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Cada balneario tenía una personalidad definida. En imagen: La Punta, Callao, el lugar preferido de los veraneantes limeños a principios del siglo XX. (Foto: Ulises Ch./ Lima)

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Resumen
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Temporada de verano 1926: fuera de una ciudad recalentada, la temperatura es fresca y el ambiente agradable. Los balnearios tienen una fisonomía característica: Miraflores, el primero de los del sur, era propicio a los idilios, con jardines que invitaban al flirteo. Barranco, con su espíritu burgués, adoptaba las exigencias de una gran ciudad. Chorrillos, en cambio, era entonces un balneario apacible, que recordaba aún la tragedia de la guerra, acaecida medio siglo atrás. En el Callao, la bahía norte iba perdiendo atractivo por la contaminación portuaria, mientras que La Punta relucía como sitio predilecto para los turistas más pudientes.
Temporada de verano 1926: fuera de una ciudad recalentada, la temperatura es fresca y el ambiente agradable. Los balnearios tienen una fisonomía característica: Miraflores, el primero de los del sur, era propicio a los idilios, con jardines que invitaban al flirteo. Barranco, con su espíritu burgués, adoptaba las exigencias de una gran ciudad. Chorrillos, en cambio, era entonces un balneario apacible, que recordaba aún la tragedia de la guerra, acaecida medio siglo atrás. En el Callao, la bahía norte iba perdiendo atractivo por la contaminación portuaria, mientras que La Punta relucía como sitio predilecto para los turistas más pudientes.
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Por entonces, los médicos que se asumían “modernos” curaban todas las enfermedades con baños de sol. En el cambio de costumbres propio del periodo de entreguerras, florecen los bañistas arropados en sus toallas y las esbeltas damas protegidas con redondas sombrillas niponas. Los pescadores debían compartir su paisaje habitual con miles de limeños que empezaban a colonizar las playas como sitio de reunión, campo de deportes, salón de lectura y tertulia, feria de vanidades y coto para el amor y el amorío.
En tren a Chorrillos
Leemos el artículo publicado el 18 de enero de 1926, titulado “Chorrillos bajo una alegre mañana”. El cronista anónimo da cuenta del inicio de la temporada veraniega, y en misión periodística, sale de nuestra redacción del centro de Lima y toma el tren a Chorrillos. Le cuesta ordenar las visiones que captó durante su visita. Todas ellas, confiesa, se le confunden al momento de sentarse frente a su máquina de escribir Underwood. Saca un cigarrillo de su petaca, lo enciende y escribe: “Mañanita soleada, alegre, vivificante. Cuando el tranvía se detuvo en el último paradero del balneario y cuando nosotros posamos nuestras plantas sobre la vereda amplia y gastada de la calle de Lima (la actual Avenida Defensores del Morro), una alegría veraniega nos invadió. Una parvada de chiquillas sonrientes pasaba al cuidado de una ‘nurse’ dirigiéndose a los baños”.

El joven redactor aprecia también a las muchachas bonitas “pero sin nurse” caminando hacia la playa, seguidas por otra parvada de mozos, de esos que usaban pantalones ‘oxford’ de color blanco. Recorren el malecón, una espaciosa senda blanca, sobre cuyas losas pulcras se posan los rayos del sol. Al caminar, las muchachas marcan con sus tacones un ritmo alegre. Abajo, las sombrillas lucen como grandes conchas de tortuga instaladas por los empleados del concejo chorrillano. El redactor describe el ruido ensordecedor de una jazz band que anuncia la fiesta. “Innúmeras parejas rinden culto a Terpsícore”, apunta en neoclásica referencia al baile. “Ulula el saxofón una música rara; el violín se nos antoja queriendo ser gato; el piano solo sabe sincopar, la batería domina. Pero dejémonos de escuchar a la orquesta, que hay que atisbar a las y a los bañistas”, escribe. Es la expresión de la vida moderna: velocidad, vértigo y rapidez. “La vida hoy es una motocicleta, un avión o un auto”, afirma el periodista.

