Contar los días
Contar los días
Jerónimo Pimentel

Escritor y periodista

jpimentel@comercio.com.pe

Creo que la última vez que vi a Eduardo Chirinos fue en la presentación de Anuario 
mínimo,  en la Librería Sur, cuando me invitó a decir algunas palabras. Al leerlo, esa vez, quedé un poco sorprendido por el encargo: no se trataba de un poemario, sino de un conjunto de textos de difícil categoría que narraban su vida. Al releerlo ahora, a la luz de esta triste noticia, pienso en una suerte de testamento poético, aunque en su momento jugué con la idea del diario y el breviario. Es probable que el duelo haya transformado la intuición para convocar a un género lúgubre. Como fuere, no hay acierto; no queda claro a qué estante pertenece este libro, aunque sospecho que su lugar está al lado de las "Prosas apátridas" de Ribeyro. Pero no engaño a nadie tratando de usurpar la labor de los bibliotecarios. 
     Lo que sí puedo decir es que la relectura busca recuperar un momento, aquel de la presentación. Evocarlo es homenajear también el procedimiento que él aplica. En "Anuario mínimo" Chirinos revisita, uno a uno, 50 años de vida para comentarlos por partida doble, en textos numerados que, respectivamente, son antecedidos y sucedidos por una prosa que funciona como contrapunto o complemento de la anterior. Una pequeña flor, a manera de motivo tipográfico, los distingue y quiebra la perfección de la centena, que hubiera sido espeluznante: 101 prosas, entonces, que no son poemas, relatos ni aforismos, sino tal vez trazas de una autobiografía. En ella hay tanto imágenes como potencia simbólica, lo que crea un espacio poético que se nutre de la recuperación de la memoria. A través de este método, lo que fue cotidiano se vuelve alegórico y lo espontáneo obtiene connotación. Los pasos andados reclaman un sentido y el poeta responde con ambigüedad, como corresponde: una no biografía, confiesa en la dedicatoria, que abre de nuevo las interrogantes: ¿estos son los fragmentos de una vida que no ocurrió, que debió ocurrir, que ocurrió sin que nos diéramos cuenta, que ocurrirá cuando florezca en la imaginación del lector o que solo ha ocurrido en el acto de la escritura? 
     Algunos datos de la experiencia, y de la experiencia social, se escabullen para sugerir fechas, casi como una concesión: uno que otro terremoto, partidos de fútbol, la muerte de Kennedy, Sendero Luminoso, pero también Dante, Sologuren y Seferis. Una línea más íntima evade la cronología y los hechos de la Historia para abrir las puertas de un relato doméstico, íntimo y personal: el del aprendizaje. El aprendizaje de las palabras, que antes llamábamos lenguaje aunque hoy se prefiera comunicación; el de las mujeres, que solemos confundir en el despertar y, luego, si somos cuidadosos, podemos convertir en calor y compañía; el de la sexualidad, franca y torpe, que aparece como un mordisco y se disipa en la sonrisa fotográfica de una estrella; el de la fe, que para el lector atento es una invitación a la rebeldía y a la piedad; y el de la poesía, que, a diferencia de lo que ocurre con los amigos de Robert Creely, nunca aparece de manera epifánica. A través de ellos, de manera transversal, como una corriente submarina, el aprendizaje de los cambios, que arrastra todos los otros. Es el más esquivo y también el más natural de todos los aprendizajes, aquel que nos hace mutar de rol y fluir de yo a yo con la espontaneidad de quienes poseen identidad múltiple, sin que podamos definir nunca la frontera de lo que hemos sido respecto a lo que somos y seremos. 
     Estos fragmentos habitan esa frontera. Y como la habitan, Eduardo se pregunta por las dos o tres cuestiones en las que se puede resumir la vida de un hombre: quién es, dónde está y cómo llegó ahí. “Solo los guardias de frontera saben de qué trata un país”, decía Adriano según Yourcenar en traducción de Cortázar. Aceptemos por un momento que ni el emperador, ni la novelista ni el traductor se equivocaron, y asumamos también que es desde ese lugar de donde proviene la sabiduría de estos textos profundos y lúdicos, en los que todo parece reconciliado: el conocimiento con la música, el sentido con el tono, la vida con la poesía. Por qué no decirlo, como si siempre hubieran estado juntos. 
     Pero ¿puede haber poesía sin poemas? En uno de los fragmentos, Chirinos evalúa la división entre poesía y prosa, a la que adjudica movimientos de composición inversos: la prosa parte de una idea y con suerte se vuelve música; la poesía, en cambio, es música donde puede o no caber una idea. Hace mucho que me parece que lo primero que deberíamos hacer todos los que nos relacionamos con la poesía es preguntarnos dónde habita: ¿en el poemario, en el poema, en el verso, en la imagen o en el poder de simbolizar? Eduardo diría: en los acordes. Pero no es necesario adivinar la respuesta, ya que este libro lo es. A la luz de esta triste noticia, la literatura es una forma de alivio.