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Columna

La autoridad tiene la culpa, por Jaime Bedoya

En una ciudad donde se realizan investigaciones por doquier, donde todos declaran a la prensa y la información se pierde entre las fake news, Jaime Bedoya decidió contarlas a su estilo. 

Edwin Donayre

Cancelado su blindaje con una condena firme en segunda instancia, el Congreso levantó la inmunidad del histriónico general. Ahora, le corresponde la cárcel. (Ilustración: Giovanni Tazza/El Comercio)

Advertencia: todas son recontra fake news
El exgeneral Edwin Donayre fue visto en las inmediaciones de una discoteca de ambiente a altas horas de la madrugada a bordo de un scooter. Llevaba bisoñé y coqueto foulard de seda al cuello. Violentando la reglamentación sobre micromovilidad, el general en retiro llevaba audífonos. Disfrutaba del último éxito de Daddy Yankee, un guiño nostálgico:

Qué ganas me dan (dan, dan)
De guayarte, mami, ese ram pam pam
Esa criminal, cómo lo mueve e’ un delito.
Tengo que arrestarte porque empiezo y
no me quito.

Simultáneamente, en medio de una heroica intervención del serenazgo a través de la operación Feliz Día Mamá 2019, pundonorosos agentes requisaban a vendedoras ambulantes mayores de 70 años sandías ilegales que no tuvieran el adecuado número de pepas.

Cuando el exgeneral patinó sobre restos de fruta derribando a un sereno, el grueso de la fuerza represora le cayó encima deteniéndolo preventivamente. El bisoñé se extravió en el forcejeo.

Acto seguido los congresistas Tubino y Del Castillo instalaron una comisión investigadora para sancionar a los malos elementos que habían ocasionado la persecución fascista de un parlamentario egregio, así como su ominosa humillación pública ante la informalidad.

* * *
Enfrentando la brisa marina de la playa Arica, con una chalina blanca como la nieve de Invernalia, la exalcaldesa Susana Villarán se dirigió a la prensa desde lo alto de su departamento demandando que se respetara su privacidad. Hacía el reclamo sosteniendo con levedad una bizcotela en su mano izquierda, la del corazón.

A miles de kilómetros de distancia, Jorge Simões Barata masticaba el tercer pan con queso al hilo que por ansiedad se empujaba a media tarde. Mirándose en el reflejo de una ventana, le preguntaba a su esposa si es que la barba lo hacía verse más cool, más peligroso, más eficaz. Tá bom, dijo ella sin levantar la mirada de su celular: leía el último tuit de Luis Favre en el que recomendaba escuchar las suites para violonchelo de Bach.

Obrigado, respondió Barata a su mujer con la misma sincera gratitud que años antes Villarán le había dispensado ante la colaboración desinteresada para una campaña monosilábica. En Lurín, la casualidad no existe, la melodía recomendada por Favre empezaba a sonar al interior del departamento de la exalcaldesa. La impresión sonora la hizo dejar caer su bizcotela hasta donde la vigilaban los entrometidos periodistas.

Acto seguido los congresistas Tubino y Del Castillo instalaron una comisión investigadora para sancionar a la policía de Lurín que había permitido ese desperdicio de alimento en medio del apocalipsis de anemia en el que Vizcarra tenía sumido al país.

* * *
Ciento treinta ballenas piloto llevaban meses nadando en el océano Pacífico haciendo una travesía contraria a su natural flujo migratorio. Entidades oceanográficas australianas repararon que los cetáceos se dirigían a las costas próximas a Perth. La explicación de su errático proceder, una persistencia en el error irreversible, solo podía obedecer a un deseo de muerte.

Fuerzas policiales australianas establecieron un perímetro en torno a la playa. Había que evitar una tragedia mayor por voluntarismo de terceros. Las 130 ballenas llegaron a la orilla y se abandonaron sobre la arena iniciando una incomprensible e inevitable ceremonia terminal.

Acto seguido los congresistas Tubino y Del Castillo presentaron una moción declarando no grata a la fuerza policial australiana por haberse quedado cruzada de brazos ante esa contundente metáfora del futuro político propio y de sus colegas.

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