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"El infierno del pánico", por José Carlos Yrigoyen

En su columna, "Columna vertebral", José Carlos Yrigoyen opina sobre "La velocidad del pánico", primera novela de Stuart Flores.

Stuart Flores

La velocidad del pánico, primera novela de Stuart Flores, es un relato riesgoso, con no pocas virtudes. [Foto: Hidalgo Calatayud]

Hidalgo Calatayud

“Estoy podrido de literatura”, declaró alguna vez Borges entre la sorna y el lamento. Lo mismo podrían decir los personajes de La velocidad del pánico, primera novela de Stuart Flores (Huancayo, 1986), aunque sin la menor pizca de ironía. En la realidad donde ellos habitan, los libros son pórticos hacia el delirio y la pesadilla; los escritores, seres turbios enclaustrados en una locura infernal, y los críticos literarios, lampreas despreciables que es menester filetear.

Flores ha escrito una novela extraña, riesgosa y que huye de toda convención como de la peste. Ya desde el argumento se trasluce su urgencia por deslindar con las tendencias en boga en nuestras letras: un periodista cultural con alteraciones mentales y obsesionado con Tonino, “el escritor más alto que tenemos”, es acusado de asesinar a un crítico y desde su habitación en un sanatorio abisal relata, entre la floresta del delirio, su historia trágica y la de todos aquellos que de una u otra manera contribuyeron a su perdición. Tomando esta trama como punto de partida, Flores nos quiere demostrar que es capaz de entregarnos un artefacto óptimo y singular confeccionado desde los márgenes. ¿Lo consigue? La respuesta es compleja.

Debo reconocer que este joven autor no va desprovisto de recursos a la batalla a la que él mismo se ha sometido: posee una ponderable capacidad para elaborar atmósferas turbias, minuciosas y convincentes; es diestro para el apunte agudo e inteligente que le permite redondear perfiles psicológicos en pocas frases; es innegable su esfuerzo por enhebrar una estructura intrincada y a la vez funcional que dota de vigor a la historia mientras se avanza la lectura. No son pocas las virtudes que se evidencian en La velocidad del pánico. Podría añadir una más: el buen trazo con el que se construyen los personajes secundarios, que, a diferencia de lo que sucede con muchas de las novelas peruanas que aterrizan en mi escritorio, no son meras comparsas utilitarias y esquemáticas, sino seres autónomos, vivos y con una personalidad definida, como es el caso del prolífico y maniático Manfredo. Hay, además, un quirúrgico trabajo con el lenguaje muy poco común entre nosotros que, en algunos episodios —especialmente los que transcurren en los muros de la clínica psiquiátrica—, adquiere un angustioso brillo. Decir todo lo que estoy diciendo de una primera novela no resulta poca cosa: es el logro de un autor que asume con seriedad de orfebre la tarea que tiene frente a él.

La velocidad del pánico, de Stuart Flores

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Narrar

NOVELA

La velocidad del pánico
Editorial: Narrar, 2018
Páginas: 177
Precio: S/35,00

Pero, así como existen méritos que no se le pueden retacear a Flores, hay también algunas fallas imposibles de pasar por alto. Es cierto que el libro goza de notables picos expresivos, pero también padece de algunos tramos en los que la pretensión por alcanzar una prosa implacable le juega en contra. Esto sucede especialmente en la primera parte: varios capítulos están dañados por una ampulosidad que entorpece el desarrollo de lo narrado, torna morosas las acciones y complota contra ese persuasivo proyecto de encarar la realidad desde una visión enajenada y alucinada. Este problema se atenúa al ritmo en el que el misterio se desbroza; pero, de todos modos, el regusto de la irregularidad formal permanece cuando cerramos el libro. Por otra parte, la historia sentimental entre Lila y el protagonista no termina de cuajar, quizá por ser demasiado dilatada a pesar de su escasa sustancia, tal vez por la manera tan cerebral y desapasionada con la que está escrita. La línea basal de esta ficción pudo sobrevivir perfectamente sin esa trama subsidiaria.

Stuart Flores escribe desde la insatisfacción y la rabia, esos fuegos creadores que en tantas otras ocasiones y en distintos ámbitos han dado curso a obras disruptivas, sólidas en su originalidad y que han abierto nuevos senderos donde solo había terrenos eriazos y oscuridad. Todavía no llega a esas metas tan sublimes, pero La velocidad del pánico es un buen comienzo. Espero, de corazón, que no quede solo en eso.

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