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Un cuento dominical: La cita

Nuestro lector Eduardo Isaac Oré nos envió el cuento que publicamos hoy titulado "La cita": un esperado encuentro

Un cuento dominical: La cita

Un cuento dominical: La cita

EDUARDO ISAAC ORÉ

Falta muy poco para la cita pactada, pero no estoy listo, no sé si ir, no sé para qué vine hasta acá. El sol brilla fuerte y la brisa del mar llega a mi ventana como gorrión cantante, las olas suenan desesperadas, para que la tarde baje lento.

Quizá ella sea la mujer más guapa del planeta, quizá yo sea para ella el hombre más aburrido del planeta. Quizá jamás nos encontremos en ningún lado. Un pantalón blanco y una camisa también blanca, como en las películas o los videos que mi padre solía ver, imaginándose una cita con alguna estrella del cine mundial, pero éramos tan solos y pobres que solo podíamos imaginar en el tímido sol santiaguino.

En esa época vivíamos en Santiago, mi padre trabajaba para unos chilenos como contador. Pero tanta revuelta y tanto Allende nos trajeron a Lima de un solo golpe y acá estábamos peor. Ambos solos, como niños tiernos dibujando nuestras historias. Mi padre pidió un préstamo y estudié medicina, a pesar de tantas cosas acabé.

Extraño a mi padre, quizás esta cita sea un pequeño homenaje a él, un homenaje a su memoria, porque mi padre ya no está, se fue antes de graduarme como dermatólogo. Mi padre tan generoso él me había dejado todos sus ahorros.

Recuerdo que una vez llevó a Gladys Marín a la casa, una chilena muy buena onda, que hablaba con él cosas que no entendía, cosas de Allende por ejemplo, cosas, como que todo andaba muy mal y que el general nos iba a matar a todos, a cada uno, a cada implicado. Hablaba de Pisagua y sus muertos. Hablaba de un Allende que murió en la Casa de la Moneda como héroe, y mientras ellos hablaban; lloraban y tomaban algunos cuantos rones. Mi padre siempre fue así, generoso y amiguero. Quizá fue por eso que luego estábamos escapándonos de lugar en lugar, de departamento en departamento.

Lima estaba más tranquila y nos regresamos, dejando Santiago y su inferno Pinochet.
Pero qué de mí, tan preocupado me pasé los años en otras cosas que no conseguí una acompañante, quizás lo hice por miedo. Miedo a que esa mujer me abandone, como mi madre lo hizo conmigo. Nos abandonó a nuestra suerte y mi padre se encargó de mí. Pero ya esa etapa pasó, ya soy médico y tengo los suficientes años para lanzarme a la aventura, además, yo sería un fabuloso padre soltero.

La arena es suave, no quema tanto, fue muy buena idea elegir Pacasmayo como cita, esta playa es tranquila y bonita, tiene olas azules y el sol juega despacio entre el braveo del mar.

Espero pacientemente, sabiendo que ya estando acá no puedo irme, el viento es tan delgado y el sol tan fuerte, unos chicos surf  cantan sus malabares en las olas que se los comen a los segundos. Y unos niños juegan con una pelota que se ensucia en la arena mojada. Hay una mujer alta que está mirando el mar fijamente, tiene vestido leve y blanco, es un vestido corto. Tiene cabellos ondulados como diosa y es delgada. Grité su nombre: Nereida, Nereida, pero ella no volteó, me acerqué más a la mujer tan bella, y le pregunté si ella era Nereida, pero me dijo que no, que me había confundido.

Entonces después de esperar por tantas horas, encontré por fin que aquella mujer sí era la que buscaba. Quizá las nostalgias del amor no se hicieron dignas para un melancólico soltero. Y me voy caminando con la misma ropa blanca escapándome del viento que sopla tan leve. 

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