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¿Cuál fue el papel de las mujeres en la revolución francesa?

A 230 años de la Revolución francesa, resaltamos la lucha de las mujeres en aquellos turbulentos días de 1789. Aunque lucharon codo a codo con los hombres por la libertad, no fueron reconocidas y muchas fueron guillotinadas.

Mujeres marchan sobre Versalles

Mujeres marchan sobre Versalles durante la Revolución francesa. Ilustración conservada en la Biblioteca Nacional de Francia

"El 5 de octubre de 1789 una mujer interrumpió el ir y venir de uno de los mercados de París; con ayuda de un tambor, convocó a las mujeres que la rodeaban. Pronto, se sumaron cerca de siete mil. Armadas con ‘picas, garrotes, mosquetas, cuchillos y espadas’, emprendieron la marcha hacia Versalles para exigirle al rey que resolviera el desabasto de pan en la capital y que se apresurara la firma de la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano —amenazaron con usar un cañón para abrir las puertas del palacio (motivo que se repite en varios grabados de la época)—. Al día siguiente, y con la colaboración de la Guardia Nacional, la marcha consiguió sacar al rey y a su familia de Versalles para llevarlos a París, lo que finalmente les dificultó escapar de Francia refugiarse de la revolución en el extranjero. Hay
quien interpreta que las mujeres exigieron pan en su papel de madres y esposas; pero no está de más recordar que el desabasto de alimentos ha sido el gatillo de incontables levantamientos y motines, en los que suelen participar hombres, pero que, en este caso, inició gracias a las mujeres”

Sandra Barba, politóloga mexicana, es la autora de este inspirador texto que grafica algo que historiadores especializados bien saben y destacan, pero que muchos libros de historia poco resaltan: el papel fundamental que cumplieron las mujeres durante la Revolución francesa (1789 – 1799). Hoy, el día exacto en el que se cumplen 230 años de la toma de la Bastilla, tenemos más de un motivo para destacar que dicha revolución también fue femenina.

Mujeres marchan sobre Versalles

Grabado que muestra la marcha de las mujeres sobre Versalles. Biblioteca Nacional de Francia.

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Existe la certeza de que fueron las mujeres del pueblo quienes contribuyeron a engrosar la multitud en el ataque a la Bastilla y dominaron la marcha sobre Versalles, sumando así a la causa revolucionaria, pues estos y otros episodios fueron documentados y guardados para la posteridad en ilustraciones y otros archivos de la época que hoy se conservan en la Biblioteca Nacional de Francia.

Por ejemplo, en la publicación titulada Las mujeres en la Revolución francesa, los investigadores Yves Bessières y Patricia Niedzwiecki destacan que en la lista de los Vencedores de la Bastilla está el nombre de una mujer. La lista, aprobada por la Asamblea Constituyente en 1790, contiene los nombres de aquellos a los que se les recononoció, con pruebas, una participación activa en el movimiento. En ella se encuentra el nombre, la dirección y la profesión de los 662 inscritos,
entre los que sobresale el de Marie Charpentier, de Hansa, lavandera de la parroquia de Saint Hippolyte, en el barrio de Saint Marcel.

Sin embargo, la historiadora Linda Kelly, en su libro, también llamado Las mujeres de la Revolución francesa, señala que la imagen de las
mujeres de París, armadas con picas, cabalgando sobre cañones, fue algo que no beneficiaría la causa de los derechos femeninos, pues ayudó a caracterizar a las mujeres, cuando llegó la reacción frente a la revolución, como seres peligrosos y desnaturalizados, y, por lo tanto, no aptos para representar un papel en la política.

