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Crítica de arte: "Body Invaders", por Max Hernández

El crítico de arte Max Hernández Calvo comenta la exposición "Body Invaders", la primera muestra individual de Alessandra Plaza.

"Body Invaders de Alejandra Plaza",

"Body Invaders"

Difusión

Body Invaders es la primera exposición individual de Alessandra Plaza, quien propone a través de una instalación de arte electrónico un peculiar encuentro entre el universo de los videojuegos y el activismo político, alrededor de la lucha por la igualdad de género.

La artista toma como punto de partida el clásico videojuego Space Invaders, creado por Tomohiro Nishikado y lanzado por Taito en 1978, en el que debemos detener una invasión alienígena a punta de balazos, y lo reelabora visual y conceptualmente, transformando sus personajes y su sentido.

El título, Body Invaders, no solo alude directamente al videojuego, sino que también evoca una referencia más oscura (y acaso no buscada) especialmente pertinente: Invasion of the Body Snatchers (conocida en Latinoamérica como La invasión de los usurpadores de cuerpos), una película de culto de ciencia ficción y terror de 1956, dirigida por Don Siegel, en la que una invasión alienígena va sustituyendo a los habitantes de un pequeño pueblo por copias de sí mismas: la amenaza oculta a simple vista (coincidentemente, el mismo año en que aparece Space Invaders se lanza un remake de dicho film).

Esta referencia resulta clave porque la artista altera la idea original del juego (la de unos alienígenas que buscan invadir el planeta), planteando en su lugar la premisa de una invasión del cuerpo femenino desplegada por cuatro aparatos sociales y políticos que forman parte de nuestro escenario cotidiano —la iglesia, el estado, la ley y los medios de comunicación—, y que pretenden tomar el control de la mujer.

Plaza sustituye los alienígenas por una serie de figuras como congresistas, curas, dinero, televisores, iglesias, periódicos, etc., y cambia el cañón del juego por una joven mujer —personaje cuya referencia gráfica proviene de juegos como Mario Bros.—, que en la pantalla introductoria aparece con el puño en alto diciendo “Lucha”. De ese modo, la artista reorienta el propósito del juego, politizando sus aspectos lúdicos e ironizando su fantasía violenta.

Un aspecto fundamental a considerarse es que se trata de una obra participativa e interactiva. Asimismo, la rotundidad y sencillez de su mensaje se alía con el carácter intuitivo del gamplay del videojuego, readaptado como recurso didáctico para la concienciación. En ese sentido, cabe resaltar que la alteración que lleva a cabo la artista también puede leerse críticamente de cara a la misma industria de los videojuegos, que no están lejos del patriarcado. En primer lugar, este tipo de manipulación sigue la lógica de los mods (las modificaciones del software por sus usuarios) de la cultura gamer, estereotípicamente machista (p.e., la controversia #GamerGate el 2014). Y, en segundo lugar, porque Plaza interviene precisamente Space Invaders, que si bien no es técnicamente el primero, sí es el pionero de los shoot em up (de disparar), género paradigmático de los videojuegos violentos, dirigidos a un público masculino que consume ávidamente fantasías de guerra y conquista.

Acaso esa mirada crítica se insinúa en la fabricación de la carcasa de la máquina con malla metálica, que permite ver lo rudimentario del equipo. Este gesto de transparentar la máquina sugiere un esfuerzo por revelar el funcionamiento interno de esta tecnología y, por extensión, de dicha industria. En esa misma línea parece ir la recreación paródica del ambiente de los pinball del pasado (los salones de videojuego), interviniendo la sala con unas tiras de LED de colores e incluyendo un afiche promocional de la obra, presentado en caja de luz, en donde el personaje femenino —cuya estética parece derivada de la historieta alternativa—es retratado como una criatura gigante que va acabando con los emblemas de la opresión a la mujer en la ciudad (que figuran en el mismo videojuego en exhibición).

Hay toques especialmente ingeniosos, como por ejemplo el personaje del presidente (con banda presidencial, naturalmente) que flota cual ovni por el espacio. Aquí, el derribarse al presidente no solo puede verse como una simbólica lucha contra el patriarcado, arraigado incluso en nuestras instituciones democráticas, sino como un recordatorio paródico de la fragilidad de nuestras instituciones políticas.

Alessandra Plaza muestra tener no solo ingenio (tecnológico, político y conceptual), sino un refrescante sentido del humor —incluso en su literalidad— que logra articular, así sea por unos minutos, la diversión, el arte y la militancia.

Fundación euroidiomas

Calle Libertad 130, Miraflores. Hasta el 28 de abril.

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