Módulos Temas Día
Módulos Tomas de Canal

Más en Artículos Históricos

Peruanos camino al espanto

Victoria Weissberg y los peruanos víctimas del odio nazi

La maldad del tiempo destruye y reconstruye todo hasta que la memoria se torna frágil, incierta, transformándose en distorsión, olvido. Los momentos amargos se edulcoran, cambian de tonalidad, se matizan, apaciguan culpas y hacen más ameno el pasado. La historia se vuelve relativa, inexacta, depende apenas del trazo de quien escribe. Solo los testigos impiden la deformación de los acontecimientos porque pueden narrar en primera persona qué sucedió, sin concesiones ni atenuantes. La maldad del tiempo transforma a los seres humanos también en pasajeros de un destino ignoto, cuya única certeza siempre será la muerte, indescifrable, irreversible y lacerante.
    La maldad del tiempo borra huellas, diluye sensaciones, imágenes, testimonios, como viene ocurriendo con los pocos testigos que aún quedan del Holocausto y la Segunda Guerra Mundial. 

— Permanente recordatorio —
La reciente muerte de Victoria Weissberg (Barouh Avayü eran sus apellidos de soltera) pone en relieve esa tanática situación que nos priva de una mujer cuya simple existencia poseía un carácter extraordinario para la historia nacional y del mundo, al haber sido la única persona nacida en el Perú que sobrevivió a este espeluznante capítulo. A sus casi 91 años, su corazón dejó de latir el 29 de abril pasado, debido a una insuficiencia cardíaca congénita en su casa de Miami, cuando se celebraba el sétimo día de la Pascua judía, religión que profesaba y que la hizo conocer el infierno nazi, y a la que se aferró para seguir existiendo.
    “Creo que Dios le dijo: ‘¡Suficiente!’. Y se la llevó”, me dijo su hijo León al informarme, acongojado, su partida.
    Victoria no era una verosímil mentira de ficción como llamaba otro compañero de similar infortunio, el escritor español Jorge Semprún, al pacto que suscriben el lector y el escritor en una novela. Era el permanente recordatorio en carne y hueso de uno de los hechos más dramáticos de la historia, y la ostensible demostración de la capacidad del ser humano de resistirse al exterminio para reconstruir una vida, colmarla de momentos hermosos, sazonados por la formación de una gran familia atiborrada de hijos, nietos, bisnietos.
    En la única serie de entrevistas que concedió, Victoria me relató cómo pudo esquivar la muerte que la amenazaba a cada instante en los cuatro campos de concentración en los que estuvo. “Durante todo ese tiempo traté de no pensar en el hambre, en la gente que iba muriendo alrededor, en el miedo, en la soledad, en mi familia, en la vida... Pensar podía ser peligroso”, me dijo, quebrando un silencio que se había impuesto sobre ese terrible episodio y que no se había atrevido a compartir, con todos sus detalles, durante más de sesenta años ni siquiera con sus propios hijos. El ser humano guarda en lo más profundo de su mente los momentos más atroces para no enloquecer y continuar andando.
    Con el paso de los años y, en un intento por sanar las profundas heridas, regresó a Auschwitz y recorrió ese que fue el antepenúltimo campo de la muerte en el que estuvo antes de ser transferida al de Bergen-Belsen; luego como trabajadora-esclava en Alemania; y, finalmente, a Teresin, en la otrora Checoslovaquia, donde los británicos la liberaron a fines de junio de 1945. 
    Exhibiendo orgullosa el número A-7085 que le tatuaron los nazis en su brazo derecho al convertirla en prisionera, Victoria Weissberg, sus hijos, nietos y bisnietos volvían todos los años a Auschwitz —cada vez que su salud se lo permitía— para participar en la llamada Marcha por la Vida, junto a unas doce mil personas provenientes de todo del mundo. 
    Estaba orgullosa por haber sido una de las pocas personas que logró salir con vida del mayor campo de exterminio de la Segunda Guerra Mundial, puesto que otro millón cien mil personas no pudo hacerlo, de las cuales el 90% profesaba la religión judía. El otro 10% fueron católicos, testigos de Jehová, homosexuales, gitanos, disidentes políticos, personas con deficiencias físicas y miembros de alguna etnia que no fuese aria.
    La mayoría de esas víctimas perdió la vida por el hambre, las cámaras de gas, los hornos crematorios, los experimentos médicos, las enfermedades sin atención, las sesiones de tortura o los balazos.

