Bajo el lema Black Lives Matter miles de personas en el mundo salieron a protestar tras la muerte de George Floyd en Minneapolis, (Foto: REUTERS/Henry Nicholls)
Bajo el lema Black Lives Matter miles de personas en el mundo salieron a protestar tras la muerte de George Floyd en Minneapolis, (Foto: REUTERS/Henry Nicholls)

“No puedo respirar”, fueron de las últimas palabras que pronunció George Floyd el lunes 25 de mayo cuando un policía blanco de Mineápolis colocó su rodilla en su cuello. “No puedo respirar”, repitió y el policía continuó su tortura por más de ocho minutos. “No puedo respirar” y esa frase de George Floyd representa una de las tantas respuestas –otras son las protestas en treinta ciudades y el vandalismo- a la condición de esclavitud que la cultura norteamericana de hoy impone a todo grupo considerado “diferente”.

Esta tiene su origen en la formación de esta sociedad. Para explicarlo habrá que delinear el inicio de ese proceso y también ciertos momentos relevantes.

La conquista

No se desconoce, aunque se minimiza, que la formación de Estados Unidos fue un acto de conquista tan violento como lo fueron las conquistas de los pueblos originarios de América del centro y del sur. Un componente de ese proceso fue la visión peyorativa que los conquistadores tenían de los pueblos nativos. Definirlos como “el otro”, en términos de cultura, raza, lengua hizo que el conquistador justificara y legitimara el exterminio.

George Floyd, el afroamericano cuyo asesinato despertó las protestas de EE.UU. Foto: AFP / Paul ELLIS
George Floyd, el afroamericano cuyo asesinato despertó las protestas de EE.UU. Foto: AFP / Paul ELLIS

Los ejemplos abundan: la masacre y el incendio de la villa de los Pequot; la significativa reducción de pobladores wampanoags, de aproximadamente tres mil habitantes en 1642 a 313 en 1764; la petición de Powhatan a John Smith en 1607, cuando llegaron los hombres blancos a Virginia: “¿Por qué nos destruyen, si somos quienes les proveen alimentos?”, que recoge el historiador Howard Zinn en su libro A People’s History of the United States.

No hubo contacto —excepto el de la violencia— ni transacción, ni punto medio. Tampoco hubo mestizaje. Solo el aniquilamiento de las culturas originarias, las cuales desparecieron en buena parte, o fueron forzadas a inmigrar a otros territorios (como el grupo Miami que se desplazó de Ohio a la Florida). En el presente las culturas indígenas han sido relegadas a determinados espacios (de manera equivalente a lo que se hace con un sujeto que no se ajusta a las normas y es confinado en una prisión), y se les ha negado un lugar en la historia de Estados Unidos, de modo que sus prácticas culturales no son consideradas como parte de la tradición nacional.

La condición de esclavitud

Junto a esto, se desarrolló otra forma de opresión, cuando en agosto de 1619 llegó al puerto de Point Comfort, hoy llamado Hampton Roads, en Virginia, la embarcación británica White Lion, iniciándose el periodo de esclavitud que duró dos siglos y medio, hasta la guerra de Secesión entre la Unión y los Confederados. El punto álgido del tráfico de esclavos africanos se dio entre los siglos XVII y XVIII, cuando se construyó una estructura económica e ideológica basada en la deshumanización del otro, en la cosificación del otro.

Un retrato de la esclavitud (Foto: Wikimedia)
Un retrato de la esclavitud (Foto: Wikimedia)

De manera equivalente a las poblaciones indígenas, los africanos fueron tratados violentamente y vistos como carentes de derechos. Este tipo de relaciones con otros grupos socio-étnicos, en el inicio de la formación del proceso histórico y cultural de Estados Unidos, forjó una condición de esclavitud que llega hasta nuestros días.

Bien se sabe que la Constitución de Estados Unidos, promulgada el 17 de setiembre de 1787, en Filadelfia, no se refirió a la esclavitud. Para quienes la redactaron les resultaba beneficioso mantener esta condición tan arraigada en la estructura económica e ideológica norteamericana. Casi ochenta años después resultan brutalmente chocantes, por decir lo menos, las palabras pronunciadas por J.S. Preston en la Convención demócrata de 1860, en Charleston, Carolina del Sur: “Slavery is our King, Slavery is our Truth, Slavery is our Divine Right” (La esclavitud es nuestro Rey, la esclavitud es nuestra Verdad, la esclavitud es nuestro Derecho Divino).

