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El Callao en cinco estaciones

De antigua huaca prehispánica a bullente puerto globalizado. La historia del Callao contada en dos sustanciosos volúmenes editados por el Congreso del Perú.

local principal del ferrocarril, ubicado entre las actuales avenidas Manco Cápac y general Gamarra

Un grupo de niñas posa frente al local principal del ferrocarril, ubicado entre las actuales avenidas Manco Cápac y general Gamarra. [Foto: colección Umberto Currarino]

colección Umberto Currarino



Desde la desembocadura del río Rímac hasta La Punta se abre una inmensa bahía de playas pedregosas y tranquilas que tienen como defensas naturales las islas de San Lorenzo y El Frontón. Hacia el sur, las olas se encabritan en violentos remolinos. Por eso, a esta parte del litoral, se le conoce desde tiempos antiguos con el nombre de Mar Brava. Este es el horizonte costero que hace cinco siglos debieron haber visto con exaltación los primeros europeos que llegaron a Lima, después de un incierto viaje de varios meses desde el istmo de Panamá o bordeando, por el extremo austral, el temerario estrecho de Magallanes.

Sin embargo, como lo muestran estos dos volúmenes, editados por el Congreso del Perú —Haciendas y pueblos de Lima. Historia del valle del Rímac. El Callao y Bocanegra I y II —, la historia del primer puerto no se inicia, de ninguna manera, con la fundación española de Lima, en 1535. Esta se remonta miles de años atrás, hasta perderse en esa “bruma misteriosa de leyenda, cuyo secreto definitivo […] esté acaso en el fondo del mar”, como escribió Raúl Porras Barrenechea en un texto de 1956.

A estos territorios nebulosos ha ingresado el investigador Fernando Flores-Zúñiga guiado por diversas fuentes, documentos de litigios, crónicas, estudios etnográficos, noticias, etc., para empezar a contar ese gran drama humano que ha sido —y es— la historia chalaca: desde los antiquísimos curanderos que llegaron a sus playas para tratar los males del espíritu, a los codiciosos comerciantes españoles, portugueses, escoceses o griegos que se asentaron ahí en el siglo XVI; o de los yungas del Pitipiti, la comarca de pescadores milenarios que fue barrida por los colonizadores; o la vida de los inmigrantes italianos, ingleses, alemanes o chinos del 1800. Todos vieron al mar y al Callao como la puerta de ingreso hacia una mejor vida, incluidos los piratas ingleses y neerlandeses que continuamente asolaron sus costas, entre los siglos XVI y XVIII. A todos, sin embargo, la naturaleza también los golpeó con brutalidad y sin previo aviso. Fueron muchos los temblores y terremotos que sacudieron el litoral a lo largo del tiempo. Uno de ellos —quizá el peor de todos— hizo desaparecer el fortificado puerto en 1746 bajo las olas del mar.

Callao

Una profusa investigación editada por el Congreso nos cuenta la historia del primer puerto, desde tiempos preincaicos hasta su consolidación en los últimos dos siglos.[Foto: archivo histórico El Comercio]

archivo histórico el comercio

                                                           I
El primer aspecto que explora Fernando Flores-Zúñiga tiene que ver con los lejanos habitantes prehispánicos del Callao, como los de la mítica aldea de Pitipiti, quienes vivían del trueque en tiempos precerámicos, así como de otras comunidades ancestrales que dejaron vestigios importantes en sitios como La Florida y Garagay. Pero hay más: a partir de los estudios del antropólogo estadounidense Tom Zuidema y su teoría de los ceques, el autor dilucida la existencia en estas playas de un conjunto de ayllus o incluso de una huaca llamada ‘Cayao’.

En términos sencillos, podríamos decir que los ceques eran líneas imaginarias que recorrían el territorio y lo irradiaban hacia sitios sagrados a manera de gigantescos quipus. Estos puntos estaban basados en un complejo sistema de divisiones binarias y en criterios que tenían que ver con categorías como collana-poyana-cayao, que estaban referidos a lo que llamamos alto, medio y bajo.