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Antes del estallido oficial de la revolución ya hubo mujeres que demandaban igualdad. Para conocer más de cerca su situación, se pueden revisar los llamados “cuadernos de quejas”, los cuales se rellenaban con reclamos y peticiones que servían para sondear la voluntad popular y las necesidades de la época. En uno de estos cuadernos, fechado el 1 de enero de 1789, se encuentra una entrada titulada “Peticiones de las mujeres del Tercer Estado al rey”, donde
podemos leer: “Pedimos ser ilustradas, poseer empleos, no para usurpar la autoridad de los hombres, sino para ser más estimadas; para que tengamos medios de vivir en el infortunio y que la indigencia no fuerce a las más débiles a formar parte de la legión de desgraciadas que invaden las calles y cuyo libertinaje audaz es el oprobio de nuestro sexo y de los hombres que las frecuentan”. Este petitorio no fue tomado en cuenta.

Con la firma de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, fueron oficialmente apartadas de la vida política, por lo que nacieron entonces los clubes de mujeres. Eran espacios
creados por mujeres de distintas condiciones sociales en los que se reunían para hablar de temas de actualidad política y social y comentar las noticias y los últimos acontecimientos de la revolución. Algunos de ellos también fueron protagonistas de sonadas y hasta violentas protestas.

Llamados también clubes patrióticos, tuvieron una gran influencia en la revolución. Entre 1789 y 1793, quedaron censados 56 clubes femeninos activos en la emisión de peticiones y con expresión pública de una voz que reclamaba la presencia de las mujeres en la vida política. Sin embargo, estos fueron prohibidos el 30 de octubre de 1793, por ser considerados peligrosos para la república.

Esta prohibición, sin embargo, fue desafiada con una manifestación de mujeres que usaban gorros rojos (el gorro frigio que simbolizaba la revolución). Para tranquilizar la situación y honrar de alguna manera a las ciudadanas patriotas, un decreto emitido el 26 de diciembre de 1793 establece que se les reserve lugares marcados en las
ceremonias cívicas, “incluidas las ejecuciones en la guillotina”.

Este reconocimiento se daba, en parte, a causa del protagonismo que tuvieron muchas mujeres en los movimientos de  los sans-culottes en español, sin calzones. Se les llamó así a los militantes radicales de la clase baja, gente común que no formaba parte de la burguesía o la aristocracia y que jugó un papel muy importante en eventos revolucionarios claves, como el asalto al palacio de las Tullerías de 1792.

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No son pocos los nombres de mujeres cuya labor revolucionaria ha trascendido. Destaca, sobre todo, Olympe de Gouges. Bautizada como Marie Gouze, nació en el seno de una familia burguesa de Montauban, Francia. Con el pseudónimo de Olympe de Gouges, escribió varias obras de teatro y montó una compañía teatral itinerante. Publicó decenas de panfletos proponiendo un amplio programa de reformas sociales, dirigidos a las tres primeras legislaturas de la revolución, a los clubes patrióticos y a diversas personalidades. Defendió la igualdad entre el hombre y la mujer en todos los aspectos de la vida pública y privada, incluyendo el derecho al voto, el acceso al trabajo público y la vida política, así como el derecho a poseer y controlar propiedades, a formar parte del Ejército, y a la educación y a la igualdad en el ámbito familiar y eclesiástico.

Su obra más conocida, La esclavitud de los negros (1792), le supuso un enfrentamiento con la corte, donde el comercio colonial suponía más del 50% de los ingresos y su primer ingreso a la Bastilla. El 3 de noviembre de 1793, Olympe fue guillotinada a causa de sus ideas progresistas.

Su único hijo, Pierre Aubry, renegó de ella públicamente poco después de su ejecución, por temor a ser detenido. Tras su muerte, sus contemporáneos la relegaron y su obra cayó en el olvido hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando la figura de Olympe de Gouges se recuperara como una de las grandes figuras humanistas de la Francia de finales de siglo XVIII. Tras la publicación de su biografía,
escrita por el historiador Olivier Blanc, se le rindió homenaje en los actos del bicentenario de la Revolución francesa en 1989.

Pocas veces había tardado tanto la historia en hacer justicia.


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