Tras el pago de diez centavos, el joven redactor de El Comercio ingresa al establecimiento de baños y registra las risas, los gritos, los saltitos de quienes se animan a chapotear en el agua fría. Los niños con sus amas. Familias saboreando un pollo asado en el almuerzo playero. A la una de la tarde, afirma, la jazz-band ya no se escucha, ni nadie carcajea ni charla en voz alta. “La terraza está casi desierta. A veces se oye el ruido de un tenedor que choca contra un plato. Después, solo el leve y nostálgico romperse de las olas en la playa”, dice el cronista antes de tomar el tren de regreso.
Barranco sin funicular
Pocos días después, el 21 de enero, el viaje del redactor nos lleva a Barranco. Habla de una temporada menos calurosa que en años anteriores y se preocupa por un probable cambio climático. “Hay días en que nos morimos de calor, pero también es verdad que hay algunas mañanitas muy frías”, comenta.
La gente acude a Barranco, sea para instalarse los meses de la temporada o para pasar el día. “Los tranvías y ómnibus van y vienen plenos de pasajeros. Las parejas, orgullosas de sentirse uno junto al otro, encantadas de su juventud, circulan cantándose por las calles más concurridas”, apunta. El cronista llega al “balneario burgués”, como se le llamaba entonces. “Sigue siendo un balneario con sucursal del Banco de Londres, con carnicerías modelo, con casino, con mercado nuevo y con todo lo que posee la capital. Hay una serie de locales cinematográficos que hacen la competencia, exhibiendo películas hasta veinte centavos por función”, detalla.
Son las 11:30 am. y el tranvía está repleto de chiquillas con trajes veraniegos, de ojos cargados de ‘rimmel’ y labios pintados de ‘rouge’; hay mujeres maduras con caprichosos peinados, jóvenes vestidas a su antojo, ancianos, gentes modestas. Entonces Barranco se anunciaba como la futura capital de la futura provincia Olaya, estatus que nunca alcanzó. El tranvía se detuvo en la esquina de la bajada a los baños, y el redactor aprecia la iglesia de La Ermita, pintada muy vistosamente. Dado que el funicular se encontraba fuera de servicio, se quejaba por el “vía crucis” realizado hasta llegar a la playa. “Son lo menos veinte minutos de bajada. Los que van a bañarse se cruzan con los que suben del baño, jadeantes, sudorosos, cansados”, se queja.
Observa a su alrededor: Una muchacha lleva una sombrilla para guarecerse del sol, otra se queja del fuerte calor. Ambas se han detenido ante las grutas de la Virgen de Lourdes y del Corazón de Jesús, donde gran cantidad de exvotos expresaban su fe. Pasos más abajo, fruteras y fresqueras ponían sus puestos y se escuchan los acordes de un tango interpretado por otra jazz band. En la rotonda principal hay un gentío, aunque no había tantos visitantes como en los años previos. La causa, los desperfectos en el funicular. Se prometía que el próximo año se optaría por el sistema eléctrico.
Las doce del día era la hora aristocrática en los baños. Allá abajo, los bañistas hacían gimnasia, se lanzaban al agua desde el trampolín, se sumergían en el océano a correr las olas. Muchachas con mamelucos y gorras de jebe enfrentaban el oleaje. Chiquillos jugaban a la pelota y otros cabalgaban sobre enormes cetáceos de jebe o abrazaban cámaras de llantas de automóvil. Una hora después, los baños van vaciándose. El almuerzo coincidía con el mayor calor y abría el apetito. El cronista habla de la moda de los modernos ‘sándwiches’ que se ofrecían en todas partes. Después del baño, acopiando fuerzas para emprender la subida, los veraneantes se sentaban a escuchar a la orquesta, que tan pronto podían atacar un tango como un enérgico ‘one-step’. Las parejas bailan, mientras los demás, formando corro, las contemplan, aplauden y alientan.
Por la tarde, el aspecto del balneario cambia. Llegan a la playa nuevos veraneantes, la segunda tanda que llega en el tranvía desde el centro de Lima y que alcanzan jadeantes la playa. En su ascenso, el redactor escucha los comentarios.
—¡Pero, hija, lo malo es que no hay funicular... ¡No volvemos a venir hasta que funcione! —comenta una mujer hastiada del paseo.
Lo que estaba a la moda
También las cronistas de moda van a la playa: “Para conformarse a las leyes de la elegancia, hay que ir a la playa temprano, desnudarse en seguida, vestir la hoja de parra más o menos compleja que impone el decoro para entrar en el mar y quedarse en tierra, es decir, sobre la arena, todas las horas que permitan las demás ocupaciones inaplazables: la partida de ‘tenis’, la excursión organizada, el baile prometido”, puede leerse en la página femenina de El Comercio.