De esta manera, Flores-Zúñiga afirma que es probable que en la costa central el eje irradiador de estos ceques haya sido el templo ychsma, que más tarde se conoció como Pachacamac, cuyo punto más bajo —Cayao— estuvo en el extremo marítimo. A partir de diversas crónicas españolas, se abunda en las funciones que cumplían estos cayaos, a donde iban a parar los opas, los tullidos o los enfermos mentales, quienes eran tratados terapéuticamente por mujeres dedicadas a la taumaturgia. Por eso, concluye el autor de Haciendas y pueblos de Lima que el nombre Callao, como llamaron los españoles al puerto, deriva de la forma ancestral en que era conocida esta zona por los indígenas, y no como algunos connotados historiadores creían —incluido José Antonio del Busto— debido a sus playas de cantos rodados.

“Por eso bien cabe preguntarse —escribe Flores-Zúñiga— acerca de si Pitipiti se trató realmente de una simple aldeílla, del emplazamiento modesto de esta u otra familia de pescadores. O si en realidad significó la sede de un ayllo […] especializado en la taumaturgia, en la sanidad como solo los ancestros andinos podían haberse especializado”.

Además, el nombre de Pitipiti no fue olvidado tan fácilmente en el litoral. Hasta el invierno de 1741 existía en el puerto una comunidad conocida como Pitipiti Nuevo, emplazada al norte de la bahía, en la zona donde hoy se ubica la iglesia Matriz, por los jirones Constitución, Miller y Gálvez.

Haciendas y pueblos de Lima. Historia del valle del Rímac. Tomo V

El muelle y la dársena hacia 1928 en una vista aérea realizada por el fotógrafo Chippie Johnson. [Foto: colección privada]

colección privada

                                                  II
El Callao siempre fue una zona picante. Ya las primeras crónicas del siglo XVII, que se refieren al puerto de Lima, no solo hablan de su pluralidad de razas —blancos, indígenas, mestizos, africanos— y de sus profesiones —mercaderes, contrabandistas, pulperos, carpinteros, pescadores, carniceros—, sino también de las fiestas que se armaban en tales predios. Cualquier excusa, al parecer, era buena para la farra: la llegada de una autoridad o virrey o la fiesta del Corpus Christi terminaban en corridas de toros, en bailes de máscaras y en celebraciones que podían durar varios días. Eran curiosas, además, las comedias de soldados, en las que participaban integrantes de la tropa que resguardaba el puerto. Había una “adicción a la evasión en general”, cuenta Flores-Zúñiga. En 1676, por ejemplo, el virrey Castelar y toda su familia se fueron al Callao “de fiestas” y participaron de tres días de comedias y de toros, “sin haber sucedido desgracia alguna”.

Esto, por supuesto, no siempre fue así. Era común que estos espectáculos terminaran en peleas y disputas que después serían ventiladas en los tribunales y más de uno de los acusados iría a parar a la penitenciaría de Lima. A esto se sumaban también los litigios por robos cometidos, sobre todo, por esclavos, y las acusaciones de brujería y prostitución que llevarían a muchas mujeres del puerto, blancas, mulatas y negras, a soportar los castigos del Tribunal del Santo Oficio.

En el primer volumen se consignan algunos casos de fines del siglo XVII, como los de María Barreto, “zamba natural de Guayaquil, vecina del Callao, de 36 años, cocinera y vendedora de nieve”, que fue acusada de ser “remendona de doncelleces y encuadernadora de pecados sucios”. El agravante era que hacía sus conjuros demoniacos a través de las hojas de coca. También aparece el nombre de Antonia Osorio (a) “la Manchada”, una viuda y mulata “sin más oficios que los ilícitos”, acusada no solo de ser patrona de una casa de prostitución sino también de “hechicerías y tratos con el diablo”. Fue condenada a sufrir 200 azotes, con la añadidura de diez años de destierro a Guayaquil. Otra negra de 49 años llamada Rosa de Ochoa fue acusada de “vida airada” y entregada al verdugo, y luego al destierro de diez años “¡a África!”.

