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Maltrato animal: Una mirada a nuestra relación con los seres que nos rodean

Pocas veces nos damos cuenta del impacto de nuestras acciones en la vida de los animales

maltrato animal

La industria alimentaria ha implementado monstruosos métodos para agilizar la producción.

Una tarde hace pocos años, caminando con unos amigos a Acho, nos topamos con una inflamada muchedumbre de activistas, defensores de los derechos animales, quienes, de no ser por unos policías, nos habrían impedido violentamente el ingreso a la plaza. La visceralidad de la protesta es lo que más recuerdo. De hecho, esa experiencia fue decisiva para mí. Quién sabe si por su furia, pero ellos despertaron en mi cuerpo y mi emoción la misma conexión con el animal que los había transformado, literalmente, en fieras; articularon quizá algo que ya había sentido con los animales, pero que, al parecer, había olvidado. Me conectó con una empatía tal que esa tarde no pude ver la corrida sino a través de los ojos del toro. No he vuelto a pisar una plaza.

—Humanismo inhumano—
Plutarco decía que los hombres eran más salvajes que las fieras, porque ellas jamás podrían ser tan crueles como estos seres, que matan por deporte y diversión. Esa crueldad de la que hablaba el griego encontró finalmente un sustento ilustrado, muchos siglos más tarde, en la Modernidad. El ideal del humanismo ponía al hombre en el centro del universo y lo hacía paradigma universal de perfección. El hombre de Vitruvio, de Leonardo, le dio imagen a esa idea, hace casi 500 años, con una figura masculina desnuda en dos posiciones sobreimpresas de brazos y piernas e inscrita en una circunferencia y un cuadrado. El hombre se concibe, de esta manera, como medida de todas las cosas y amo y señor de todas las especies. Spinoza captó bien el sentir de la época al advertir que el hombre tiene el derecho de utilizar para su ventaja a los animales como le plazca, “ya que [sus] emociones son naturalmente diferentes de las humanas”.

No solo el animal quedaba sin inteligencia frente al humanismo, sino además sin emociones reales.
Si alguna vez hemos presenciado el monstruoso maltrato al que sometemos a los animales en la industria alimenticia —hacinados en galpones inmundos, mutilados sin analgésicos, manipulados genéticamente, sometidos a regímenes de drogas que causan dolor crónico y lesiones, forzados a soportar climas extremos, y asesinados de formas espantosas y violentas—, entonces sabemos bien de qué habla Bashevis Singer, el famoso fabulador hebreo, cuando escribe que “en nuestro comportamiento hacia los animales, los humanos somos nazis”; o Elizabeth Costello, en la novela homónima de J. M. Coetzee, cuando compara la industria alimenticia contemporánea con el Holocausto, y las granjas y mataderos con los campos de concentración.

El hombre discrimina, margina, excluye incluso entre los suyos por sexo, raza, creencia o fe religiosa. La razón lo hace sentir como un dios entre mortales, lo envanece y lo vuelve déspota. No solo ignora y permite el sufrimiento animal, sino que frecuentemente lo causa, torturando por entretenimiento, y sacrificando, sin escrúpulo, a la industria y la ciencia. El narcisismo humano justifica todo tipo de impiedad: las peleas de perros o gallos, la caza deportiva, las mutilaciones codiciosas, etc.
El camino civilizatorio del humanismo ha hecho del humano abusador de animales y depredador de la naturaleza.

—Apocalipsis—
Orwell decía que todos los animales son iguales, pero “unos son más iguales que otros”. A pesar de ser nosotros mismos animales —o quizá por eso mismo—, despreciamos al animal en nosotros, nos avergonzamos de él. Conflictuados por lo que somos, reconocemos nuestra animalidad con renuencia. Consideramos un insulto cuando alguien nos llama “animal”.

Como observa algún escritor, los animales pueden dividirse en tres grandes grupos: aquellos con quienes vemos televisión, los que nos comemos, y los que nos mueven el alma y encienden la imaginación. Pero nuestra relación general con ellos es una neurosis llena de proyecciones, tabúes y fantasías. Los hacemos próximos y cercanos, solo infantilizándolos, humanizándolos. Los vemos no como son, sino como son desde nosotros. Por eso usamos solo una palabra, animal, para cubrir una multiplicidad de diferencias. Las cucarachas, tanto como las culebras, moluscos o reptiles, las aves, los mamíferos, perros, jirafas y los peces, todos son animales. Pero, como advertía acertadamente Derrida, “el animal” es (son) una pluralidad.

