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Estampas asiáticas

Disculpen la pequeñez, la columna semanal de Jaime Bedoya

Estampas asiáticas

Estampas asiáticas

uno
Con gran generosidad hace un año nos prestan una casa de playa en Asia. No es una casa en el sentido estricto del término, como no lo es ninguna de Asia. El vecino de al lado tiene un garaje transparente, de vidrio, para que todos puedan ver lo que ahí estaciona.
  Las mañanas transcurren en una playa sometida socialmente a pesar de su extensión y su mar agreste. La orilla es el boulevard por donde las señoras caminan intercalando estiramientos de brazos con gesticulaciones, registrando al mismo tiempo el reconocimiento facial de quien encuentran en el camino. Una sonrisa a medias con leve movimiento de cabeza es la señal de una no solicitada aprobación. 
  Pasado el mediodía una madre joven de cuerpo estupendo baja a la playa y extiende su toalla lejos de la sombrilla. Se unta bronceador antes de ofrecerse al sol con un gesto serio. Metros detrás viene su hijo, tres años, con una niñera mayor siguiéndolo y cargando baldes, toallas y palas. La niñera lleva un gorro con el logotipo de Superman mal puesto sobre la cabeza. Esto la hace sonreír y decirse a sí misma algo imperceptible. El niño quiere un hueco al lado de la mamá. La niñera le hace el hueco. Durante cuarenta y cinco minutos la niñera va y viene hasta la orilla trayéndole baldes de agua que se evaporan en la arena caliente apenas los vierte en ella. En ese lapso la madre se levantó un par de veces para revisar la pantalla de su celular.

dos 
Roni conversa con el cuidador de la casa de playa. El verano recién comienza y el cuidador parece que necesita conversar. Le cuenta a Roni que años atrás trabajó como guachimán en la calle Buenavista, aquella donde vivía escondido Abimael Guzmán. El día de octubre del 2006 que vio por televisión su captura lo reconoció. Él lo había visto entrar y salir de esa casa muchas veces. Había visto como hacían parrilladas. Había visto a la bailarina. 
  Todo eso se le pasó frente a las narices.
   Cierto sentido de la responsabilidad lo animó a enrolarse en el Ejército e ir a la zona de emergencia. Hizo lo que tuvo que hacer para expiar su falta. Relata que los sinchis le 
tenían respeto. Ellos no se atrevían a hacer lo que él hacía.
   El balneario en el que ahora trabaja el exsoldado dando mantenimiento a casas y piscinas es una quebrada honda, con escaleras muy largas que llegan hasta la playa. Roni tiene un walkie-talkie que alguien llevó para jugar con los niños. Por la radio se cuela una llamada al cuidador. Una señora que está en la orilla le pide que le baje dos cervezas Corona heladitas y el tiradito que está en la refri. Su impecable estado físico queda demostrado cuando baja raudamente las escaleras con los encargos.
    
tres
Cae la tarde en Asia y hay que llevar al niño a los juegos. Hace demasiado calor como para estar en la playa. El niño llega a los columpios y saltarines, se desprende de los 
padres y corre a jugar con otros de su edad. Mientras eso sucede una reacción grupal sorprende a los padres: todos los demás adultos que están en la zona son empleadas, pulcramente uniformadas de blanco. Todas a la vez, en coordinado gesto que oscila entre la amenaza y la sorpresa, voltean su mirada hacia el par de intrusos.
Espontáneamente brota en uno de los padres la media sonrisa con leve saludo de cabeza, el código oficial. Y todo sigue con normalidad.

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Jaime Bedoya


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