Daguerrotipo

Daguerrotipo de inicios de 1860 que muestra la variedad étnica de una familia porteña. [Foto: archivo Courret]

archivo courret

                                                III
El terremoto y tsunami del 28 de octubre de 1746 significó un antes y un después en la vida del puerto limeño. Nada quedó en pie después del cataclismo. La pequeña urbe de cuatro kilómetros y medio estaba fortificada y tenía dos puertas de ingreso: una miraba al mar y otra a la tierra. Estaba resguardada por 13 baluartes construidos con prisa alrededor de 1650 debido al acecho de los piratas. Su interior estaba dividido entre 32 y 45 manzanas irregulares y los edificios más importantes eran, obviamente, las iglesias: no había una, sino siete. La más grande era la de los jesuitas.

Este “presidio porteño” —como lo llama Flores-Zúñiga— se convirtió durante tres minutos interminables en la tumba de más de cuatro mil personas. La tierra se sacudió hacia arriba, como si se tratara de una erupción volcánica. El mar se precipitó sobre la ciudad y cubrió el actual terminal portuario, los barrios del jirón México y toda la avenida Sáenz Peña hasta los tramos finales de la avenida La Marina. Las crónicas del suceso, como las de Rosendo Melo o José del Llano Zapata resumen el espanto vivido al describir que el Callao quedó reducido a “un hacinamiento informe de escombros, obstruyéndolo todo, hasta las calles, y entre los cuales, ahítos de congoja, estaban los demás enredados; encalaverados por el pánico unos y apresados otros, entre los restos de las derrumbadas habitaciones”.

Después de la hecatombe ya nada fue igual. La reconstrucción fue lenta y marcada por el miedo de las réplicas y de la ira de Dios. Se propuso incluso que nadie habitara nunca más la costa chalaca. El virrey Manso de Velasco priorizó entonces lo portuario y lo defensivo, y el 16 de enero de 1747 puso la primera piedra de la nueva ciudadela que según sus palabras seguía las “últimas reglas de lo moderno”. Así se delineó un pentágono que dominaba la bahía y apareció en el horizonte el Real Felipe.

Sin embargo, las obras se concluyeron tarde, mal o nunca. Como el muelle que entró en funciones sin ser inaugurado sencillamente porque jamás se terminó, mientras corría ya la primera década del siglo XIX, y el Imperio español daba sus últimos estertores.

En cuanto a los sobrevivientes de la catástrofe, estos fueron llevados a las partes más elevadas de la costa, sobre los 11 y los 19 metros sobre el nivel del mar. Después de expropiar algunas haciendas, se comenzó a trazar, en febrero de 1747, el pueblo de San Fernando de Bellavista, que sería el nuevo centro urbano chalaco. Pero su mala ubicación determinó que con los años se volvieran a construir barracas a menos de 300 pasos del novísimo fuerte (Real Felipe), algo que estaba prohibido por ley. Es decir, por la costumbre y la comodidad de estar cerca de los trabajos portuarios, los chalacos se ponían, otra vez, frente al mar. Estas edificaciones después serían llamadas ‘ranchos provisionales’ y fueron el embrión del Callao monumental que conocemos actualmente.

La carretera entre Lima y Callao trazada en tiempos del virrey Ambrosio O'Higgins

La carretera entre Lima y Callao trazada en tiempos del virrey Ambrosio O'Higgins. [Foto: colección Umberto Currarino]

colección Umberto Currarino

                                                  IV
Las fotos están en blanco y negro. En ellas se pueden ver las orillas de La Punta, frente a la adormecida playa cubierta de pequeñas embarcaciones; o la convulsa dársena y muelle del Callao, en la década de 1880; o la apacible plaza del mercado un soleado día domingo; o también uniformadas muchachas en la estación del tren. Todas estas imágenes, la mayoría de ellas del siglo XIX y del archivo de Umberto Currarino, ocupan el segundo volumen de este trabajo, en el que se da cuenta de la vida en ese siglo turbulento que transcurrió entre la Independencia y la guerra con Chile. Una época en que el Callao se fue modernizando bajo el empuje del guano y de una ola de inmigrantes europeos y también de otras latitudes —como norteamericanos, palestinos o turcos— que configuraron esa identidad porteña variopinta, pueblerina, a la vez que aburguesada y señorial.

