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El olvidable rockanroll de Benito Lacosta, por Jaime Bedoya

Edición limitada en vinilo de un grupo eielsoniano que no encajó en la movida subterránea de los años ochenta.

Chini Polar

Chini Polar con recopilación musical (Costra Producciones, diseño de Arturo Higa). Atrás, vigilante Eielson, obra de Cárdenas. Informes sobre el disco: benitolacosta@gmail.com

Chini Polar con recopilación musical (Costra Producciones, diseño de Arturo Higa). Atrás, vigilante Eielson, obra de Cárdenas. Informes sobre el disco: benitolacosta@gmail.com

Humberto “Chini” Polar ocupaba las horas muertas de sus estudios de Lengua y Literatura en la Universidad Católica evangelizando en torno a lo que en los ochenta, era bálsamo y refugio: la poesía. Aún lo es.

Entre los versos propios y ajenos que constituían su credo portátil se encontraba una rareza. Este elemento disruptivo nos acercaba a aquello que el profesor Ricardo González Vigil llamaba vivir en estado de poesía. Era la edición del INC, portada azul, de los poemas de Jorge Eduardo Eielson. El volumen mal encuadernado tendía a ir soltando sus páginas una a una. Esos poemas voladores se convirtieron en propaganda inadvertida de otra forma de vivir. En una de esas hojas Eielson decía:

Es necesario además
Tener hambre de luz
Y devorar una estrella
Sin tenedor ni cuchillo

Chini Polar además de poeta y evangelizador era eximio guitarrista de jazz. Octavio Susti, entrañable compañero de código, era músico de músicos, un artista extraviado en un mundo asfixiado por más insomnios que sueños. Este servidor era un amateur golpeador de tambores, alumno de un voluntarioso baterista de circo de San Miguel. A Chini, Octavio y a mí se nos ocurrió formar un grupo. No teníamos ni nombre ni canciones. Las canciones salieron de Eielson. Construimos líneas de bajo, acordes y melodías que sostuvieran los poemas. Había una relación perfecta entre repetición, ritmo y palabra. Pero, si bien parecían una canción, aún no sonaban como tal. Daba igual. Coincidíamos accidentalmente con la irrupción del rock subterráneo, donde no saber tocar era un rasgo de estilo.

El nombre salió del aburrimiento creativo de los jardines de Pando. Se había sumado a los ensayos Gabriela Ezeta con su poderosamente seductora voz de mezzosoprano. Ella se movilizaba en un VW escarabajo que tenía nombre: Benito Burundanga. Uno de los referentes que teníamos en común era la religiosa observancia cada sábado de Trampolín a la fama. Recurrente auspiciador de Ferrando eran los muebles Costa. Y encontrarle nombre al grupo era un imposible. Así quedó el nombre de Benito Lacosta y los Imposibles.

Siguiendo el proceso natural de toda cadena de equívocos, fuimos convocados salvajemente ad honorem para el primer concierto de El Rock Subterráneo Ataca Lima. Curiosamente, el lugar del evento antisistema era una peña criolla, La Palizada de la avenida de El Ejército. Esa noche compartimos escenario con un grupo protosurfero (su vocalista usaba pukas), Nieve Negra. Y con los legendarios Leuzemia. El poeta Roger Santíbañez, ex-Kloaca, estaba en primera fila como periodista de la revista Oiga. Miraba extrañado como Octavio tocaba el bajo de espaldas al público y Chini se perdía en virtuosos riffs tan lejanos de lo subterráneo como La Palizada del CBGB. En la siguiente edición de Oiga, Roger imprimió en tinta el destino de Benito Lacosta: perfectamente olvidables. Eso no es rockanroll.

Chini Polar

Volantes artesanales para promocionar conciertos en el No Helden.

Luego de La Palizada hicimos del No Helden, encarnación en la avenida Garcilaso de la Vega del miraflorino No Disco, nuestra cancha local. Paul Hurtado de Mendoza, mini-me del factótum de ambos emprendimientos nocturnos, el Chino Mañuco, se convirtió en nuestro manager sin ingresos ni regalías. Lo ad honorem y lo salvaje seguía en pie. Tras cumplir los 30 años se envejece rápido. Entre el cansancio y algunas primeras facturas fisiológicas a cuenta de la vida indómita Benito dejó de tocar. A instancias de Paul hubo un único reencuentro para grabar algunas canciones en un estudio de Lince. La grabación quedó en un casete TDK llamado Benito Lacosta rumbo a México 86. Era otro Mundial al que no iba Perú.

Pasaron 33 años, 2018, y las artistas plásticas Nani Cárdenas y Elisenda Estrems empezaron a trabajar una muestra a partir del estudio de los poemas de Eielson. La muestra era en San Francisco, California. Elisenda vivía en México y su esposo era Chini Polar. De manera natural la grabación perdida de Benito Lacosta salió a la luz. El nudo de Eielson amarraba todo.

Chini se contactó con unos pastrulos en Oakland, cerca de donde suele andar el expresidente Toledo en aparente estado de, para que imprimieran un picture disc que lleva por cada lado obra de Estrems y Cárdenas. El disco sonó por primera vez en San Francisco el 28 de setiembre de 2018 en presencia del 50 % de Benito Lacosta.

Y no pasó nada, como predijo un poeta en los ochenta.

Chini Polar

Más información:
Como complemento de la muestra "Mitad ceniza, mitad latido - un diálogo plástico en torno a la poética de Jorge Eilson" se reproducirá la edición en vinilo de Benito Lacosta. 
La muestra va hasta el 5 de mayo en el C.C. Inca Garcilaso de la Vega en Jr. Ucayali 391, Cercado de Lima. 

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