— Otros testigos —
La historia de Victoria no es la única de una persona nacida en nuestro país que pasó por los campos de concentración. 
    La vida de Héctor Levy Wurmser fue forjada también por el sudor, la sangre y el fuego. Nació en San Luis de Cañete, el 7 de junio de 1898, debido a que su padre —Nathan— llegó de Francia para instalar una fábrica dedicada a la producción industrial de azúcar. Mientras su padre trabajaba en la hacienda Casablanca y su madre ayudaba en la enfermería en la misma finca, Héctor aprendió a hablar en español, disfrutó sus primeros años de vida, aprendió a leer y escribir, creció, formó a su familia. 
    La vida lo condujo a París y creyó que por haber servido a Francia como miembro del ejército durante la Primera Guerra Mundial no le pasaría nada junto a su esposa e hijos. Por ello, se negó a enviarlos a Argelia, donde huyó el resto de su familia al estallar la guerra. Los hechos le demostrarían cuán equivocado estaba.
    Su esposa Irene y sus dos pequeños hijos fueron arrestados junto con él por las propias autoridades colaboracionistas francesas y enviados a Auschwitz. Gerard (de cuatro años) y Michelle (de apenas siete meses de nacida) son las víctimas más jóvenes que el Perú posee en los registros de la Segunda Guerra Mundial. Su esposa y los padres de Héctor murieron en las cámaras de gas y él fue fusilado, a modo de escarmiento, al reclamar un poco de agua y alimento para los prisioneros tras dos días ininterrumpidos de trabajos forzados. 
    La calle en la que nació en San Luis de Cañete lleva actualmente su nombre, un recuerdo de su paso por este mundo, de sus penurias, sus alegrías, sus tristezas; de todo aquello que hicieron sus padres y familiares para llegar a nuestro país.
Por su parte, los hermanos limeños Eleazar y Jabijo Assa fueron, asimismo, capturados el 23 de marzo de 1943 en sus casas de Marsella, y obligados a tomar el convoy número 52 con destino al campo de exterminio de Sobibor (Polonia), donde llegaron tres días después. El convoy estaba formado por 994 personas y, como mínimo, murieron 950 de ellas al llegar, cuando fueron gaseadas. 
    Apenas 44 personas de este convoy se salvaron de morir en la cámara de gas, entre ellas, estos hermanos peruanos, quienes más tarde ofrecieron su vida a cambio de salvar a centenares, cuando se encargaron de abrir las puertas principales —a sabiendas de que ello representaba una muerte segura— en el más exitoso levantamiento en un campo de concentración, el 14 de octubre de 1943. 
    Otros peruanos asesinados en Auschwitz fueron los primos Jaime, Rosita y Florita Lindow, muertos porque sobrepasaban los sesenta años. Ellos forman parte de la legión cercana a los sesenta millones que murieron en la Segunda Guerra Mundial.

— La heroína —
En esa época de espanto y barbarie sin límites, una persona nacida en nuestro país, sin embargo, dio uno de los más hermosos ejemplos de solidaridad y altruismo. Magdalena Truel Larrabure abandonó su condición de mera espectadora de los atropellos en el París ocupado por los nazis para unirse a la Resistencia francesa, impulsada por su fe católica, a sabiendas de los riesgos que corría y del hecho de que podía escapar, ya que no tenía restricción alguna para regresar al Perú. 
    Se transformó en una de las mejores falsificadoras de documentos del grupo clandestino de franceses que luchaban contra los invasores, salvando de una muerte segura a centenares de niños judíos, miembros de la Resistencia y soldados aliados para que pudieran infiltrarse en las líneas enemigas sin ser descubiertos. 
    Fue detenida en la capital francesa el 19 de junio de 1944, cuando acudió a uno de los locales de la Resistencia para recoger un poco de tinta. Después fue conducida al campo de concentración de Sachsenhausen y murió el 3 de mayo de 1945 durante una de las llamadas ‘marchas de la muerte’. Se encuentra sepultada en el cementerio de Stolpe, en Alemania.
    Su historia había permanecido oculta durante décadas hasta que pude conocerla y plasmarla en mi libro Estación final, abriendo paso para acabar con esa maldad que impregna el tiempo. En breve, la historia comenzará a hacerle justicia.
    Un grupo de productores de Hollywood leyó mi obra y prepara una película que permitirá que el mundo conozca a esta entrañable mujer. Por su parte, el escritor Raúl Tola acaba de concluir una novela basada en su historia y yo me encuentro inmerso en la escritura de otro libro que permita revelar hechos aún desconocidos sobre su vida.

— Pieza clave — 
El periodismo, el cine y la literatura son los guardianes de la memoria colectiva, agentes que rechazan tenazmente el olvido y el punto final. Son convocadores constantes de un interminable ejercicio de recordación que muestra cómo fueron aquellos caminos de destrucción para que la humanidad no vuelva a deambular por ellos.
    Caminos como los que recorrió la peruana de origen arequipeño Elvira Josefina Concepción de la Fuente Martínez, cuya participación en la Segunda Guerra Mundial comenzó a ser conocida el 12 de agosto del 2005, cuando los Archivos Nacionales Británicos desclasificaron su expediente. 
    Elvira había sido una de las pocas integrantes de una compleja red de espionaje usada por Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial denominada Comité XX o Doble Cruz. Estuvo formada por agentes dobles que trabajaban para Gran Bretaña y cuya misión era proporcionar información falsa sobre los aliados a los nazis para que estos últimos realizaran acciones bélicas erradas. 
    Con una biografía intensa en la que desafió la moral, las costumbres y las tradiciones de la época, Elvira contribuyó a la derrota definitiva de los nazis al desinformar acerca del lugar exacto del desembarco de Normandía y, además, de salvar a Londres de un inminente ataque con armas químicas. Pieza clave de la mayor operación de engaño jamás ideada durante un conflicto, y que terminó por derrotar a Hitler y sus huestes. 