“A partir de esa época hubo un boom demográfico y económico en el puerto —dice Flores-Zúñiga— que fue posible por la inmigración italiana, de las regiones de Liguria y Sicilia, pero también británica, alemana, escocesa, galesa, irlandesa, holandesa, eslava, y de Estados Unidos, de Luisiana y Tennessee. Asimismo, vino gente de Latinoamérica, como los chilenos, que llegaron por oleadas al Callao. Primero con las guerras de Independencia, luego durante la Confederación Peruano-Boliviana y, finalmente, en ese momento sangriento de la ocupación, en la guerra del Pacífico. Era un buen número de individuos, entre los que había personas honradas y trabajadoras, pero muchos otros eran escapistas, buscones, ladrones, mujerzuelas. Entonces, tenemos una diversidad de procedencias que en el puerto se volvieron mestizas, al entrar en contacto con la gente local”.

Es en esta época cuando se configura La Punta, que empieza a surgir como un caserío en la década de 1860 en los mismos territorios abandonados por los pescadores del viejo Pitipiti indígena. Ahí aparece el hotel Internacional, en 1868, fundado por el francés Raoul Martinot. Y entre las primeras familias italianas que se instalaron ahí estaban los Spínola y los Paíno, quienes establecieron un tambo cerca de la estación del ferrocarril; y también estaban los descendientes de los antiguos chalacún, como los Huapaya. “El tambo propició el crecimiento urbano, comenzaron a poblarse las otras manzanas y crecieron las rancherías que fueron las construcciones características de La Punta, pues las mansiones se hicieron recién en el siglo XX”, expone Flores-Zúñiga.

Aunque el cronista Rosendo Melo sostiene que desde el siglo XVIII era usual que el puerto se poblara en la “estación de baños”, es a fines del XIX e inicios del XX cuando se acrecienta la costumbre de veranear en La Punta, que antes era vista más como lugar de descanso para curar males “por su buen clima”. Incluso, desde la década de 1880, se establecieron abonos en el ferrocarril que iba de Lima al Callao durante los meses de verano. Un mes costaba 20 soles, dos 40, y tres 50. Las costumbres fueron cambiando, y en 1915 La Punta pasó a ser reconocida como distrito y floreciente balneario.

Grupo de italianos

Grupo de italianos, gente de trabajo eurolatina que cambió para siempre el rostro y el alma de Lima y de su puerto, el Callao. [colección Umberto Currarino]

colección Umberto Currarino

                                                    V
El monumental estudio de Flores-Zúñiga sobrepasa, por supuesto, largamente estas cinco estaciones, pero este recorrido no podría terminar sin mencionar un hecho que pasa inadvertido cuando se trata del Callao. Y es que este lugar también ha sido desde tiempos inmemoriales una zona agrícola, bañada por la desembocadura del Rímac. Este valle ha tomado el nombre de Bocanegra. Un espacio de pasturas caracterizado, además, por infinidad de ojos de agua (puquiales) que posibilitó el mejor cultivo de la tierra. Con los siglos se desarrollaron aquí 12 haciendas que fueron tomadas por las órdenes religiosas, desde los jesuitas, en el siglo XVII, hasta dominicos y agustinos, pasando por comerciantes que se ennoblecieron con grandes propiedades, como el conde Villaseñor, o por terratenientes de ascendencia italiana.

Estas haciendas funcionaron, en muchos casos, bajo regímenes de excepción, primero con el trabajo esclavizado de los africanos, y luego con los chinos culíes traídos desde el otro lado del mundo, y que pasaron grandes penurias en condiciones incluso peores a las de la esclavitud. “Yo les he dedicado una parte del segundo volumen, y cuento con horror lo que se les hizo en estas haciendas. Si te detienes en la historia de la hacienda San Agustín, que estaba ubicada donde hoy está la tercera pista del aeropuerto Jorge Chávez, te vas a quedar horrorizado por la forma cómo los torturaban y los mataban, como si fueran cualquier cosa. Por eso es impresionante la manera en la que sus descendientes lograron superar esta condición para convertirse, muchos de ellos, en prósperos empresarios en el siglo XX”, dice el autor.

La historia chalaca narrada en estos dos volúmenes de más de mil páginas, con pasión y abundancia de citas, datos al pie y documentos que hacen de la lectura del trabajo de Fernando Flores-Zúñiga un ejercicio lento pero satisfactorio.

El muelle de fleteros del Callao

El muelle de fleteros del Callao hacia la década de 1930. [Foto: colección Umberto Currarino]

colección Umberto Currarino

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