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Crítica de arte: "Lo que un día fue no será", por Max Hernández

El crítico de arte Max Hernández Calvo comenta la muestra colectiva "Lo que un día fue no será", de Fátima Rodrigo

"Lo que un día fue no será", por Max Hernández

“El triste” (2018)

“El triste” (2018)


​Tomando como título una canción de José José, Fátima Rodrigo aborda nuestra asimilación inconclusa del modernismo —Lo que un día fue no será—, recurriendo a tres instancias en las que formas derivadas del arte moderno son empleadas para desarrollar proyectos menores: un monumento de barrio, un detalle ornamental arquitectónico y una escenografía musical.

“Monumento fantasma” (2018) es un bordado sobre lienzo que recrea una estela que da la bienvenida al distrito de Barranco. La forma rectangular del monumento y su textura cuadricular recuerda tanto una versión a escala de los edificios de la arquitectura del International Style, las lápidas funerarias y los severos objetos minimalistas. Pero, en su reproducción en tela, los tonos pastel de la cubierta mayólica del monumento remiten antes a la decoración de cuarto de bebé (lo doméstico) que a un elemento escultórico o arquitectónico en el entorno urbano (lo público).

Más monumental en escala es la instalación “Sin título” (2018), en la que una gran tela de lentejuelas cubre gran parte del suelo de la galería, tomando como referente el diseño del piso de losetas de la casona republicana que hoy es el espacio. La artista hace una serie de intervenciones en la tela, creando rombos en dorado, azul, y líneas diagonales que hacen eco del patrón del piso. Varias cosas se ponen en juego aquí: se incorpora la idea de representación al replicar el piso sobre el que se ubica la pieza (una obra figurativa); pero, a la par, esta responde a las formas de la abstracción geométrica (una obra abstracta). Más aun, vía los colores metálicos, la cuadrícula y su ubicación, la pieza evoca las esculturas de planchas metálicas del minimalista Carl Andre. Pero Rodrigo contrapone a la carga masculina propia del mundo industrial que el minimalismo citaba, un universo femenino invocado por un material que asociamos a la moda y el glamur, pero también al ámbito doméstico de la costura y las tradicionales ‘labores femeninas’.

Asimismo, la artista reenmarca la relación entre espectador/a y obra de arte, tan cara al minimalismo, en términos de desplazamiento y deslumbramiento: por una parte, la pieza ocupa la mayor parte del espacio de exhibición, y deja dos corredores laterales libres que poco menos que fuerzan el tránsito, y, por otra, los reflejos de las luces de la galería sobre la superficie de lentejuelas capturan la mirada con sus matices y brillos y rebotan en paredes y techo, lo que da lugar a una atmósfera luminosa vibrante, ajena a los discursos fenomenológicos del minimalismo y la solemnidad de la arquitectura republicana (algo reforzado por el color celeste de las paredes de la sala).

“El triste” (2018) toma su título de la canción del mismo nombre de José José y su forma de la escenografía del Festival Mundial de la Canción Latina de 1970 (antecesor del Festival OTI de la Canción), donde el cantante mexicano ganara el tercer premio con dicha interpretación que lo lanzó a la fama. La artista recrea el diseño del escenario que, sacado de contexto, no solo parece ser una instancia de la pintura abstracta de primera mitad del siglo XX, sino que se revela como un telón de fondo completamente ajeno al tipo de música —marcadamente narrativa— para el que había sido creado.

En estas piezas, Fátima Rodrigo confronta a sus tres referentes (el monumento de barrio, el diseño del piso de sala y la escenografía para televisión) con los modelos que subyacen a ellos: la escultura, la arquitectura y la pintura modernas, acaso tres de las instancias más emblemáticas de la ‘alta cultura’ occidental del siglo pasado.

Poniendo énfasis en formas culturales derivadas de estos desarrollos artísticos pero orientadas a lo popular, al espacio doméstico y al consumo, Fátima Rodrigo nos revela algo que podríamos llamar el ‘lado B’ de la modernidad: una versión aparentemente low cost de las formas modernas que, en el proceso de hacerse accesibles y de traducirse a lenguajes vernáculos, fueron transformándose en algo híbrido. Así, el universo que nos ofrece la artista nos habla del lugar y las condiciones desde donde asimilamos, negociamos y reelaboramos los distintos modelos culturales que a lo largo de la historia se han impuesto como nuestro horizonte aspiracional.

Galería 80 m2 - Livia Benavides

Malecón Pazos 252, Barranco.

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