ECDataLa cama de una clínica o de un hospital puede convertirse en un hogar para los que pasan una temporada en sus espacios pequeños e infinitos. Uno puede pensar que se ha alojado en un hotel, en el que la estancia tiene una duración incierta, marcada por vías en la vena y envases de algún líquido benefactor. Las enfermeras y enfermeros se convierten en compañías establecidas, como miembros de una familia postiza y a la vez necesaria.
La cama de una clínica o de un hospital puede convertirse en un hogar para los que pasan una temporada en sus espacios pequeños e infinitos. Uno puede pensar que se ha alojado en un hotel, en el que la estancia tiene una duración incierta, marcada por vías en la vena y envases de algún líquido benefactor. Las enfermeras y enfermeros se convierten en compañías establecidas, como miembros de una familia postiza y a la vez necesaria.
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Me ha tocado por diversas razones ser un paciente en algunas clínicas en los últimos años y durante ese tiempo, mis conversaciones con los médicos y enfermeras me han dado lecciones que no olvido. En todos los casos, las enfermeras han estado siempre dispuestas a ayudarme sin dejar por eso de conversar sobre cualquier tema. Eran colaboradoras y a la vez también buenas compañías. En los momentos libres, cualquier tema surgía en alguna conversación, desde el tráfico de Lima (una pesadilla común) hasta lo que pasaba por sus vidas. Así, luego de mis preguntas indiscretas, me enteré que una de ellas estaba ayudando a preparar a su hijo para la universidad, otra que vivía con su madre y había renunciado a cualquier relación amorosa, y otra que había encontrado la felicidad a una edad avanzada, según me confesó. La conversación con un paciente como yo era parte de la ayuda profesional pues me hacía sentir acompañado. La charla es siempre un refugio.
En una noche de insomnio hospitalario, una de ellas se tomó el tiempo de quedarse un rato conversando conmigo, lo que resultó la mejor terapia. Otras personas que trabajan en las clínicas u hospitales intentan, en cambio, cumplir con los protocolos de la discreción y evitan cualquier conversación más allá de la medición de la frecuencia cardiaca.
Pienso que la enfermería, como la medicina, es una profesión que, a diferencia de otras, no solo requiere de una calidad profesional. También que quienes las ejercen tengan esa cualidad que solo se puede llamar generosidad.
De todas las enfermeras que he conocido, la que más recuerdo es alguien a quien conocí hace unos años estando yo en una unidad de cuidados intensivos. Me encontraba en ese momento sin poder hablar por una inflamación general en la garganta. La enfermera entonces me escribió a mano un abecedario en una hoja de papel. Yo le iba señalando con la mano, letra por letra, lo que quería. Lo primero que le señalé, en aquella ocasión fue la frase “Séqueme las lágrimas”. Fue mi asistente de vida durante esos días. Recuerdo su nombre: Maribel.
La palabra enfermera se origina en el latín y supone la negación “in” y el “firmus”, y el “era” que supone oficio o actividad. Su etimología alude a una persona dedicada a ayudar a los que no están firmes. Hace poco, el 30 de Agosto, coincidiendo con el de Santa Rosa, se ha celebrado el día de la enfermera en el Perú. Son ellas quienes sostienen esa rutina de vida en las clínicas y hospitales. Y cuando la estancia en sus habitaciones se acaba, lo más probable es que no volvamos a vernos más.
Según una frase famosa de Ana María Matute, “los hospitales han escuchado rezos más sinceros que las iglesias”. Rezos y llantos. Pero allí están las enfermeras, que no solo nos asisten sino que también cuentan alguna historia. Por no hablar de los médicos que también son grandes amigos, por supuesto.
OpiniónBasada en la interpretación y juicio de hechos y datos hechos por el autor.















