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"Denis Johnson: mucho más grande que un escritor grande", por Jerónimo Pimentel

En su columna "El vientre de la ballena", Jerónimo Pimentel comenta la obra del recientemente fallecido escritor norteamericano Denis Johnson.

Denis Johnson

(Ilustración: Mind of Robot)

(Ilustración: Mind of Robot)

Mind of Robot

No existe un mejor conjunto de relatos en la segunda mitad del siglo XX norteamericano que Hijo de Jesús de Denis Johnson. Aunque quizá sí. Quizá pueda competir en ese hipotético podio con Rock Springs de Richard Ford, los Cuentos escogidos de Alice Munro, Catedral de Raymond Carver —quien fuera su maestro en Iowa— o con cualquier antología seria de John Cheever.

En las 11 historias que componen esa novela de relatos, como la describió su traductor al español, Rodrigo Fresán, Johnson construye la visión más convincente de aquello que George Packer llamaría, tiempo después, el desmoronamiento.

El silogismo acuñado por el periodista para explicar el concepto es el siguiente: la ruina moral debilita las instituciones de un país; sin ellas la república queda a merced del orden impuesto por el dinero organizado, lo que tiene como efecto crear un espacio enorme de libertades, cuya consecuencia directa es que los individuos se ven obligados a construir su destino por sí mismos en un “paisaje carente de estructuras sólidas”, razón por la cual los perdedores del sistema no solo pierden, sino que no terminan de caer. Ese es el paisaje sobre el cual deambulan los protagonistas de Johnson, puro detrito social: ladronzuelos, junkies, violadores, cobardes y buenos para nada. Es justo uno de esos fracasados —abismales y abisales, que tanto hacen pensar en la romantización del fracaso de Bolaño— quien cuenta. ¿Pero qué cuenta Fuckhead?

Habla mientras ve y lo que ve es un estado alterado de conciencia: un accidente de tráfico, una fiesta de veteranos, la persecución de un dealer ventajista, una temporada en la clínica de rehabilitación, ese club donde aquella chica baila, todo tipo de bares. Varias expresiones de la soledad vagan afiebradas y su único combustible son las drogas: alcohol, hierba, coca, crack, anfetas. La realidad vibra en cada oración y la música que debería ser horrísona suena afinada. El estilo es tan diáfano que desconcierta. “Conocía a cada gota de lluvia por su nombre”, dice una línea calma y luminosa en medio de un diluvio. El milagro consiste en que la voz transmite la distorsión con claridad. Cada narración parte del mismo punto de vista, pero la credibilidad está rota porque la lente también está quebrada. No hay continuidad narrativa. El núcleo del cuento es la digresión. Y, a pesar del aparente caos, prima otra forma de cohesión: la inconsistencia. Es solo otro orden y Johnson sugiere dejarse llevar. Esa es la invitación de Hijo de Jesús.


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En su necrológica, el gran Lawrence Wright comenta que
Johnson daba tres consejos a los estudiantes de literatura:
1. Escribe desnudo, lo que implica escribir aquello que nunca te atreverías a decir.
2. Escribe con sangre, como si la tinta fuera tan valiosa que no la puedes desperdiciar.
3. Escribe exiliado, como si nunca fueras a volver a casa y tuvieras que recordar cada detalle.


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Johnson ya era un escritor celebrado antes de escribir su quinto libro de ficción y puede que no haya podido sobrellevar el éxito que ello significa. En alguna entrevista reclamaba que, a pesar del National Book Award otorgado a Árbol de humo, a pesar de que obras suyas como Ángeles derrotados adquirieron estatus de culto apenas aparecieron, la primera pregunta que se le hacía siempre estaba referida a Hijo de Jesús. Johnson buscó purgar el encanto al mostrar la genealogía de su creación y citó Caballería roja de Bábel. Los críticos detectaron la vocación lisérgica de Burroughs y la prosa minimalista de Hemingway, pero él prefería citar a Dr. Seuss, Dylan Thomas, Walt Whitman, T. S. Eliot, Eric Clapton y Jimi Hendrix. Ante la consulta inevitable por cuánta biografía había en sus libros, la respuesta fue la misma que se da en las barras: “Añadí un montón de cosas que nunca me pasaron a mí, aunque casi todo lo que está ahí le pasó a alguien que conozco”.

El lector advertido puede intentar otras vías de ingresar a este mundo en descomposición donde el dolor es bello. Por ejemplo, las que se presentan a continuación:

Árbol de humo es el ajuste de cuentas de Johnson con la guerra de Vietnam. Ahí construye lo que Dante Trujillo ha llamado un “libro inmenso” protagonizado por “fantasmas sucios” que demanda un “lector macho”.

La ópera prima, Ángeles derrotados, provocó en el periodista Manuel Gutiérrez Aragón el siguiente comentario: “La metáfora y la realidad han acortado distancias. Una hamburguesa es la metáfora de una rata despellejada. Pero deja de serlo si está hecha con ratas despellejadas”.

Que nadie se mueva es su interpretación del hard-boiled norteamericano no exenta de cierto sentido paródico.

Sueño de trenes es la historia de un hombre-nación cuyo sistema sanguíneo es la red ferroviaria.

El nombre del mundo es una novela peculiarísima sobre el autoconocimiento, la paranoia, el duelo y la muerte, y uno de los libros más extraños que este columnista ha leído.

Versátil, exploró la poesía, el teatro y el periodismo, lo que sugiere una obra completa aún por conocer para el público hispanohablante.

Sírvanse.

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