Por los derechos civiles

En plena mitad del siglo XX son evidencias emblemáticas de la presencia de la condición de esclavitud, las historias de Rosa Parks, quien no aceptó la orden de un chofer de autobús a cederle el asiento a un hombre blanco; o de Jacki Robinson, el primer beisbolista afroamericano quien debió mantenerse en silencio ante insultos racistas; o de Muhamed Alí, a quien, luego de obtener una medalla de oro para su país en las olimpiadas de Roma en 1962, no le permitieron ingresar en un restaurante en Kentucky por ser afroamericano. Es más que obvio que las luchas de Martin Luther King Jr. y de Malcom X solo pueden ser entendidas como una respuesta a una condición de esclavitud que no ha desaparecido (tal vez ha mutado) en el Estados Unidos de hoy.

Coretta Scott King (al medio) lidera una marcha el 8 de abril de 1968, cinco días después del asesinato de su esposo, clérigo estadounidense y líder de los derechos civiles Martin Luther King. (Foto: AFP)
Coretta Scott King (al medio) lidera una marcha el 8 de abril de 1968, cinco días después del asesinato de su esposo, clérigo estadounidense y líder de los derechos civiles Martin Luther King. (Foto: AFP)

La condición de esclavitud, al adquirir un carácter estructural dentro del proceso cultural norteamericano, no solo se aplica a los grupos indígenas y africanos, sino a cualquier otro que, desde la perspectiva del sujeto dominante, es visto como diferente. En 1882 el presidente Chester A. Arthur promulgó la Chinese Exclusion Act [la ley de exclusión china] en la que se prohibió por diez años el ingreso de habitantes chinos a Estados Unidos en el contexto histórico del periodo del oro en California. Una vez más el otro, el perteneciente a una cultura diferente, quedaba negado de derechos básicos. En 1902, la migración china se hizo ilegal de manera permanente hasta 1943.

El temor al otro

La relación entre el grupo dominante y la cultura hispana/latina debe ser comprendida dentro de ese proceso. Cuando, en 1843, Texas se anexa a Estados Unidos el mundo tejano original es sometido también por el nuevo grupo dominante. La aguda y bien informada investigación de Raúl Coronado, A World Not to Come, expresa con claridad la política racial contra la población mexicana que residía en Texas en aquella época. No solo perdieron sus territorios sino también su lugar en la esfera pública. Se construyó, como indica Coronado, un discurso denigrante para la población mexicana, a la que no se le debía ofrecer posibilidades educativas ni opciones de superación económicas.

Visto así, la relación actual entre el grupo dominante y la cultura hispana/latina va más allá del presente y se inserta en un proceso en cual la condición de esclavitud posee un lugar clave. Específicamente, en el campo académico, el artículo de Samuel Huntington, “The Hispanic Challenge”, publicado en Foreign Policy, en 2009, expresa el temor al posible poder de la cultura del otro, específicamente de la cultura hispana en Estados Unidos. A Huntington le aterra, por decir lo menos, que pudiera existir una igualdad cultural.

Cientos de personas reunidas en Los Ángeles, California, para protestar contra el racismo y la violencia policial contra los afroamericanos. La distancia social recomendada en medio de la pandemia del coronavirus ha quedado de lado. (Reuters)
Cientos de personas reunidas en Los Ángeles, California, para protestar contra el racismo y la violencia policial contra los afroamericanos. La distancia social recomendada en medio de la pandemia del coronavirus ha quedado de lado. (Reuters)

El discurso y las acciones del gobierno de Donald Trump contra la cultura hispana/ latina se sostienen en la antigua condición de esclavitud. Desde sus palabras, a inicios de su campaña, contra los grupos hispanos o inmigrantes indocumentados, su discurso fue aceptado y valorado por cierto sector de la sociedad norteamericana, que lo consideró como “el salvador” de Estados Unidos.

Aunque existe otro sector que rechaza visceralmente el discurso de Trump contra a la otredad, el hecho que este sea aplaudido por otro grupo de la sociedad se debe a que subyace históricamente esa condición de esclavitud que permanece hasta hoy. Una condición equivalente a la del amo de una plantación que se atribuía el derecho a vejar al otro y no recibir ninguna sanción moral ni legal.

La tortura y la muerte de no es un acto aislado, sino se ha repetido en la historia. Lo que resulta tremendamente preocupante es la frase de Hegel, recientemente, citada por Slavoj Žižek en su libro Pandemia: “lo único que podemos aprender de la historia es que no aprendemos nada de la historia”. Esperamos que los recientes hechos contradigan a Hegel, esperemos que esta vez se aprenda de la historia.

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