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Tener pelotas

"Fuera de lugar", la columna de Rodrigo Fresán

Tener pelotas

Tener pelotas

De vez en cuando y de tanto en tanto —muy de cuando en tanto— vuelvo a hacerme la pregunta acerca de un misterio sin respuesta. Me refiero a cómo es posible que, siendo Latinoamérica como es, para bien o para mal y para mal y para bien, ninguno de nuestros inmensos o medianos o pequeños escritores-delanteros haya iluminado aún la Gran Novela del Fútbol. No ha sucedido durante el Boom, durante el Crack ni durante el Pfff. Hemos tenido dictadores, bellezas voladoras, nazis epifánicos, poetas perdedores, fantasmas desérticos, narcos románticos y desaparecidos aparecedores; pero a nadie frente al arco y listo para definir. Se han jugado, sí, muchos cuentos y crónicas y hasta pasajes puntuales (yo no puedo olvidarme de ese delirio final en El área 18, de Roberto Fontanarrosa, o las estampas de Osvaldo Soriano); pero falta la figurita más difícil del álbum. Y se sabe que a Bioy Casares le gustaba más el tenis y que Jorge Luis Borges —quien, además, despreciaba la novela como género y punto— dijo aquello de “es un deporte feo estéticamente. Once jugadores contra otros once corriendo detrás de una pelota no son especialmente hermosos... Mucho más lindas que el fútbol son las riñas de gallos. Ocurren ahí nomás, al lado de uno, son ideales para miopes”. Y que juntos —bajo el transparente seudónimo de H. Bustos Domecq— escribieron el breve relato “Esse est percipi”, en el que se narra, con humor profético y marketinero, la explotación descarada del fenómeno como espectáculo y la desaparición del fútbol argentino como deporte para ser suplantado por “un género dramático a cargo de un solo hombre en una cabina o de actores con camiseta ante el cameraman”.
    Yo estoy de su lado (en el equipo de Bioy & Borges); pero mis simpatías o antipatías sobre el asunto (pueden leer más sobre la cuestión aquí, donde hago hincapié sobre el nefasto influjo de esa entidad conocida como “El Diego” en el siempre turbulento inconsciente colectivo argentino: http://goo.gl/lvbJjs) no impiden que el tema me intrigue un poquititito. Y que yo continúe a la espera del equivalente a las muchas formidables ficciones en otros idiomas que nos han dado el baseball, el basket, el crocket, la lucha grecorromana o —seguro que hay algo por ahí— el lanzamiento de enanos.
    Mi curiosidad me ha llevado a preguntarle a amigos escritores y fanfutboleros por semejante ausencia. Y dos de los que considero más y mejor autorizados (hay muchos otros, pero mi curiosidad tampoco es que sea tan curiosa) me contestaron más o menos lo mismo. Martín Caparrós, autor de "Boquita", me apuntó que “el fútbol es un relato en sí mismo y novelizarlo sería redundante”. Y Juan Villoro, autor de "Dios es redondo", me explicó que “el fútbol se trata de una experiencia visual y en presente absoluto; la novela no haría más que evocar algo que ya fue vivido”. Ok, de acuerdo. Pero siguiendo esos parámetros la magistral recreación de la batalla de Waterloo en "La cartuja de Parma" y "La guerra y la paz" tampoco tendría sentido ni razón de ser, ¿no? De ahí que les diga —con voz más de instructor de marines que de DT manejador de multimillonarios— “Muchachos, a ver si trabajan un poquito más”. Porque está claro que yo no pienso hacerlo.
    Lo que no impide que vea uno de esos duelos batman-supermanianos y cervantinos-shakespeareanos cuando no quiero pensar en nada. Ver  y oír fútbol es, para mí, como una purga relajante, como un nirvana atontador, como un punto de fuga. Con esta óptica-auditiva, días atrás (mientras España toda vibraba con un Barça-Real Madrid) me dispuse a darme una dosis fuerte de droga dura. Los sendos y recientes documentales dedicados a Lionel Messi y Cristiano Ronaldo, archirrivales Yin/Yang, cara y ceja de una misma moneda, duelistas conradianos y todo lo que se les ocurra en el nombre de la acumulación de balones de oro.
    A saber: Messi es una cruza de Forrest Gump y Bobby Fischer y los que lo conocen más o menos de cerca (en caso de que algo así sea posible) aseguran que solo piensa en eso con amor de autista. Cristiano Ronaldo, en cambio, es un mix entre Patrick “American Psycho” Bateman y Derek “Blue Steel” Zoolander. De ahí que Ronaldo posiblemente sea un mejor personaje por todas las razones correctas. Y que "Ronaldo" —la película dirigida por Anthony Wonke, “Asombroso, íntimo, definitivo”, propone su póster con un primerísimo plano con mirada Magnum— sea un tan vergonzante como desopilante ego-trip cuya única patológica motivación sea amarse a sí mismo, exhibir sus riquezas materiales y mostrar tramos un tanto perturbadores acerca de la relación del astro con su madre omnipresente y con su hijito misterioso (que, por supuesto, se llama Cristiano Jr.) y su eufórico mánager que no lo suelta ni para ir al baño. Allí, en la pantalla, todo el tiempo Cris sacando pecho y músculos y cejas depiladas y la constante de su voz en off recitando aforismos y salmos sobre un planeta donde él es, inequívocamente, el más grande. "Messi" —de Álex de la Iglesia, su póster no promete nada y el jugador aparece de espaldas— es, en cambio, muy interesante, también, por todas las razones equivocadas. Se sabe que Messi no habla y que no actúa de Messi. De ahí que De la Iglesia —especialista en el tratamiento de freaks, responsable de aquella "El día de la bestia", deslumbrante en la bestial "Perdita Durango" y reciente recuperador para la gran pantalla del nunca del todo bien ponderado Raphael— haya tenido una gran idea: hacer un documental sobre Messi sin Messi. Así —De la Iglesia declaró que el ‘truco’ se le ocurrió a partir de "Ciudadano Kane" y "Broadway Danny Rose", de Woody Allen— imágenes de jugadas imposibles pero reales y unas pocas e innecesarias recreaciones de la infancia del fenómeno; pero el grueso de la película no es más que gente en un restaurante conversando sobre el ausente. Amigos del barrio, maestras primarias y compañeritas de colegio, periodistas deportivos y ‘especialistas’ verborreicos como Menotti y Valdano proponiendo sus respectivas versiones del asunto jamás ‘definitivas’ (a diferencia de la de Ronaldo, tan simple y vulgar y comprensible) como esos ambiguos y poco confiables narradores de novelas modernistas. Y, claro, el misterio permanece y, como canta bíblicamente Bob Dylan, al final “nada es revelado”. Y está bien que así sea.
    Más escuchando que viendo "Messi" —un hilo de saliva escapando por un costado de mi boca mientras todos esos parecían competir por quién proponía la teoría más demencial para la práctica del argentino— se me ocurrió entonces que, tal vez, Caparrós y Villoro tenían razón; pero que se les pasó algo: no se escribe sobre fútbol porque se habla sobre fútbol. Mucho. Demasiado. Basta ya, por favor.
    En "Ronaldo", Cris habla de Messi; en "Messi", Lío está en otra parte, probablemente con su PlayStation, jugando solo y en silencio ya saben a qué. 


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