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Toledo: vano y maleado, por Jaime Bedoya

En su columna semanal, Disculpen la pequeñez, Jaime Bedoya recuerda un par de anécdotas alrededor de Alejandro Toledo.

Toledo: vano y maleado, por Jaime Bedoya

Toledo: vano y maleado, por Jaime Bedoya

Cusco, 31 de diciembre de 1999

El ombligo del mundo ofrecía su inclinada plaza de armas a una multitud del mundo mundial que se anticipaba a recibir el apocalíptico año 2000. Se supone que todas las computadoras morirían y, qué diablos, el fin del planeta nos encontraría ebrios y felices.

Así estábamos, deambulando por la plaza. Había ido a esa ciudad para reparar un romance herido, la sorprendería en una horas en el Ayllu tocándole el hombro por la espalda, y mientras ese momento de cine de barrio llegaba hacíamos tiempo, mi amigo Aparicio y yo, intercambiando adrenalina con una masa eléctrica y también algo ansiosa: cuatro días atrás un risueñamente desvergonzado Alberto Fujimori había anunciado a través de un mensaje televisivo que postularía por tercera vez consecutiva a la presidencia del Perú. Tremendo regalo navideño.

En medio del tumulto nos topamos con un sujeto pequeño, pelucón, sonriente a mansalva, que atravesaba la multitud saludando sin que necesariamente le devolvieran el gesto. Nos saludó con ese carisma originario y sinvergüenza, e inmediatamente lo reconocí: era Alejandro, el aspirante sin ninguna opción que salía de vez en cuando en la televisión pero que antes conocía de otro lugar, el llamado Rincón del Entendimiento. Un bar en el segundo piso de El Suche, donde entusiastas señoras que hacía rato comían con su propia mano coqueteaban al son de las música en vivo del exnuevaolero Dino Cabello, a mucha honra exesposo de Amparo Brambilla. Alejandro era un príncipe ahí.

Con impostada euforia, cogiéndolo de los hombros, le dijimos ¡Tú mismo eres! Él respondió con un espirituoso ¡Vamos con todo, esta noche coronamos, carajo! Y se perdió pletórico entre la masa, sonriéndole a las gringas y haciendo ese movimiento lateral de cabeza tipo huaylarsh sin música que siempre hacía cuando quería decir algo sin saber exactamente cómo o para qué.

Paseo de los Héroes, 27 de julio del 2000

Casi 300.000 personas esperábamos con fervor y reparado idealismo el discurso del líder. Este se preparaba, se hidrataba y se motivaba en una suite del Sheraton, cortesía del mecenazgo democrático de George Soros.

Era la noche previa a la Marcha de los Cuatro Suyos. Se sabía que sería imposible impedir la juramentación espuria de Fujimori, pero al menos haríamos escuchar nuestra voz. El oficialismo aseguraba que la marcha estaba sembrada de prosenderistas. Apenas éramos crédulos, y con las justas.

La niña Lucía Arias, vestida como la madre patria, había bebido un sorbito de pisco para darse valor. Diez pututeros marcaron el inicio de la ceremonia y le tocaba a ella tomar el juramento a los presentes. Entre ellos, gente histórica como Fernando Belaúnde Terry.

—¡Peruanos! ¡Peruanos! ¿Juráis por Dios y por la Patria, por nuestros héroes y mártires, por nuestros ancianos y por nuestros niños; juráis por el pasado glorioso y por el futuro pacífico, grande, justo y democrático, que habremos de construir, luchar sin descanso hasta que la dictadura que asola nuestra tierra sea derribada?

—¡Sí juro! —respondimos embobados por la emoción democrática.

Alejandro Toledo cerraba la noche con su discurso. Apareció luciendo anteojos, que lo hacían ver más serio. Luego de la ceremonia volvió con su entorno a su suite. Al día siguiente llegó tarde y con la mirada vidriosa a la marcha.

Un año después era presidente de la República con 5.548.556 de votos válidos.

Una división simple de los USD 20.000.000 de la presunta coima entre sus votantes arroja un aproximado de tres dólares y medio por cabeza.

El precio de un líder.

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