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El otro JB

"Fuera de lugar", la columna de Rodrigo Fresán

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Los tres comparten iniciales, una cierta propensión al desplazamiento geográfico y —más o menos— profesión. Pero no podrían ser más distintos en sus métodos y éticas y destinos y entendimiento de eso que se conoce como patriotismo.
James “007” Bond va por ahí con licencia para matar y follar en el nombre de una Reina que aparece poco y nada y deja hacer. Jack “24” Bauer es un dedicado funcionario dispuesto a torturar a lo que sea cómo sea por amor a su país y, a veces, a su presidente. Mientras que Jason Bourne no sabe muy bien por qué hace lo que hace y no tiene la menor idea de por qué tanta gente quiere deshacerlo lo más rápida y limpiamente (o no) que se pueda. El que aquellos que lo quieren “neutralizar” a toda costa suelan ser sus propios compatriotas y empleadores (a Bond y a Bauer esto les sucede muy de tanto en tanto, mientras que para Bourne es una rutina tan frecuente como ir a comprar pan) no deja de ser tan inquietante como incómodo. 
    A su muy particular manera, Bourne es un héroe de modales hamletianos con la contundencia del monstruo de Frankenstein a la caza de su creador para ajustar cuentas: ¿es o no es? ¿Quién soy? ¿Por qué y para qué? Bourne el desmemorioso con licencia para olvidar y, por el camino de su incertidumbre, volviéndose tan inolvidable como certero. En resumen: para James Bond o para Jack Bauer, Jason Bourne sería nada más y nada menos que el malo de la película y tanto el M16 como la CTU no dudarían en encomendarles su rápida y limpia ejecución. Pero yo no apostaría demasiado por ellos. 
    Y por estos días Bourne vuelve —luego de esa suerte de secuela lateral simultánea que fue "El legado de Bourne"— con, sorpresa, la a secas "Jason Bourne" contradiciendo el mandato-marca registrada del creador de la bestia: Robert Ludlum.
    Ludlum (Nueva York, 1927-Florida, 2001) patentó eso de apellido en el título con alguna palabra críptica y ominosa y clasificada en el título del tipo de "Mosaic", "Exchange", "Progression", etc. Así y de ahí, "El caso Bourne" —o "Identidad desconocida"— (1980), "El mito de Bourne" —o "La supremacía de…"— (1986) y "El ultimátum de Bourne" (1990) con las muy buenas películas de igual título. Y con las que poco y nada tienen que ver y leer las novelas más allá de la premisa de la amnesia y esas gloriosas cacerías, como la que tiene lugar en Waterloo Station, con cámara nerviosa más cerca de John Frankenheimer o William Friedkin que de J. J. Abrams o Josh Whedon. Respectivamente filmadas en 2002, 2004 y 2007 y concebidas para lucimiento y persecuciones de Matt Damon (actor que en principio parecía un insalvable error de casting pero acabó dando la talla a pesar de su baja estatura) o de Jeremy Renner en el rol del pseudo-Bourne Aaron Cross.
    Y Ludlum —a diferencia de Bourne— nunca tuvo que preguntarse quién era porque siempre lo tuvo claro: el maestro indiscutido del thriller conspirativo. Lo fue en vida con más de 200.000.000 de ejemplares vendidos y lo sigue siendo hoy, años después de haber abandonado su posición en la agencia de este lado para seguir autorizando desde el Más Allá libros escritos por otros a partir de instrucciones y sinopsis testamentarias y que, entre otras, ya han dado origen a diez nuevas aventuras de Bourne desarrolladas y firmadas, en letras más pequeñas, por un aprendiz de Ludlum llamado Eric van Lustbader, autor conocido por una novela llamada "El ninja". Lo que no se entiende muy bien es cómo en ellas, transcurriendo en la actualidad, Bourne —quien debería andar ya por los 60 años— se las arregla para seguir manteniendo sus reflejos y su tono muscular y su puntería. No importa: todas fueron bestsellers. Al igual que todos los otros libros publicados por el Ludlum ectoplasmático desde principios del tercer milenio, justo antes de la muy ludluminana caída de las Torres, manteniendo la constante de cierto síntomas. Nombre clave/código por lo general pronunciado en las primeras páginas por alguien que agoniza en brazos del héroe. Alguien que casi siempre es el brazo ejecutor de ejecutivos que, de pronto y sin aviso, deciden que ese alguien sabe demasiado de algo de lo que no hay que saber nada. 
    A no confundirse: el héroe ludlumiano no es un hombre inocente como los que jugaban James Stewart o Cary Grant en los filmes de Hitchcock. Tampoco son tipos engañados por el sistema. No: son peones con ganas de coronar y dar jaque mate. Enseguida, la poco inteligente torpeza de agencias de inteligencia preocupadas más por luchas intestinas que por los inevitables e inminentes ataques cardíacos y derrames cerebrales ocasionados por enemigos externos. Y, leídas desde el aquí y ahora, un perfume nostálgico y ya histórico: los rusos son malos, sí. Pero nobles. Carlos “El Chacal” Illich Ramírez Sánchez es némesis en activo de Bourne quien, además, es académico universitario en plan Clark Kent. El verdadero mal reside en resucitadores del Tercer Reich, en corporaciones tentaculares, en traidores en serie, en siniestros programas gubernamentales como Redstone y Blackbriar y Outcome, o en oscuros iluminados musulmanes. Y el Bourne de las novelas —también conocido como Delta One, Cain, John Michael Kane, Charles Briggs, George P. Washburn, Foma Kiniaev y, finalmente, así figura en su partida de nacimiento, David Webb— no es tan machine-killer como el del cine: es más agente secreto, tiene pasado trágico en Vietnam, familia muerta, múltiples asuntos sin cerrar. Y no puede decirse que lo que hace Ludlum tenga la elegancia de John le Carré. En absoluto. Ahí están, en cualquier página de Ludlum, todas esas caprichosas itálicas y esos irritantes signos de admiración. El trazo grueso y la prosa flaca y los diálogos como en trance. Pero, aun así, lo que hace tiene algo que no tiene ningún otro escritor de bestsellers conspirativos y que incluso hace que las películas en las que se convierten sus libros parezcan lentas y melancólicas comparadas con su prosa siempre a punto de descarrilar pero tan adictiva y responsable de placeres culposos.
    Dicho sea de paso, cuando la revista Publishers Weekly llamó a votar por la mejor novela de espías de todos los tiempos, la ganadora resultó "El espía que vino del frío" de Le Carré. El segundo puesto fue para "El caso Bourne" (aunque para mí la obra maestra de Ludlum sea "El círculo Matarese").
    Jason Bourne nos traerá y devolverá, seguro, más de lo mismo: un perfecto y astuto cóctel de paranoia de los sesenta-setenta al frío calor de Watergate y derivado de clásicos conspirativos como "El candidato de Manchuria", "Los tres días del cóndor" y "Asesinos S. A." pero servido en este presente imperfecto y terrorista en el que el tipo detrás de nosotros en la cola del cine para ver “una de acción” puede decidir volar por los aires (y nosotros con él) en el nombre de la grandeza de Alá.
    Mientras tanto y hasta entonces —y cruzo los dedos para que así no sea mientas miro a ese tipo con rasgos arábigos— Jason Bourne, único y singular, finalmente se parece un poquito demasiado a cualquiera de nosotros. Es un pobre tipo al que sus jefes le desean lo peor y preguntándose cómo y para qué fue ahí y corriendo para llegar a un lugar donde le expliquen el misterio de su existencia. O, por lo menos, llegar a fin de mes. 

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