La experta sabe que la elegancia se manifiesta en las ropas de baño, y analiza los caprichos que la tendencia imponía entonces a las bañistas. En 1926, aún las limeñas deberán esperar veinte años para que en París se invente el bikini. En las playas limeñas, las chicas abandonaban el “maillot”, prenda de una pieza ajustada al cuerpo, generalmente de lana, que cubría el torso y terminaba en una especie de pantalón muy corto, ya entonces pasada de moda. Los modistos habían decretado la resurrección del traje de baño, dado por muerto en veranos anteriores. Los nuevos modelos tenían la dimensión y ligereza de los “maillots”, pero estaban confeccionados en formas más holgadas, en tejidos más fuertes, luciendo además bordados y aplicaciones.

Los baños del Callao
El día 28 de enero, la ruta del cronista nos lleva al Callao. Allí, el panorama se revela menos optimista. “Año tras año, van a menos los baños del norte del Callao”, escribe al inicio de su artículo. Y enumera las causas que contribuyen a ahuyentar a los bañistas llegados de la capital: residuos de petróleo que inundaban la bahía, el descuido y la falta de higiene en los establecimientos frente a los baños, así como la conversión de playas en varaderos para reparar embarcaciones de pesca. Lo único que favorecía a los establecimientos en crisis era la comodidad para el público de contar con trenes cada 20 minutos para viajar de Lima al puerto, desde antes de las 6 de la mañana hasta las 7 de la noche.

La Punta despunta
A inicios de febrero, en su último viaje de la temporada, el cronista se dirige a La Punta, cuyo esplendor, escribe, no menguaba a pesar de la huelga de los tranvías. “La Punta es una joya, un relicario y una tacita de plata por lo limpia y bien cuidada. ¡Si las calles de Lima tuvieran un municipio tan celoso de su limpieza como el municipio de La Punta!”, compara en su artículo. Por entonces, el administrador de los baños vendía diariamente más de mil boletos, un récord hasta entonces. Luego de recorrer un parque central repleto de flores, el redactor describe una hora del baño animadísima y estridente, gracias a las retretas de la banda de la Escuela Naval y la del Regimiento de Artillería de la Costa. “¡Vaya un hormiguero humano y divino el del Malecón Pardo! Mejor es no ir si no se va a tomar el baño. Para suplicios de Tántalo estamos”, comenta.

La proliferación de automóviles en la ciudad empezaba a causar problemas en tan pequeño territorio. El cronista lamenta la mala costumbre de los choferes de arrimar sus autos a la vereda, reduciendo a la mitad el espacio para los peatones. Asimismo, comenta que el tráfico de automóviles y autobuses se había intensificado en esos días, y que el polvo que levantaban los vehículos convertía en un martirio el paso por sus vías. “Hay que pensar lo que sufren las indumentarias femeninas y masculinas con las capas de polvo que caen encima al pasar por la calle de Gamarra”, advierte. En esos días se concluían las obras para la prolongación de la Avenida del Progreso (hoy avenida Guardia Chalaca), para cuya inauguración se organizó un sinnúmero de fiestas: banquete en el Riviera, baile en el Casino y “champañada” en el concejo municipal para agasajar al presidente Leguía, que encabezaba los fastos. El Malecón Pardo nunca había tenido como entonces un estilo más europeo, y pocas semanas después se pavimentó por entero el distrito y se concluyeron las obras de agua potable. Así, con las nuevas pistas, La Punta solo quedaba a quince minutos en auto de Lima, y se consolidó como una de las mejores opciones para una segunda residencia para los limeños. Solo faltaba la construcción del muelle y fuerza eléctrica propia.
Ese era el espíritu de la adhesión al progreso celebrada por el cronista: “En este islote magnánimo, que ha ascendido de caserío a sede de fiestas sociales fuera de serie, se nota el éxito de las ceremonias de inauguración. La avenida ya tiene sabor a la ‘Concha’ de San Sebastián, al ‘Sardinero’ de Santander o a la playa de Biarritz. Claro que no es sino una copia de aquello que yo no he visto ni en sueños, pero por algo se empieza”, apunta con elegante ironía para ponerle fin a su registro de la temporada veraniega.









