Nacido en 1948, Gurnah salió de Tanzania muy joven, espantado por el cruento gobierno de la Revolución de 1964. En alguna otra entrevista ha contado cómo es que logró entrar a territorio inglés, gracias a la generosidad diligente de uno de los oficiales de inmigración. Cuando empieza a estudiar en el Christ Church College de Canterbury, su vida como estudiante está encaminada.
Sin embargo, el recién exilado empieza a acumular recuerdos del país de su juventud. Es entonces donde la luz del África lo alcanza. Empieza a escribir una serie de reflexiones sobre su pasado. De esa fórmula que establece la nostalgia, como una fuerza productiva, surgen sus primeros relatos. Las palabras aparecen como una fuerza redentora. Usa el inglés (en el cual inserta algunas expresiones en su idioma natal) para reconstruir un mundo perdido. La memoria es una forma de la imaginación. En su soledad de exiliado, escucha las voces, siente los olores y mira a las personas que caminan por Tanzania. Mientras está escribiendo su disertación, también le dedica horas a su primera novela. El resultado es la bella “Memorias de una partida” de 1987.
En sus novelas y relatos el pasado juega un papel en el destino de los personajes. Allí aparecen los manjares, los paisajes y los aromas del África descritos en “Paraíso”, la historia del joven Yusuf, a quien su padre entrega como pago de una deuda. Allí aparecen también los rostros precisos, iluminados de Hamza y Afiya, los amantes en su más reciente novela, “La vida después”, ambientada en tiempos de la colonización alemana. Estas novelas siempre integran las historias individuales con una descripción detallada del ambiente social. En “El Desertor”, que quizá es mi libro preferido, la historia de amor de Amin y Jamila se frustra debido a una prohibición familiar. Nadie que conozca al personaje de Jamila en estas páginas va a olvidarla. El narrador en esta novela es Rashid, en quien adivinamos al propio Gurnah. Todos escuchan las voces del pasado. En “A orillas del mar”, el narrador habla del “furtivo paso de los años, como si me hubiera quedado inmóvil e impasible, sin moverme de mi sitio mientras la vida iba transcurriendo, a ratos ocupada en lo suyo, a ratos desternillándose en silencio…”
Si bien el jurado del premio Nobel, destacó la obra de Gurnah como la muestra de “los efectos del colonialismo”, estas novelas apuntan a un asunto mayor. Si hay algo que define a sus personajes es la soledad del desplazado, una experiencia que también impregna la literatura latinoamericana. Viven en un universo donde se ha perdido el centro y tienen que buscarlo en ellos mismos. En esta búsqueda, Gurnah les ofrece una fe propia. La de la solidaridad, la bondad, y la ternura que puede aparecer entre las personas. Esta relación entre la violencia y la redención es el eje de su admirable obra.