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Navidad: fiesta criolla

Un breve repaso por las celebraciones navideñas en la Lima del siglo XIX.

Navidad: fiesta criolla

Navidad: fiesta criolla

Tras la Independencia, hubo muy pocos cambios respecto a la mentalidad y las costumbres de los limeños, especialmente en las fiestas religiosas, con su previa ‘noche buena’ y las ‘mesitas’ de los ambulantes, que ofrecían diversas comidas y bebidas en la Plaza Mayor. A esto se sumaban las bandas de músicos, el repique de las campanas de las iglesias convocando a los devotos y las tertulias en las casas. Así se sucedieron estas celebraciones, como la Navidad, al menos hasta la década de 1880.

El viajero suizo Jacobo von Tschudi, quien llegó a Lima en 1838, nos cuenta que la Nochebuena se festejaba con gran júbilo en la entonces polvorienta Plaza Mayor, que se mantenía intacta desde que la dejaron los virreyes, repleta de gente que se divertía de diversas maneras. El tumulto crecía hasta la medianoche, y los limeños “gozaban del sorbete, del helado y de pasteles y observan los bailes de la gente de color, los que se efectúan de la manera más impertinente. Nunca he visto la zamacueca estrenada en toda su expresión bestial como en la Nochebuena delante de la Catedral y del Palacio Arzobispal”, apuntó Tschudi.

A medianoche sonaban las campanas, y el gentío se dirigía a escuchar la Misa de Gallo. Los templos se esmeraban en la iluminación y el servicio se celebraba con la mayor pompa posible hasta la una de la madrugada, cuando se reiniciaba el jolgorio en la Plaza Mayor. Entonces era el momento, como señalaba Hernán Velarde, de los chicharrones, los tamales, las humitas, los camarones, el cau-cau, el escabeche, los frejoles con dulce, los picarones, el champús, el pisco y la chicha, entre un mar de sabores, en las ‘mesitas’ que atendían los ambulantes. Solo alrededor de las tres o cuatro de la madrugada la plaza se iba despejando, y los limeños se retiraban a sus casas a buscar descanso, exhaustos de la comilona y la juerga.

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Otra de las atracciones en Navidad era la exhibición de nacimientos o ‘belenes’. El más famoso era el que preparaban los padres betlemitas en su convento, fuera de la muralla, cerca de la Puerta de Barbones. Se cuenta que tanto el Niño Jesús como la Virgen María y San José podían ‘moverse’ gracias a un curioso mecanismo de articulación. Los limeños acudían en romería a este pesebre para disfrutar del espectáculo. Cuenta Ricardo Palma que “en las casas grandes se invitaba a los amigos y relacionados para ver el nacimiento y había baile, cena y diversión de lujo. Estas visitas se realizaban desde las siete hasta las once de la noche”. El más visitado era el que preparaba Juana Oyarzabal, cuyo nacimiento ocupaba toda una habitación de su quinta.

Siguiendo una costumbre de los antiguos virreyes, un día antes de Navidad, el presidente de turno, acompañado con algunos miembros de su gabinete, inspeccionaba las cárceles para supervisar la situación de los presos y de las instalaciones. Estas visitas no servían de mucho, la mayoría de presidentes del siglo XIX conocían muy bien las cárceles por alguna estancia previa. Lo que sí podía otorgarse era algún indulto.

Hubo solo ligeros cambios a lo largo del siglo, acaso con el advenimiento de la primera modernización que se inició a partir de 1850, en parte debida a los efectos de la venta del guano. La iluminación de la plaza y la decoración de los templos fueron con alumbrado a gas y la colonia china introdujo los fuegos artificiales en las celebraciones de la Nochebuena. El nacimiento de los betlemitas desapareció cuando su convento y hospital fueron convertidos en cuartel militar. Luego, con la demolición de las murallas, en la década de 1870, parte de los festejos se trasladaron al recién inaugurado Parque de la Exposición, donde también se instalaban los ambulantes con sus mesitas rebosantes de comidas y bebidas. La población también había aumentado, casi se había duplicado respecto a los 50 mil limeños que encontró Tschudi en 1838, en parte debido a la llegada de algunas colonias de extranjeros, que se sumaron a los festejos sin alterar mucho la tradición, salvo por la introducción de vinos y platos europeos.

