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[Columna] "Polillas y termitas", por Jerónimo Pimentel

En su columna, "El vientre de la ballena", Jerónimo Pimentel reflexiona sobre los libros que podemos conservar cuando mudamos nuestra biblioteca.

Columna de Jerónimo Pimentel

[Foto: Mind of robot]

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Mind of robot


La mudanza de una biblioteca puede ser traumática. Implica no solo una aburrida labor física, sino hacer el esfuerzo intelectual de crear un canon forzado al paso. Decidir qué se va y qué se queda en segundos es lo más cerca que el lector estará de construir un paradigma, así sea este casual, equívoco o torpe. Aquí, a pesar de todo, algunos consejos producto de la experiencia.

                            — Criterios para descartar —
1. Otra vuelta de tuerca. Suelen fallar las novelas que basan todo su interés en la construcción argumental. Si el libro ya se leyó no soporta un segundo tiempo. Con el golpe de efecto ya sabido se hace imposible preservar el primer asombro. El género policial es el principal afectado: falla Agatha Christie pero sobreviven sin rasguños Hammett y Chandler. Mankell queda magullado, pero emergen algunas joyas olvidadas como el gran Rafael Bernal.

2. La novelería que no lo es más. ¿Será posible volver a leer a Murakami después del verano en el que todo Lima se lanzó a buscar Kafka en la orilla y Tokio Blues? ¿Es mejor convertir Crónica del pájaro que da cuerda al mundo en un par de billetes, o reservarle el equivalente en espacio a 25 poemarios en la nueva repisa? De la misma forma, ¿cuántos Stieg Larsson es posible conservar ya enamorados de Salander y ya enterrado el sueco? ¿Todo Knausgård se justifica?

3. Los repetidos. Hubo cierta vez la ilusión juvenil de que era posible cotejar ediciones, comparar la traducción del español ibérico al castellano porteño, los paratextos del crítico mexicano respecto a lo que añadía cierto chileno como comentario en notas al pie. Era un sueño bonito, como toda utopía, pero irrealizable. Luego se impone la vida adulta con sus plazos y sus cuentas y su polvo, y las reglas, los centímetros cuadrados y las termitas. Esa es la versión del mundo que gana.

4. Los temas apasionantes que no prendieron. Eco solía decir que a un lector se le debía evaluar por los libros que había comprado pero que no había leído, porque ello revelaba su curiosidad y cultura. Saber lo que uno ignora también es una forma de conocimiento. Bueno, no es posible sostener más a Eco. Aquella preciosa enciclopedia ilustrada de insectos y arañas, la memoria del gobierno de Echenique en dos tomos, el almanaque de Lima de 1929, las proyecciones astrofísicas de Kaku, un estudio de Kuroiwa sobre los terremotos en el Perú, la compilación de ensayos sobre Valdelomar, La vida amorosa de los animales de Vitus B. Dröscher, las ediciones indies de los secretos ocultos del cómic colombiano, la claves para entender al islamismo, todo, todo, materia de olvido. Y no habrá argumentación que justifique su pertinencia. Haber salvado la biblioteca deportiva será consuelo suficiente.

5. Los libros de consulta. Salvo Duden, claro. Para lo demás existen las bibliotecas públicas.

                                   — Para mantener —
1. Los dedicados. Suelen sacar pecho reclamando un trato especial. La caligrafía exige cierto respeto. Sobre eso, debe ponderarse el balance entre dos méritos a veces contradictorios: el literario y el amical. La ecuación se resuelve y se dicta sentencia: a la caja de mudanza o a la lista de saldos. Algunos sugieren arrancar la página para evitar un posible daño social.

2. Los clásicos. Es aquí cuando revelan su naturaleza invicta. Se mantienen orgullosos, incluso cuando jamás fueron tocados, conocedores de que el tiempo juega a su favor. Se benefician las ediciones críticas, pues prometen comprensión futura; los que ostentan tapa dura, pues justifican el sobrecosto y el peso; y las herencias, por una sensación de continuidad. Ahí va la Memoria de los poetas de los lagos de De Quincey, las bellas ediciones en Acantilado de Hawthorne, las tragedias completas de Shakespeare, la poesía completa de Emily Dickinson y otros portentos. Idea de Dawkins: nosotros no somos el sujeto de la evolución, apenas nos toca ser el vehículo autómata que transporta de aquí para allá genes (ADN) y memes (para propósitos de esta columna, libros). Mejor dicho, bibliófilo pretencioso: tú eres el conductor, pero no el pasajero.

3. La poesía. Juega, como los clásicos, con ventaja. Salvo las obras mayores de Olson (The Maximus Poems) o la lírica completa de Herbert, poseen la virtud de ser volúmenes pequeños y de ostentar cierta altivez cuando se trata de sobrevivir a moda y coyuntura. Cuando no, nos apoyamos en un viejo adagio de Mayans: “En poesía lo que no es excelente es despreciable”. Beneficio adicional: volver a encontrar a un viejo amor, Eleni Sikelianos.

4. Los contemporáneos. No es generosidad, es egoísmo. Un hombre no puede estar exento de su tiempo y tampoco puede escogerlo. Muchos escritores que bordean los cuarenta sueñan con la generación del 50, absolutamente brillante. Pero aunque parezca una condena hay algo que no te dirá Varela, ni Ribeyro, ni Eielson, ni Loayza, ni Vargas Llosa, sino el colega al que ahora miras con recelo. Si no lo entiendes es que no te has detenido lo suficiente.

5. Todo Vallejo y todo Arguedas. Por razones obvias.

El futuro será la resignación digital: tablets, ebooks,
Kindle. No se podrá decir que no opusimos resistencia.


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