— El justo —
Esa maldad del tiempo que ha permitido desconocer el caso del cónsul del Perú en Suiza, José María Barreto, quien contravino las órdenes expresas del gobierno de no conceder visas ni documentos a los judíos en 1938. Sin recibir nada a cambio, Barreto emitió pasaportes peruanos para 58 judíos, incluyendo 14 niños que se encontraban prisioneros en Vittel (Francia), y estaban listos para ser deportados a los campos de exterminio. En 1943, la Policía suiza descubrió uno de esos pasaportes a nombre del judío alemán Gunther Frank y lo comunicó a la cancillería peruana.
    El diplomático fue destituido de inmediato, murió en la miseria y, décadas después de conocerse su historia, se transformó en el primer peruano en ser declarado Justo de las Naciones en el 2014, título que ostenta una pequeña minoría que supo mantener la piedad cuando todo rastro de humanidad había desaparecido, como ocurre siempre en las guerras. 
    Verdugos, luchadores, víctimas, testigos de una barbarie que siempre, como todo recuento tamizado por la maldad del tiempo y del espacio obliga, algunas veces, a menciones simplistas, repletas de lapsus y lagunas. 

— Historias también nuestras —
Con el paso de los años, supervivientes como Victoria desaparecerán del todo al igual que nosotros, que zarparemos también en este barco que es la vida, aunque su travesía perdurará en los vestigios que dejen y que nosotros olvidemos sobre ellos. Solo sus recuerdos y quienes podamos reproducirlos serán una lucha constante contra el olvido, una auténtica victoria contra la muerte. Porque, al final, nadie estará realmente muerto mientras su recuerdo permanezca vivo.
    En el Holocausto, una ideología criminal suprimió la vida de millones de personas, y debemos recordarlas una y otra vez para que no se repita.
    “Tengo más recuerdos que si tuviera mil años”, decía el poeta francés Charles Baudelaire para recordar la lucha permanente de los hombres contra esa maldad del tiempo que nos condena inexorablemente a la amnesia.
    Si dejamos que el tiempo borre la historia, nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos no podrán decir como el poeta Roland Dubillard: “estoy seguro de que mi muerte me recordará algo...”.
    La historia es compleja y una gran tragedia nunca puede ser interpretada apenas mediante estereotipos reduccionistas o cifras, dejando de lado sus causas, orígenes, contexto político, económico y social, como los de aquella crisis que gestó un régimen racista, xenofóbico y homofóbico para convertir a Alemania, Europa y el resto del mundo en un gigantesco campo de batalla. Los testigos evitan esas distorsiones y nos lo recuerdan siempre.
    Después de todo aquello que ya conocemos, existen aún personas y organizaciones en diferentes partes del mundo que se niegan a reconocer lo ocurrido o que lo ponen en duda. Los extremistas políticos y religiosos discurren aquí y en otras partes del mundo con sus ideologías plagadas de odio, de segregación, de marginación, de discriminación al diferente.
    Las historias de Victoria, Magdalena, Elvira, José María y de todos los que sufrieron los estragos de los conflictos también son nuestras. Representan una advertencia constante acerca de las amenazas que surgen cuando los fanáticos se aproximan y detentan el poder. 
    “La gente no debe dejar de luchar. Incluso cuando se piense que no hay salida, siempre habrá una razón para volverse a levantar. Siempre habrá una esperanza para seguir adelante”, fueron las últimas palabras de Victoria antes de acabar de contarme su historia. Ella partió y, muy pronto, no quedará ningún testigo vivo de la Segunda Guerra Mundial porque la maldad del tiempo avanza sin pausa.
    El silencio y el olvido se tornan indiferencia y aumentan el riesgo de que el mundo avance en dirección a ese pasado de barbarie. La amnesia puede hacer que se repitan estos terribles acontecimientos y que los supervivientes del Holocausto sigan abandonando este mundo sin la certeza de que su historia no se repetirá.

Leer comentarios ()

SubirIr aúltimas noticiasIr a Somos

Mantente siempre informado y disfruta de cientos de beneficios exclusivos del CLUB EL COMERCIO

¡SÉ PARTE DEL CLUB EL COMERCIO!

SUSCRÍBETE AQUÍ
Ir a portada