Vendedores ambulantes se desplazan luego de ser desalojados por la policía de una vía pública donde trabajaban en Lima, Perú, país seriamente golpeado por la pandemia de coronavirus. (EFE/Paolo Aguilar).
Vendedores ambulantes se desplazan luego de ser desalojados por la policía de una vía pública donde trabajaban en Lima, Perú, país seriamente golpeado por la pandemia de coronavirus. (EFE/Paolo Aguilar).

Los primeros días de la cuarentena, la ciudad de Lima era un desierto. Plazas, calles playas, lucían vacías. El temor a la propagación de la COVID-19, el miedo a contagiarse de la terrible enfermedad cumplía su función. La ciudad redescubría otra realidad distinta a la caótica, nublada, de insufrible contaminación sonora y atmosférica

Hoy, a más de 100 días de confinamiento, la ciudad vuelve paulatinamente a su normalidad con los mismos males de siempre. Los sectores sociales excluidos de la modernización neoliberal y sus beneficios han tomado las calles en abierto desacato a la cuarentena, el distanciamiento físico y las medidas sanitarias decretadas por el gobierno. El hambre y las necesidades económicas azuzan. Ubicados en la disyuntiva de morir de hambre o morir de , eligen la segunda opción, tan trágica como la primera. Ya no resistieron más. La cruda realidad de profundas brechas económico-sociales existentes en el país, toman esta forma dolorosa.

Los primeros caminantes

Primero fueron los caminantes. provincianos golondrinos, que vienen a la ciudad de Lima a trabajar en época de vacaciones escolares y previo a la cosecha en el campo. No pudieron resistir más de 30 días en la capital y buscaron retornar a pie a sus distintas regiones en plena restricción. Después los comerciantes que han tomado diversas calles de la ciudad. Luego los taxistas. Mas de 1.700 papeletas de infracción aplicadas en un solo día, por desacatar las restricciones de circulación.

Lima 22 de abril de 2020

Un grupo de personas se dirigían a Pucallpa a pie por toda la carretera central. La policía les brindo autos para que vaya a ser su prueba rápida para que puedan salir de la ciudad.

Foto: joel alonzo
Lima 22 de abril de 2020 Un grupo de personas se dirigían a Pucallpa a pie por toda la carretera central. La policía les brindo autos para que vaya a ser su prueba rápida para que puedan salir de la ciudad. Foto: joel alonzo

Conforme pasaban los días se iban incubando en el alma de los sectores populares pobres otras formas de desobediencia social más radicales y de distinto tipo. Esta vez, la rebelión tomó rostro de comerciante de venta ambulatoria de productos alimentarios. Los mercaditos y paraditas de los barrios y distritos populosos, se volvieron evidentes lugares de contagio por la aglomeración que se formaban. Fueron reprimidos, y sufrieron las pérdidas de sus productos en mano de fiscalizadores municipales. Es en esa trifulca que conocimos la frase que nos revela el estado emocional de desesperación que está detrás del desacato: Prefiero morir de covid trabajando en la calle que morir de hambre encerrado en mi casa.

Los nuevos caminantes

Así un nuevo tipo de desobediencia social tomó algunas calles de Lima. Cometida por cientos de vendedores de prendas de vestir para la temporada. Los llamaremos los nuevos caminantes. Pues se desplazan de una calle a otra, caminando en grandes grupos, llevando sus mercaderías a cuestas, conforme la persecución de fiscalizadores municipales y policías, que tratan de reestablecer el orden, sin éxito. Los botan de una calle, y se van a otras, y otras, ampliándose así progresivamente su radio de operación. Comenzaron en las calles del emporio comercial Gamarra, ubicado en el distrito de La Victoria, extendiéndose hacia la avenida Grau (zona de comercio de prendas de vestir) y la calle Luna Pizarro. Esto llevó a autoridades a buscar lugares dónde reubicarlos.

Este nuevo fenómeno de desobediencia social tiene un matiz particular: se escuchan frases como: “Tenemos necesidad, déjenos trabajar. No salimos a las calles para contagiarnos de virus, sino para conseguir algo que comer.”

​Ambulantes incumplen inamovilidad y continúan con sus ventas en Arequipa
​Ambulantes incumplen inamovilidad y continúan con sus ventas en Arequipa

La composición social es distinta a las anteriores. Es un universo muy amplio. Muchos no se conocen entre ellos, como sucede con los vendedores de plazas y mercaditos. Lo conforman aquellos que siempre han trabajo informalmente en las calles, pero también los nuevos empobrecidos, parte del 41% de afectados por la pérdida de empleo. Los familiares de las víctimas de la pandemia: hijos mayores de edad que han perdido a sus padres, obligados a asumir el rol de ellos, entrando al trabajo ambulatorio para sobrevivir. Están Los no comprendidos en las canastas de víveres o el bono económico universal dado por el gobierno. En fin, todas las personas que necesitan trabajar para alimentarse.

Para estas personas cada día es el comienzo de una nueva batalla real por la sobrevivencia. Las noches, momento de descanso y elaboración de estrategias para continuar la lucha al día siguiente. No solo contra el coronavirus que ya no les importa, sino contra fiscalizadores que les quitan sus mercaderías y la policía que los desaloja.

Ambulantes invaden calles en José Leonardo Ortiz
Ambulantes invaden calles en José Leonardo Ortiz

Necesidad e imitación

Estos nuevos caminantes aumentan cada vez más por dos causas. Por la necesidad y la imitación. Por necesidad de tipo económico, debido al de confinamiento. Por imitación, en dos sentidos. En el sentido exógeno. Si el gobierno ha dado facilidades de apertura paulatina a algunas grandes empresas formales excluyendo a los pequeños y medianos comerciantes, entonces, por qué no hacerlo de facto. La imitación endógena, hace que el fenómeno de los nuevos caminantes se propale, se extienda a otros excluidos. Gabriel Tarde nos recuerda, que algo nuevo se propala y hace extensivo debido a la imitación. Se repiten, se replican al mismo tiempo que se multiplican y extienden por contagios.

En esta circunstancia difícil, la mesa de diálogo y no represión es el camino. Conversar, acordar y ser flexibles entre las partes. Se ha comprobado que las medidas de fuerza no funcionan, y el dialogo ha dado sus buenos frutos en otras oportunidades. Por otro lado, la desobediencia no debe ser tomada como mala, sino como señal de que algo está pasando, y tomar las medidas correctivas.

*Pedro Pablo Ccopa es sociólogo

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