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"Gente que mira las estrellas", por Jerónimo Pimentel

En su columna "El vientre de la ballena", Jerónimo Pimentel rinde tributo a Stephen Hawking, recomendando libros relacionados al campo científico. 

"Gente que mira las estrellas", por Jerónimo Pimentel

[Foto: Mind of Robot]

Mind of robot

Oscar Wilde decía: “Todos estamos en el fango, pero algunos miramos las estrellas”. Luego de la renuncia de PPK, provoca tomarlo en serio por una vez.

Una de las grandes carencias en la educación peruana es la falta de cultura científica. No es un tema reciente. Balo Sánchez León contaba, hace unos años, cómo las becas internacionales para Latinoamérica, en los años sesenta y setenta, se dividían más o menos de la siguiente manera: las de humanidades a Perú y Chile; las de ciencias naturales a Argentina y Uruguay. La generalización es tosca, pero va sustentada en algunos datos: es inexplicable que Borges no haya ganado el Nobel de Literatura, pero Houssay y Milstein obtuvieron el de Medicina, y Leloir, el de Química

El problema aquí es transversal. Por un lado, la educación en la escuela pública aún es incapaz de introducir sin vergüenza las bases de la teoría evolutiva, quizá como un atavismo religioso. Por otro, la universidad, en su afán de especialización, segmenta el conocimiento de tal manera que los estudiantes de Letras, por ejemplo, hasta hace poco apenas debían llevar un curso de Matemáticas que no tenía propósito claro. Cuán distinto hubiera sido intercambiar esa enseñanza por filosofía de la ciencia o una introducción al darwinismo. Con todo ello, debo añadir que tuve suerte: el profesor Pavletich, en su excentricidad, tenía aciertos memorables. Uno de ellos fue: “La cuarta dimensión es el bote de una pelota”.

Quien escribe está lejos de ser un especialista, pero quizá la curiosidad haya sido suficiente como para recomendar una biblioteca mínima que sirva, además, de tributo a Stephen Hawking. Tratar de entender el mundo es una obligación moral; resignarse a la ignorancia, una condena cívica.

* El universo y el doctor Einstein, de Lincoln Barnett. El exeditor de la revista Life ha realizado el que tal vez sea el mejor esfuerzo para introducir al lector no especializado en los principales aportes de Einstein, como la naturaleza dual de la luz y la teoría especial de la relatividad. Su didáctica explicación de cómo difieren la gravedad de Newton (una fuerza) de la de Einstein (una deformación del continuo espacio-tiempo) es brillante. En La vida de un genio, Isaacson ofrece una biografía meritoria; y en Einstein para perplejos, Edelstein y Gomberoff aportan contexto e ideas.

* Breve historia del tiempo, de Stephen Hawking. Hawking baja al llano y aporta el que, junto a Cosmos de Sagan, será el acto más popular en la historia de la divulgación científica del siglo XX. El opúsculo logra el difícil equilibrio de entretener sin ser ligero, y a la vez aporta más conocimiento del que el lector cree: el principal, quizá, es cómo la humanidad ha logrado desarrollar hipótesis sobre todas las fuerzas que interactúan en la naturaleza, pero los marcos que las explican independientemente no son compatibles entre sí (no existe una “teoría del todo”). Debería ser lectura obligada en cuarto o quinto de media.

* El gen egoísta, de Richard Dawkins. Es una obra maestra que expone una hipótesis aterradora pero ortodoxamente darwiniana: los hombres no somos más que una suerte de robots programados para transmitir nuestra carga genética de una camada a otra; es decir, el “sujeto” de la selección natural es el gen, no el individuo ni la especie. La demostración es rigurosa, y el estilo, impecable. Dawkins propone también la solución al determinismo genético: la cultura.

* La estructura de las revoluciones científicas, de Thomas Kuhn. Acaso la obra de la filosofía de la ciencia más importante del siglo XX junto con La lógica de la investigación científica, de Popper. Kuhn propone que la ciencia no “avanza” por acumulación de información, sino que cambia de paradigma a través de la detección de anomalías; Popper, en cambio, propone que el “avance” se da por crítica y descarte: para que una proposición sea científica tiene que poder ser refutada. Ambas posiciones son excluyentes entre sí y aún generan debate, pero leerlas en contraste provoca placer.

* Los sonámbulos, de Arthur Koestler. Es un profundo recuento de cómo el hombre ha pensado el universo, lo que resulta en una bellísima historia cultural de la cosmovisión humana. El punto de partida de Koestler fue precisamente la división entre ciencia y humanidades, lo que lo llevó a completar el vacío con este ensayo que empieza en Babilonia y que alcanza su cumbre cuando aborda a Kepler, Copérnico y Galileo. La edición de Conaculta es un lujo que todos se deberían permitir.

* De la naturaleza de las cosas, de Lucrecio. Poema escrito en hexámetros que expone una física inspirada en el atomismo y una moral influida por Epicuro. Es una de las primeras obras latinas en plantear una visión del universo en la que los fenómenos ocurren sin intervención divina. Es posible abordar el texto hoy desde la literatura, pero sería perderse mucho: pocas veces la ciencia y el arte han sido la misma cosa. Stephen Greenblatt en El giro ha escrito un fantástico ensayo sobre cómo el redescubrimiento del manuscrito en el siglo XV permitió reintroducir las ideas de Lucrecio en Occidente y gatillar la Edad Moderna.

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