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El fin del mundo, otra vez, por Jaime Bedoya

Jaime Bedoya sobre las reacciones ante la caída de huaicos y el desborde de ríos en Lima en su columna Disculpen la pequeñez

El fin del mundo, otra vez, por Jaime Bedoya

El fin del mundo, otra vez, por Jaime Bedoya

El día que llegue el fin del mundo, que va a llegar, los limeños se amontonarán en Wong para comprar algo. Así mientras sus almas estén a punto de enfrentar el juicio final y su inapelable sentencia de fuego o gloria, tendrán antes la satisfacción de regresar a casa con agua, víveres, atún y muchísimos puntos Bonus.

Hay una combinación perversa entre desidia, estupidez y abandono respecto a la manera en que nuestra nacionalidad enfrenta los riesgos predecibles. Este coctel letal está perfectamente representado en imágenes emblemáticas que sobrevivirán al infausto episodio limeño de huaicos a manera de lección que, por supuesto, difícilmente será aprovechada.

El alcalde de Lima aprovecha una oportunidad fotográfica para posar observando, reflexivo, el creciente caudal del Rímac, mientras finge una llamada telefónica. Ese retrato falaz, prefabricado, y que se repite y se repetirá en las mismas circunstancias, así se trate de un incendio, una explosión o la caída de una flotilla de chanchos voladores sobre el Parque de las Aguas, es el parche visual de una gestión ineficaz, autárquica y alérgica a la transparencia que solo sirve para eso, la simulación. Que en acción política se traduce en aprovechar tragedias ajenas para pintarlas de amarillo.

Los curiosos que se detienen a observar el paso de un huaico como si fuera un desfile celebratorio, y entre sonrisas nerviosas y suicidas intentos por rescatar del caudal de barro despojos plásticos que presumen más valiosos que sus vidas, sintetizan un deseo de muerte ancestral que atrae hacia el abismo. El huaico pasa todos los años por el mismo sitio. Rechazando reubicaciones y advertencias, la gente insiste en seguir viviendo con la muerte como vecina. Es lo históricamente natural, la normalidad del no somos nada.

La estampa apocalíptica de Evangelina Chamorro emergiendo entre el barro y un cementerio de maderas, lejos de representar la monserga oficial que habla del coraje de la mujer peruana y demás bienaventuranzas de velatorio, es el póster de la abulia de una ciudadanía liberada a su propia suerte y al darwinismo. La supervivencia como gloriosa virtud nacional.

A esto súmesele la solidaridad de escritorio que propicia Facebook, sentimiento que algún día dará mucho dinero a los fabricantes de medicinas contra las hemorroides: Je suis la vaquita del huaico.

Este aluvión del despropósito arrastra como número final el container metafórico de la cosmética indignación moral de verborreicas locutoras de noticiero. Ellas saben que tienen 15 minutos de infamia para demostrar que el barro cultivado por propia mano, con un poco de agua y dolor ajeno, sale, se limpia, se olvida.

Enjuáguese y repítase dentro de un año.

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