Nuestra ambivalente actitud hacia ellos es un síntoma, no solo de nuestra problemática condición híbrida, sino del desfase de los paradigmas que han regido hasta ahora nuestra cultura, y la experiencia de un mundo nuevo, en el que lo que está en juego es la aceptación del otro en su diferencia. La tradicional actitud imperialista y jerárquica del humanismo no tiene ya lugar en un mundo aquejado por una crisis que él mismo ha ocasionado. El humanismo empieza a ser desplazado entonces por el poshumanismo, una nueva área de investigación que responde al afán de nuestra época de redefinir nuestro lugar en el mundo y el sentido de nuestra existencia.

Tendrá que haber un cambio de conciencia para que se pueda establecer con el animal una relación más justa y sincera, en la que este no sea solo una pantalla para nuestras proyecciones, sino un punto de encuentro con la otredad. Según algunos textos gnósticos, en el Apocalipsis, “las relaciones entre animales y hombres tendrán una nueva forma, y el hombre mismo se reconciliará con su naturaleza animal”.

—Devenir animal—
El problema con el movimiento de defensa de los derechos animales, sobre todo en sus comienzos, es que se concebían esos derechos como una extensión de los humanos. En la medida en que un animal comparte con nosotros aquellas facultades y destrezas que valoramos, se hace acreedor de esos derechos.

Aunque es indudablemente un logro de ese movimiento, por ejemplo, el que en los tribunales argentinos se le haya reconocido a un chimpancé el derecho “a no ser privado de su libertad sin motivo”, ese reconocimiento sigue basándose en el humanismo, que en principio desconoce al animal en su otredad, lo ignora en la medida en que es diferente a nosotros. Todos los mamíferos no humanos (salvo algunos cuantos primates superiores, que exhiben comportamientos suficientemente cercanos a los nuestros), todas las aves, reptiles, ni qué decir de los peces, moluscos, hormigas, mosquitos o lombrices, carecen de derechos, y viven a merced de nuestros caprichos.

Animal es una palabra que los hombres se han dado el derecho de otorgar para ocultar todo aquello que no se permiten ser.

Pero algo está cambiando en nuestra relación. La caza deportiva, el tráfico de marfil o de pieles y las corridas de toros empiezan a ser vistas por muchos como prácticas bárbaras que deberían abolirse. En las redes sociales #NoALosToros, #AboliciónYa, #AnimalRights #SaveTheWhales #AnimalWelfare #Vegan #AnimalCruelty, y tantos más relacionados con la protección de los animales, son hashtags virales con activistas esparcidos por todo el globo, hiperconectados y empoderados por los medios. Aumenta la conciencia y, sobre todo entre los millennials, el vegetarianismo y el veganismo.

El rechazo de la actitud dominadora y explotadora de nuestra cultura por parte de las nuevas generaciones sugiere que se empieza a buscar una visión alternativa del lugar del ser humano, y un pensamiento más sintonizado y menos nocivo de lo que lo ha sido el humanismo hasta hoy para el clima, la naturaleza y el ecosistema,

De acuerdo a la poshumanista Rosi Braidotti, se empieza a abandonar el antropocentrismo y a adoptar una perspectiva planetaria geocéntrica, donde la comunidad está unida no simplemente por la vulnerabilidad compartida frente a un mundo convulsionado, sino además por el reconocimiento empático de la interdependencia de todos. Para ella se trata de instituir un “zoe-igualitarismo”; es decir, una igualdad basada en ese torrente de energía cósmica que entrelaza a todos y es origen de las civilizaciones.

En ese contexto, la codependencia tomará el lugar del reconocimiento, y la filosofía moral será sucedida por una ética de la sostenibilidad. Donna Haraway, feminista pionera y poshumanista, observa que esta nueva comunidad no se tratará de reconciliación ni de restauración, sino de observar las modestas posibilidades de una recuperación parcial y un llevarnos bien juntos. Ello requiere, como escribe, “aprender a estar realmente presentes, en tanto criaturas mortales entrelazadas en configuraciones infinitas de lugares, tiempos, preguntas, significados”.

Debemos, en otras palabras, abandonar esa soberbia humanista y aprender a vivir en un mundo en el que solo reconociéndonos todos en igualdad podremos sobrevivir.


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