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Como sabemos, la hora más aciaga que vivió la capital fue durante la ocupación extranjera, entre 1881 y 1883. Allí se suspendieron los festejos callejeros. Solo quedaron la Misa de Gallo y la celebración íntima, familiar. El final de la guerra tampoco alteró mucho la situación, pues el país entero quedó postrado, arruinado, y todos habían perdido familiares y amigos durante la contienda. Lo peor era la derrota moral.

A partir de 1890 se inició lentamente la recuperación. No solo fue remontando la economía gracias a la exportación de materias primas, sino que los artículos y las ideas que generaba la Revolución Industrial llegaron al país. Y la Navidad también fue cambiando, como hasta hoy. De haber sido una fiesta religiosa desde el siglo XVI, con la llegada del cristianismo, se tornó más comercial. Papá Noel sustituyó a los Reyes Magos, vino el árbol de Navidad, se empezó a consumir el panetón y las tiendas del Centro de Lima, surtidas de artículos importados, ofrecían una variedad nunca antes vista de juguetes y regalos. Además, la remodelación de la Plaza Mayor, emprendida por el alcalde Federico Elguera, convertida ahora en un espacio más cívico y ‘serio’, desterró por siempre a los antiguos vivanderos. 

Este cambio de sensibilidad fue rápidamente advertido por la opinión pública. Un articulista de El Comercio, en la edición del viernes 27 de diciembre de 1907, comentaba: “Seguramente no recordarán los limeños una Navidad más triste que la que acaba de pasar. Ha sido el de esta pascua un día como todos, menos alegre, quizá, que muchos días del año, que no encierran el hermoso símbolo de ese, ni tienen para los hombres la alta significación de aquel que conmemora el advenimiento al mundo del Salvador de la Humanidad... Este cambio en nuestras costumbres, parece entrañar una especie de evolución hacia un ideal menos religioso y más pragmático de nuestra vida ciudadana”.  


Danza de las pallas

Un grupo de bellas mujeres tocadas con sombreros o coronas de flores, embutidas en vestidos de raso multicolor, cinturones anchos y mantillas de seda cantan y bailan al son de las arpas y violines para celebrar la llegada al mundo del niño Jesús.

La danza de las pallas es un baile ritual femenino, cuyo origen se remonta a la época del incanato y que hasta el día de hoy se sigue interpretando en diversas fiestas patronales a lo largo de la sierra y la costa del Perú. Aunque según los cronistas Guamán Poma de Ayala y el Inca Garcilaso de la Vega pallas es un vocablo quechua que significa “princesa casada”, en la época incaica las pallas eran más bien doncellas de la nobleza, quienes se consagraban a la adoración del dios Inti y se dedicaban al servicio del Inca. Con el paso del tiempo, en las fechas importantes se empezaron a escenificar bailes donde se representaba a las pallas reverenciando al dios y al gobernante.

Posteriormente, con la conquista española y la consecuente evangelización, esta costumbre atravesó un proceso de sincretismo con el culto católico. De este modo, la danza —cada vez más elaborada y delimitada— se continuó practicando, pero la figura del Inti fue reemplazada por las de los santos, la Virgen y Jesucristo; y se incluyeron escenificaciones de la vida en el incario. Así, cada año durante el Virreinato y a lo largo de la era republicana, los pobladores de distintas regiones del país danzaban para venerar a sus santos patrones e invocar su protección divina. La Virgen del Carmen en Chincha, San Lorenzo en Áncash, la Virgen Inmaculada en Gogor, Santa Rosa de Lima en Angasmarca y, por supuesto, el niño Jesús en los poblados más tradicionales del territorio peruano son solo algunos de los honrados por las pallas hasta la actualidad.

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