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"Políticas familiares", por Jaime Bedoya

"Disculpen la pequeñez", la columna semanal de Jaime Bedoya.

"Políticas familiares", por Jaime Bedoya

El aspirante a gobernador en Florida Ron DeSantis, del Partido Republicano, enseña a su hija a "construir"un muro en un vídeo de su campaña.

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Hay elecciones próximas en los Estados Unidos. Y por eso quien dedique algo de su vida al pasatiempo típico norteamericano, mirar televisión, se verá involuntariamente sometido a ese inacabable género de mentecatez universal que es la propaganda política.

El candidato republicano a la gobernación de Florida, Ron Desantis, no encuentra mejor manera de demostrar su voluntad metafóricamente feladora hacia su líder supremo, Donald Trump, que involucrando a sus hijos en sus afanes de carrera pública.

Es su esposa quien narra la publicidad. Ella aclara que, si bien es de conocimiento público que su marido ama a Trump, al mismo tiempo esa devoción no le impide al susodicho ser un padre ejemplar. A las pruebas se remite. Y sale a escena Desantis leyéndole a su bebé uno de los libros de Trump como si fuera un cuento de cuna; pero el momento cumbre del aviso está en la escena en que el candidato (recordemos que a gobernador de Florida) le enseña a su hija cómo construir un muro con grandes bloques plásticos que simulan ladrillos.

La alegoría es tan mala que es buena. Parece una parodia de una parodia. Con mayor razón cuando Trump acaba de deportar a más de 500 inmigrantes separándolos de sus hijos, varios de ellos retenidos en campos de concentración child friendly en la frontera. Hay algo en el ejercicio puro de la estupidez que raya en la belleza. Este aviso evoca esa rara belleza.Sobre la estética de la sandez y sus relaciones consanguíneas, la política peruana es un prodigioso caldo de cultivo. Domina su escena las desventuras infraternas de una dinastía fundada por un reo, que cómicas serían si no fuera porque en su tirantez disfuncional zarandean la república según los delirios de grandeza de una de sus partes. La encargatura de ejecutar estos deseos recae en una fauna que haría sonrojar a Hieronymus van Aken, el Bosco, por su limitada capacidad de representar lo grotesco.

Como si con esto no bastara, ahora las elecciones municipales agregan otro hermoso detalle de repelús intrafamiliar. Como candidato a suceder a uno de los alcaldes que ha hecho todo lo posible por hacerse acreedor a la más triste de las recordaciones, se presenta nada menos que su hijo. Que tiene como mayor mérito para el cargo, aparte de tener el mismo nombre, ser su hijo.

Hay que reconocerle osadía a la tomadura de pelo. Se trata de otro partido dinástico, irónico desde el nombre, Solidaridad Nacional, que con orgullo despliega las funciones de fidelidad familiar que supone hacer política entre parientes: el partido como perpetuador de privilegios y motor del ascenso social del clan.

Lo anterior no impide reconocerle esfuerzos denodados a Solidaridad Nacional por destacar entre la medianía partidaria imperante: ya van cuatro alcaldes de sus filas detenidos por corrupción.

“No volverá a suceder”, dice el hijo, sin darse cuenta de que desde el momento en que postula y abre la boca ya está volviendo a suceder. Y sucederá de nuevo. Y de nuevo.
Y de nuevo.

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