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"Rituales de la pérdida", por José Carlos Yrigoyen

En su columna, "Columna vertebral", José Carlos Yrigoyen opina sobre "El hijo que perdí", novela de Ana Izquierdo. 

Ana Izquierdo

Ana Izquierdo entrega una obra sobre la pérdida, en la que logra que el lector entienda su dolor e incluso la acompañe en su camino a sanar.

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Una mañana de abril del 2014, Ana Izquierdo Vásquez (Moyobamba, 1951) perdió de manera trágica a Renzo, uno de sus hijos, quien desde años atrás sufría de una fuerte depresión. Esta muerte terrible, profundamente injusta, instauró en la existencia de Izquierdo un infierno de aflicción que aparentemente las palabras no pueden expresar: el dolor que un hecho así provoca es tan vasto y omnímodo que parece solo admitir aproximaciones siempre insuficientes para abordarlo a cabalidad. Y, sin embargo, tenemos algunos ejemplos de que sí es posible darle voz a lo indescriptible, de que podemos asumir el horror de perder al ser al que le hemos dado la vida y consignar ese sufrimiento en toda su dimensión. Ahí están para demostrarlo La hora violeta de Sergio del Molino o Lo que no tiene nombre de Piedad Bonnett. A estos estimables títulos debemos ahora agregar El hijo que perdí, el valiente y desgarrador libro que Izquierdo ha escrito para ganarle una batalla a los fantasmas del olvido y el silencio.

El hijo que perdí nació como un puñado de entradas de blog que amigos y conocidos de la autora le animaron a convertir en un libro orgánico, y sin duda lo ha conseguido. Con admirable serenidad ha ordenado y articulado un discurso sobre la pérdida y sus abismos que se va desenvolviendo con una lucidez y una precisión verbal que no decaen nunca. Izquierdo narra los secretos familiares y sus pensamientos más duros e inconfesables (como aquel en el que reconoce haber querido “que todas las madres del mundo pasen por la experiencia de perder un hijo para sentirme igual de acompañada”) con una dignidad conmovedora que revela la necesidad de desterrar la vergüenza y las convenciones vacías para abrir paso a la verdad y comprender así —no hay otra forma— el complejo estado de “culpa, envidia, desolación, odio” que esta clase de duelo implica.

El hijo que perdí , de Ana Izquierdo

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Difusión

Novela

El hijo que perdí
Editorial: Animal de Invierno, 2018
Páginas: 119
Precio: S/39,00

Porque aunque es un libro sosegado y reflexivo, El hijo que perdí también se revela como un texto afilado y sin concesiones, confrontacional incluso cuando es necesario. Izquierdo denuncia las fatuas tradiciones a los que son sometidos quienes padecen el fallecimiento de un ser querido, los pésames mustios, el insensible consuelo de los que aconsejan detener las muestras de dolor como quien aprieta mecánicamente el botón de una represa. Ni siquiera la religión y Dios se libran de los cuestionamientos de quien habita un mundo nuevo y ominoso en el que todo, súbitamente, se vuelve incomprensible, una realidad incierta que urge un cambio de fe: “supe entonces que nadie podría extinguir la voz que asomaba dentro de mí y que, con una nitidez conmovedora, me susurraba al corazón: mi hijo es mi nuevo credo”.

La honestidad no es en sí misma un valor literario; podemos escribir sobre lo más inconfesable y triste que guardamos, y eso no necesariamente garantizará un libro óptimo. Izquierdo no solo vuelca su tragedia personal en estas páginas, sino que lo hace mediante una prosa contenida y a la vez intensa, además de exhibir un instinto narrativo que evita el melodrama y el lugar común con limpieza y efectividad. Un ejemplo de esto es el magnífico capítulo en el que cuenta que empieza a escuchar a Pearl Jam, grupo que a su hijo le fascinaba. Detalla cómo ha encontrado en la trayectoria y en las letras de esa banda algunas claves para entender la soledad, la ansiedad y los deseos del vástago arrebatado, y de cómo poner un disco de la agrupación liderada por Eddie Vedder es “un ritual para estar juntos, una forma de acompañarnos en el dolor”.

Más allá de lo anotado, Ana Izquierdo ha logrado algo difícil y notable: que quien se interne en su libro no solo la lea, sino que la acompañe. Considerando su circunstancia, no conozco un mayor triunfo que ese.

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