Jimena Castaños: Punto cero, por Max Hernández Calvo
Jimena Castaños: Punto cero, por Max Hernández Calvo
Max Hernández Calvo

Jimena Castaños juega con la idea de recomenzar desde un utópico punto cero en el que la mujer pueda reconocerse sin los filtros del patriarcado.

La artista parte de una postura crítica hacia las representaciones sexualizadas, estetizadas y pasivizadas de la mujer. Se trata de una historia visual larga que, actualmente, tiene en la publicidad y los medios de comunicación (especialmente la nefasta dupla de diarios de bajo costo y programas concurso de televisión nacional, que recirculan una farándula low-cost hipersexualizada e hipointelectualizada) a los principales agentes de producción y circulación masiva de este tipo de imágenes.

Este imaginario de subordinación y degradación de la mujer, no obstante, se ha construido desde muchos frentes. Uno de ellos es la historia del arte, que ha registrado tanto como modelado nuestros ideales de belleza y nuestros señuelos del deseo. Como sugería el colectivo Guerrilla Girls en los ochenta, una revisión somera a su historia revela que su inventario de desnudos es mayoritariamente femenino
y su panteón de artistas mayoritariamente masculino.

Castaños parte de este contexto, trabajando con el medio que ha jugado el papel principal en el frente arte-histórico: la pintura. Ella presenta una serie de autorretratos en los que recurre a los viejos protocolos del arte pictórico: el desnudo femenino, el dibujo de corte anatómico, la técnica del claroscuro, las composiciones centrales, etc. No solo eso, sino que crea sus autorretratos haciendo un despliegue de su evidente oficio, afianzando el vínculo de sus obras con la idea de un arte ‘clásico’.

La muestra reúne autorretratos de cuerpo entero e imágenes de detalles del cuerpo de la artista. Los lienzos más grandes muestran los retratos de cuerpo entero, pintados sobre fondo negro en claroscuros dramáticos. Las posiciones que la artista/modelo adopta en estos cuadros se alejan de los códigos tradicionales de representación de la mujer, sugiriendo, más bien, formas de resistencia contra esos imaginarios.

En un cuadro aparece sentada sobre el suelo, sujetándose una pierna y mirando desafiantemente al espectador —se adivina algo salvaje en ella—. Tanto su posición como la intensidad del claroscuro cancelan las posibilidades de ver sus partes sexuales. En otro lienzo aparece agazapada de espaldas, en una posición cerrada sobre sí misma, visiblemente defensiva. El chirriante blanco de su cuerpo, en contraste con el fondo negro, saca este cuerpo de la órbita de lo erótico. Otra pieza nos muestra a la artista de lado, agazapada, mirándonos fijamente con un solo ojo. Si bien su actitud no es necesariamente desafiante, tampoco lo es de confianza. En otra, vemos a la artista desde un ángulo cenital, sentada sobre el suelo, sujetándose la cabeza con una mano y el hombro con la otra, nuevamente en una posición defensiva. 

El otro grupo de imágenes muestra partes del cuerpo (manos, pies, ojos, cabellos, etc.) radicalmente desprovistas de contexto, imposibilitando su apropiación y consumo sexual. Este grado de fragmentación produce imágenes intrigantes que no remiten a un cuerpo o a una situación, suspendiendo toda narrativa.

En un dibujo vemos un pezón que flota sobre un fondo blanco sin un pecho en el cual situarlo. Mediante esta operación Castaños replica la fetichización de ciertas partes del cuerpo (el pecho) pero lleva esta fijación al extremo, de tal modo que lo que emerge es un fragmento antes médico que erótico, lejos del alcance de su consumo sexual.

En otra imagen vemos parte de la cara de la artista con el pulgar en la boca. Pero el sombreado en trama enfatiza lo que tiene de estudio anatómico, vaciando al gesto de contenido sexual. El dibujo de un ojo que nos mira resulta especialmente intrigante. No habiendo realmente a quién devolver la mirada, la imagen parece retratar la idea de una mirada desencarnada, la pura mirada.

Jimena Castaños apuesta por subvertir los modos tradicionales de representación de la mujer, en un intento de ‘liberarlos’ de sus cimientos históricos en el patriarcado.
En cierta forma, podría decirse que sus desnudos más que atraer las miradas, buscan desviarlas —interceptar ciertos modos de mirar— en un esfuerzo por confrontar el dominio visual (masculino/hetero) sobre la mujer.

Acaso se echa en falta un modo de presentación más formal, pues las paredes, por prácticas que sean para montar, distraen la mirada.

Más información

Salón – Espacio de arte (av. Saenz Peña 107, Barranco)
Hasta el 12 de marzo. Ingreso libre.

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