hablar de él, ya mencionaba una “franca profesión de fe inmanentista”. Para muestra algunos versos: “¿Soy la parte o soy el Todo?/ No consigo deslindar/ Si yo respiro en las cosas/ o en mí las cosas están”. Una visión que rechaza la idea del dualismo entre mundo espiritual y mundo material, y que algunos pueden ver como un vago panteísmo. Lo cierto es que Prada, desde su peculiar metafísica, recusaba la idea de un Dios como principio trascendente, o de un mundo verdadero y espiritual, por contraposición a uno falso y material.

Teniendo, según Ward, a Lucrecio y a Baruch Spinoza como antecesores, Prada concebía al cosmos como ese gran flujo material lleno de energía, lleno de fuerzas que chocan entre sí, y dentro de las cuales nosotros somos una parte ínfima e insignificante —donde a la vez resuena el Todo—. En ese sentido hay un pensamiento muy contemporáneo que no subsume la Naturaleza como objeto de menor valor —al concebírsele como materia sin alma, como hizo Descartes— frente al valor del ser humano: “No diga el hombre al peñasco:/ -Yo soy un alma, tú eres la materia;/ No repita al infusorio:/ tú vas a la nada, yo voy a lo eterno”. Esta idea echa a tierra las lecturas simplistas de Prada como “cientificista”, “positivista”, o mero “racionalista”.

Friedrich Nietzsche

El filósofo alemán Friedrich Nietzsche, contemporáneo a Gonzales Prada. Se pueden encontrar muchas similitudes en la producción intelectual de ambos, a pesar de que nunca se conocieron.

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Pero, ¿cómo se opone esa metafísica inmanentista, ese espiritualismo sin trascendencia, frente al poder mundano? Ahí está la clave de la lectura de Ward. Prada identificaba esa inversión inmanente de la creencia en el mundo con una crítica feroz no solo al Estado, sino también a la Iglesia, a las instituciones históricas de la religión, a todo el conglomerado cultural clerical. De acuerdo con Prada, ellos se apoyan en una trascendencia —principio verdadero y “celestial” que solo detenta el sacerdote—, para someter la fuerza vital y mental de los seres humanos. Prada sería así, como su contemporáneo Nietzsche, un implacable destructor de los poderes intermedios entre falsas trascendencias de arriba, y el mundo “humano” de abajo: Tierra que, lejos de ver como falsa, Prada tenía como irradiación de conocimientos renovados y de belleza.

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Por lo dicho anteriormente, no debería llamar la atención los ensayos que Prada dedicó al cristianismo primitivo, y su admiración por polémicos investigadores de la vida de Cristo como el francés Ernest Renan. Desde esta óptica, ajena al constructo teológico y las doctrinas eclesiales, el Cristo histórico, para Prada, fue un revolucionario anarquista que rechazó todo el mundo de jerarquías, jefaturas sacerdotales, dinero, en función de la reivindicación del pobre, del débil, del desposeído. La anarquía, como oposición a todo Poder (Estado de cualquier ideología o bandera, Capital, Religión) se convertía, además, después de la estancia en España que el peruano haría en 1896-1897, y bajo las influencias de teóricos como Kropotkin, Bakunin o Reclus, en otro concepto que perfila su propia singularidad en la obra de nuestro autor.

Algunos no han dejado de reclamar a Prada una ideología y un programa de acción político que permitiera instalar un nuevo orden social. Habría que decirles que se equivocan. Prada recusó siempre esta vía: el pensamiento debía afirmar la vida, no oprimirla. Por eso pasó de un tenue liberalismo a un radical anarquismo, en la defensa del individuo de cualquier clase y nacionalidad, de la mujer — también fue un anunciador del feminismo— y su emancipación de instituciones que iban, desde el tan odiado Estado, hasta el matrimonio. Y como para Prada escribir era hacer, pensar era ser, la prédica anarquista no era una irresponsabilidad, sino una búsqueda, el llamado a un futuro de libertad que nunca vio como utópico, ni como producto de una imaginada guerra militar, sino como un estadio superior de evolución humana en la siempre impredecible y azarosa historia de la Humanidad.

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Por último, habría que reparar en un punto esencial del pensamiento pradiano: la Ciencia. Se ha hablado mucho sobre su papel en la filosofía de nuestro autor, pero siempre para encasillarlo en el burdo cientificismo decimonónico que tenía de contexto. Sin embargo, Prada tenía una visión escéptica de las verdades que podía conseguir la ciencia. Para él, siempre eran provisionales. En ese sentido, su mirada no era ingenua, y su fe en la razón y en la ciencia no eran deudoras de una evolución lineal y acumulativa. Para Prada, con intuiciones que lo acercaban a futuros teóricos como Thomas Kuhn, el desarrollo de la ciencia se hacía a partir de revoluciones conceptuales, siempre con el fondo de misterio de una naturaleza siempre sorprendente, que no puede esquematizarse en función de verdades absolutas.

Veamos un ejemplo. En un diálogo filosófico pradiano, aparece Zózimo, personaje conceptual que toma el nombre del primer alquimista del que se conservan escritos auténticos. Para Prada los científicos, en tanto experimentaban con los elementos de la Naturaleza, debían tener al químico como modelo. Y en el diálogo en mención, este mítico Zósimo, especie de fantasma que vive en el mundo de los muertos, le dice a Prada sobre la pregunta de qué hace “allá”: “Tenemos el inmenso trabajo de rehacer nuestra moral y nuestras ciencias: discípulos de una mala escuela, nos educamos de nuevo. Practicamos una ortopedia intelectual y moral. ¡Si tú supieras lo que vale casi toda la ciencia humana! Aquí, inter nos, solo hay verdadero el 2 + 2 = 4.”

El escepticismo de Prada, que relativiza todo el conocimiento científico salvo el matemático (2 + 2 = 4) —verdad que hace unos años enarboló el filósofo francés Quentin Meillassoux en su libro Después de la finitud, sin saber que repetía el postulado de un peruano que lo antecedió por más de cien años—, no solo está en consonancia con la idea contemporánea de que no hay una Ciencia del Todo —sino solo teorías parciales que dan cuenta provisional de determinados fenómenos de la realidad—. También reafirma una cierta humildad frente a la Naturaleza. Desde el lado del arte, esto implicaba, para Prada, la creación de imágenes que, en lugar de agotar la verdad del mundo, podían transmitir la belleza, fuerza y beatitud de este.

Prada es así un metafísico muy interesante que se opone al Poder y la Soberbia antropocéntrica que nos dirige, hoy en día, a un ecocidio. Por el contrario, postula un sistema de pensamiento que comunica la Ciencia con el Arte en favor de la Vida, y en contra de toda forma de opresión, ya sea esta física, psicológica, social o política.


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