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Crítica de arte: "Arte, activismo, feminismo (1994-2018)", por Max Hernández

El crítico de arte Max Hernández Calvo comenta el trabajo de Natalia Iguiñiz a lo largo de 24 años de carrera.

“La otra”, Natalia Iguiñiz

Serie “la otra”, Natalia Iguiñiz

Natalia Iguiñiz

La revisión panorámica del trabajo de Natalia Iguiñiz, curada por Miguel López, nos presenta un recorrido por las preocupaciones e intereses temáticos, políticos y creativos de la artista a lo largo de 24 años de carrera. El rango de temas abordados abarca desde el espacio doméstico hasta el público, desde el relato personal y el drama privado hasta la historia nacional y la tragedia colectiva, pero siempre con un claro sentido de lo político y lo social.

Destacan los autorretratos tempranos de Iguiñiz, en los que somete a su propia imagen a un proceso de extrañamiento, ya sea creando figuras dobles o fantasmales, como “No me gusta 2” (1995) y “Novia en el micro” (1994), o por medio de la fragmentación de la imagen (“Algo está mal”, 1995), sugiriendo una negociación con la propia imagen.

El sentido político subyace incluso en piezas que, a primera vista, parecen plácidamente domésticas, como “Estudio para retrato de la señora Luisa Aybar y sus niños y niñas” (2008). Este retrato de la señora con los distintos niños y niñas que ha cuidado a lo largo de su vida constituye una memoria afectiva, pero también laboral, un retrato doméstico, pero también social, e implícitamente político, pues está atravesado por divisiones socioeconómicas.

Lo personal y lo doméstico ocupan un lugar clave en la muestra, evidente en las muchas piezas que hablan de la crianza de los hijos y de la maternidad (“Muñeca rota”, 2005; “Mi mundo plop”, 2012; “Madre e hija”, 2015; “Road Movie”, 2015), en sintonía con el clásico eslogan feminista de los sesenta, “lo personal es político”. Iguiñiz plantea un revés de esa idea, sugiriendo también que lo político es personal, donde su compromiso con diversas luchas ha orientado su arte. Por ejemplo, el drama de las comunidades desaparecidas y desplazadas de la sierra peruana es el eje de la serie “Chunniqwasi (periodo 1980-2000)”, que fotografía lugares despoblados por la violencia como Vilcas, Chaca, Luricocha y Uchuraccay. Asimismo, su trabajo gráfico en afiches se ha orientado a diversas luchas, como el retorno a la democracia (“Cambio no cumbia”, 2000, con el colectivo Sociedad Civil; y “Elecciones limpias”, 2000, con Laperrera); la búsqueda de derechos laborales para las trabajadoras del hogar (como “Somos la excepción a los derechos laborales”, 2002) y el reclamo de la igualdad social y de género (como “Mi cuerpo no es el campo de batalla”, 2004; “No es no”, 2001; y “Ministro, cumpla”, 2002).

Este acercamiento personal a lo político se manifiesta también en su proyecto sobre María Elena Moyano (“Buscando a María Elena”, 2011-2012), que ofrece un retrato a la par político y personal de la activista y teniente alcaldesa de Villa El Salvador asesinada por Sendero Luminoso, a partir de frases y reflexiones de Moyano.

En “Aves sin nido” (2012), Iguiñiz recoge escenas de textos literarios de Fernando Ampuero, José María Arguedas, Mercedes Cabello, Alfredo Bryce, Laura Riesco, César Vallejo, Mario Vargas Llosa, Francesca Denegri, Clorinda Matto de Turner, entre otros, que presentan episodios de abuso y explotación de mujeres dedicadas al trabajo doméstico. Pero si bien las escenas seleccionadas son de la vida privada y doméstica, la artista remarca su dimensión pública, que subyace a la literatura—en tanto se dirige al conjunto social—.
En esa línea, cabe resaltar su video “Acción cotidiana en el centro laboral” (2008), donde vemos a la artista en un baño usando dos extractores de leche materna. Desde el espacio laboral, lo personal revela su evidente alcance social.

Un aspecto fundamental de este recorrido se revela en las imágenes sobre el cuerpo y sus procesos, desde la menstruación (“Rojo sobre blanco” y “La espera”, ambas de 1998), hasta la enfermedad (“Dolor”, 2014-2018; “Sin título (cráneo)”, 2017), que hablan del cuidado, pero también nos invitan a pensar en la posibilidad del cuidado en su dimensión política: el acceso a la sanidad, a la medicación, al tratamiento, etc.

Natalia Iguiñiz da cuenta de la porosidad de la frontera entre lo privado y lo público, lo íntimo y lo social, y nos invita a pensar en los alcances sociales y políticos de lo personal, pero también en el sentido personal e íntimo de lo político y lo colectivo.

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