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"La última locura de Freire", por José Carlos Yrigoyen 

En su columna, "Columna vertebral", José Carlos Yrigoyen opina sobre "El bizco de la calle Roma",  último libro de Luis Freire.

Luis Freire

"El bizco de la calle Roma" es otra muestra de que Freire sabe compaginar la risa y la inteligencia, mientras diluye la frontera entre lo real y lo fantástico. [Foto: El Comercio]

El Comercio

Desde los lejanos tiempos de Monos y Monadas —revista satírica que le sacaba canas verdes al dictador Morales Bermúdez y sus secuaces—, Luis Freire Sarria (Lima, 1945) ha trajinado sin complejos un género que en la literatura peruana aún suele ser mirado con ridícula condescendencia: el humor. Freire ha conseguido dominar el difícil arte de amalgamar la risa con la inteligencia y, en ese esfuerzo, nos ha entregado una serie de libros en los que destacan una elegante prosa y un ingenio; confluyen, además, referentes vitales, históricos y literarios, que han generado libros de valía como El Führer de niebla, El cronista que volvió del fuego o el divertido El perro sulfúrico. Esta vez regresa con un libro tan breve como sugestivo, El bizco de la calle Roma.

En su entrega anterior, El sol salía en un Chevrolet amarillo, Freire asumía, a su muy particular manera, los códigos de la autobiografía y de la autoficción, retratando su experiencia adolescente en Chaclacayo, los personajes estrambóticos que conoció en esos lares, la gloria y caída de los populares héroes del barrio, así como sus incursiones por los recovecos de la sexualidad que el conservadurismo de la época prefería soterrar. En El bizco de la calle Roma, nuestro autor continúa con esa indagación personal, esta vez develando los secretos de su infancia, transcurrida a principios de los cincuenta, advirtiéndonos en el prólogo que “tampoco hay pruebas tangibles de que estas memorias respiren veracidad. No hay otras que mi palabra escrita. Tendrán que aceptarla”. Freire hace otro aviso de no menor importancia: “Hay otras cosas dignas de ser contadas, episodios colindantes con lo imposible, con la magia, con lo sobrenatural; pueden creerlos como no creerlos, eso no cambiará la sustancia de los hechos aquí expuestos”.

Esto último no es algo extraño en la obra de Freire: uno de sus intereses más recurrentes es profundizar en el delirio, la locura y lo mágico y cómo en el contexto donde estos se manifiestan pueden llegar a ser parte natural de esa difuminada y contradictoria esencia que algunos llaman condición humana. La diferencia es que en este volumen esa porosa frontera entre lo real y lo fantástico se sustenta en las fabulaciones y descubrimientos de la infancia, lo que le confiere una dimensión diferente, dominada por la inocencia, el miedo a lo desconocido y la ternura.

El bizco de la calle Roma, de Luis Freire

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Difusión

NARRATIVA

El bizco de la calle Roma
Editorial Emecé, 2018
Páginas: 204
Precio: S/49,00

Son justamente los capítulos que comparten elementos biográficos y fantásticos en los que encontramos los mejores momentos del libro. Destacan tres especialmente: el ocurrente “Felicia Grover, hipnotizadora prodigio”, que narra los poderes mesmerizantes de una descendiente de ingleses de ocho años que embruja al narrador y lo transforma en su enamorado sirviente; “Morirse de radionovelas”, en el que Freire explora la insania de una empleada doméstica, quien, como él, confunde los límites de lo real con la ficción, aunque pagando un precio mucho más alto por sus desvaríos y alucinaciones, y finalmente “La ejecución limeña de María Stuart, reina de Escocia”, historia de linajes apócrifos y ceremonias mortuorias, que revela con fino sarcasmo la estrafalaria costumbre limeña de arrogarse intrincados y dudosos títulos nobiliarios.

Hay otros textos valorables como aquellos que, más que contar una anécdota, son más bien viñetas que tienen como objetivo dotar de una atmósfera nostálgica al período que se aborda: “El ciervo floralíes”, “Lobo de mar” o “El auto pródigo” demuestran que Freire no es solo un hábil narrador, sino también poseedor de una vena lírica que le permite dibujar precisas escenas de vigoroso expresionismo. Y, aunque hay algunos episodios que pecan de obvios o de accesorios (pienso en “La tetera gritona”, “Pájaros de plástico” o “Mala educación genital”), no me cabe duda de que El bizco de la calle Roma es uno de los libros más frescos, interesantes y mejor escritos que nos ha regalado la vibrante imaginación de Luis Freire Sarria.

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