Max Hernández Calvo

El recorrido por la obra de Silvia Westphalen que ofrece su retrospectiva curada por Eliana Otta evidencia el interés primordial de la escultora por la piedra y sus posibilidades simbólicas y expresivas, dentro de un lenguaje eminentemente abstracto.

La muestra nos confronta con un horizonte muy preciso de trabajo escultórico que da cuenta de la persistencia de Westphalen: el rango estético que explora puede parecer reducido a primera vista pero la artista nos revela un mundo de posibilidades dentro de él. Su producción plástica nos muestra a una artista que se deleita en sutiles variantes materiales, formales, de diseño y de texturas, estableciendo un vínculo estrecho y fluido entre semejanzas y diferencias.

Esa diversidad discreta —que se despliega conforme nuestra atención se agudiza—se abre a un amplio espectro de posibles sentidos y lecturas de la obra que, no obstante, apuesta decididamente en su conjunto por un simbolismo no narrativo, simultáneamente lúdico y severo.

Los patrones de diseño están presentes en muchas obras, como en sus “lanzones”, cuyas rugosas superficies están cubiertas por marcas ondeantes y zigzagueantes que sugieren una vibración de la piedra contraria a su carácter monolítico. En las piezas de pared, los juegos de luz y sombra elevan el trabajo de diseño a nivel de tema, imprimiéndoles el carácter de un dibujo de altos contrastes. Tal es el caso de “S/T” (2010) y “S/T” (2016), ambas en mármol gris; y de “S/T” (2014), “Patitas de ave” (2014) y “Caracoles” (1998), las tres en travertino.

Otra serie de obras presenta formas alargadas que sobresalen de los volúmenes de base, de superficies pulidas, a veces combinadas con otras ásperas. Piezas como “S/T” (1994, travertino), “S/T” (1989, mármol lioz), “S/T” (1991, mármol blanco), “Idea 1” e “Idea 2” (1989) y “S/T” (1991, mármol rosa) introducen reminiscencias corporales —las formas recuerdan extremidades, manos, dedos, pechos, ubres, etc.— que contrastan con lo inorgánico de la piedra, algo reforzado mediante la yuxtaposición de texturas diferenciadas.

Resultan especialmente interesantes las obras que hacen de la horizontalidad su rasgo característico, como “Serie (grupo de siete piezas)” (2007) o “S/T” (2017, ónix gris). Esta última ocupa el tablero de una mesa como si se tratase de un plano topográfico o una maqueta de un paisaje agreste. Frente a la idea de monumentalidad y masa, típicamente asociada a la escultura en piedra, Westphalen acoge referentes líquidos: la escultura como un vertido de piedra cuya superficie parece agitarse como el agua.

Esta alusión al agua es textual en varias piezas: “Río amarillo” (2013), “Río Bahuaja” (2014), “Naciente de río” (2014), “Río revuelto” (2011), entre otras, sugieren el encuentro entre la minería (implícita en el proceso de extracción de la piedra) y los ríos (nominal y formalmente), una confrontación de cualidades físicas a la que subyace una velada crítica a los problemas sociales y ambientales ligados al agua y la extracción minera.

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Un video sobre la muestra Las edades de la piedra.

La curaduría de Otta enfatiza la primacía del tacto en estas obras —idea que dirige al público mediante las cartelas que indican aquellas obras que pueden tocarse y las que no—. Esta mirada puesta sobre el tacto permite acercarnos a la escultura de Silvia Westphalen sin circunscribirnos a los aspectos formales de su lenguaje.

La asociación con lo táctil habilita un registro interpretativo distinto que se abre a la idea de contacto y de descubrimiento que también acoge lo afectivo. A fin de cuentas, el tacto es el sentido con el que metafóricamente nos encontramos con el mundo: tocamos para percibir, para conocer, para constatar, para reconocer y para medir, incluso. Y, por ello, la idea del tacto subyace a la construcción de nuestro sentido de diferencia: nuestra propia diferencia frente al mundo, frente a otros, frente a los objetos, etc.

Cuando Westphalen implícitamente propone las manos como canales de descubrimiento e interpretación de su obra —a la par de la mirada—, abre un camino para pensar en nuestros modos de interacción y, por ende, en el cuidado, ilustrativamente representado por la caricia, incorporando así una perspectiva de género. Es por ello que el recorrido por las superficies de piedra que Silvia Westphalen nos invita a emprender, con los ojos y/o con las manos, pareciese esconder, en el fondo, una pregunta fundamentalmente ética.