Nuevo camino. Escolares de diferentes niveles adecuarán sus capacidades a la educación virtual. (GEC/Anthony Niño de Guzmán)
Nuevo camino. Escolares de diferentes niveles adecuarán sus capacidades a la educación virtual. (GEC/Anthony Niño de Guzmán)
Cristina Del Mastro Vecchione

Vicerrectora Académica PUCP

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A inicios del presente milenio los programas educativos virtuales eran escasos; el uso de plataformas de aprendizaje (LMS) eran más una promesa que una realidad y la amenaza de sustituir a los profesores por máquinas y paquetes de contenidos era, paradójicamente, una esperanza anunciada. Así, hace alrededor de 15 años defendí mi tesis doctoral en la que desarrollé un curso de formación de tutores en Enseñanza Estratégica en un contexto virtual, y siempre he pensado y defendido la necesidad e importancia de la interacción humana en los procesos educativos.

Hoy, ante el escenario del COVID-19 y la imposibilidad de que niños, adolescentes y jóvenes puedan acudir a los espacios físicos de escuelas y universidades, estas instituciones educativas han tenido que migrar a espacios virtuales para poder continuar ofreciendo sus actividades formativas.

Sin embargo, se ha hecho evidente la urgencia de repensar los modelos educativos vigentes, cuestionarnos la necesidad de transmitir una cantidad interminable de contenidos, de trasladar, de replicar las dinámicas —muchas veces unidireccionales— de los espacios presenciales a las sesiones de videoconferencias virtuales. Este modelo nos conduce a resultados desalentadores.

Valores y empatía

La experiencia de de estos meses nos obliga a redimensionar el rol y la función de los y las maestras, del grupo de compañeros de clase; rescatar el valor de la comunicación bidireccional y de la interacción social, de aprender “de y con otros” como pilares centrales de la formación y los procesos educativos. La información se puede adquirir en diversas fuentes, medios, espacios y tiempos, pero el valor del docente es hoy, más que nunca, el de dinamizador social y motivador del despliegue de las capacidades humanas.

Kai Fu Li, experto en inteligencia artificial, explica que las funciones del maestro deben ser aquellas que la IA no puede desarrollar: invertir en las relaciones interpersonales, los valores, el trabajo en equipo, la empatía. El experto opina que la educación debe cambiar radicalmente, dejar de enseñar a los niños como robots repetitivos, y centrarse en los que realmente necesitan los seres humanos: curiosidad, pensamiento crítico, creatividad, comunicación y colaboración.

Más allá de la repetición de contenidos

La sociedad necesita maestros y maestras que atraviesen las pantallas, que vayan más allá de la repetición de contenidos, los horarios y las tareas escolares para conectarse con las emociones, las capacidades, los pensamientos y la vida de sus estudiantes. Repensar la educación en estos tiempos implica mirar al docente como un líder social que dinamiza a su grupo, que genera confianza y motiva, y que además se comunica, incorpora y acompaña a las familias en el proceso formativo.

La crisis actual exige repensar el rol de los y las maestras, repensar la función de la tecnología como medio, repensar la educación manteniendo su esencia: Acompañar a otros seres humanos en el despliegue máximo de su potencial, de sus capacidades, enseñarles a vivir en comunidad, de modo ético, colaborando en la construcción del bienestar de cada uno, de cada una.

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