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Calatas forever, Jaime Bedoya sobre la nueva Playboy

Disculpen la pequeñez, columna semanal de Jaime Bedoya

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Uno de los momentos más tristes en la historia de la paja contemporánea debe haber sucedido la tarde en que un senil Hugh Hefner, tras la exposición de motivos —el tabú sexual impreso agoniza por los efectos del wifi— aceptó resignado no publicar una calata más en Playboy. Es como si la Unicef anunciara oficialmente que Papa Noel no existe. Un nudo en la garganta se formó al imaginar que mi hijo varón, inocente y promisorio caballerito de tres años, jamás conocería el irrepetible ritual de hojear una revista con una sola mano mientras la otra señala el camino hacia la plenitud solitaria. 

En la casa familiar de la avenida Dos de Mayo, donde hoy se levanta un infame Pizza Hut, las revistas se guardaban en un estante bajo. Siendo aquellos años unos en que los militares experimentaban un imprevisto bienestar inmobiliario en Chacarilla del Estanque como efecto secundario de gobernar el país, el contenido primordial de las revistas —Oiga y Caretas— era político. Pero había una diferencia sustancial entre ambas para el ojo virgen: Caretas tenía una calata en la penúltima página. Nada más efectivo para inculcar el hábito lector en un niño que una señora entrada en carnes dejando la puerta falsa de la literatura entreabierta (1). 

La vida es una sucesión de casualidades intencionales. Años después acabé en mi primer día de trabajo como periodista en Caretas. Mi jefe inmediato, el irrepetible Jorge Salazar, me dio una tarea académica que condicionaría la especialización futura de mi carrera. “Desde hoy quedas a cargo de la calata”, dijo. 

Durante no poco tiempo me tocó la responsabilidad de acopiar, tijeretear e inventarle una vida improbable de 600 bytes a una señorita calata que meses atrás había posado en Nebraska sin imaginar que esa trajinada edición de Playboy comprada al por mayor en el Centro de Lima acabaría insuflándole nueva y tercermundista vida a la conejita. Rebautizada bajo aliases como Lola Mento o Pamela Chu, la calata de Amenidades servía para hacer referencias enjundiosas a la coyuntura, enviar mensajes cifrados a potenciales calatas de verdad o para reparar la propia vida sentimental, siempre al borde del naufragio gracias a los horarios y desórdenes propios del apostolado periodístico. 

Pero más importante aún, la calata cumplía una tarea trascendente en tiempos de violencia y desolación, bien mayor por encima de las niñerías de la propiedad intelectual. Era una profilaxis emocional ante la perversa corriente que glorificaba la muerte. Un ejército de nalgas y bustos daba cada semana frontal batalla a favor de la vida en su mejor versión, la gozadera.

A lo largo de varios años fue un orgullo privado ser testigo de cómo la responsabilidad en torno a la calata iba pasando de mano en mano (2), antorcha impúdica y vital que no podía apagarse. Estuvieron a la altura recordados camaradas (3), ilustres plumas al servicio de una causa que ni daña a nadie ni provoca ceguera, pero que siempre propicia una sonrisa y pronta reconciliación con cualquier adversidad al acecho.

Hugh, estamos contigo. Pero esto no acaba aquí. Caretas está de aniversario. La calata sigue ahí, la misión también. Nunca tan oportuno como ahora decir pongamos manos a la obra.

(1) Varias generaciones de peruanos adultos, inadvertidamente, empiezan a leer una publicación como los         japoneses, empezando por atrás. 
(2) Valga la obvia redundancia. 
(3) Provoca poner nombres pero muchos de ellos son ya padres de familia y hombres de bien, a quienes la necia sociedad limeña podría injustamente estigmatizar. Ellos saben quiénes son, héroes anónimos del placer solitario.

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