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Un cuento Dominical: "Una historia breve"

Nuestra lectora Gabriela Osterling envió el cuento "Una historia breve" y nos lleva a un mundo futurista situado en el 2103

Un cuento Dominical: Una historia breve

Un cuento Dominical: Una historia breve

GABRIELA OSTERLING

Empezaba mi día gruñendo... Refunfuñaba de heridas del pasado cercano y de mis sueños de la noche. El miedo fluía frío, como cuando comes un caramelo de menta fresca y luego bebes agua helada. ¡Cállate, cállate, pero ya cállate de una vez. Me llegas a la uña fosforescente de mi dedo meñique!

¿Qué? No entendía lo que sucedía, ¿quién dijo eso? Salía una voz del orificio de mi bañera. Vivía en una casa muy peculiar y bella. Flotábamos sobre el hemisferio norte del planeta. Era el año 2103.

Mientras meditaba en la tina, pequeños globitos de colores, que supongo serían de la hija pequeña de la casa cercana, rebotaban contra mi ventana. Qué hubiera dado por que mi perrata –la nueva generación de la mascota, una mezcla exótica de perro y rata– venga y se los devore.

Qué fastidio ese repiqueteo contra el vidrio. A esa hora de la mañana mi humor es incandescente, como el de un señor que tiene un hueco en su techo y está tratando de escabullirse por allí, pues su casa va cayendo al olvido. Pero, por desgracia, mi adorable perrata murió la semana pasada, trágicamente.Una ola de viento entró por la ventana y la aventó hacia el horno de la cocina. Mi empleada estaba preparando unos panquequillos de mosca amelcochada. Los acababa de poner en la lata enmantequillada cuando ocurrió lo del vuelo de Marioneta, mi mascota. Ella entró como un misil y boquiabierta al horno abierto y se atragantó con los panquequillos. Explotó del empacho milésimas de segundos después...¡Qué viento para más violento, por Dios!

Lloré media lágrima seca cuando me enteré de la tragedia. A mi hermana le afectó más que a nadie. Ella se pintó las cejas de verde, clamando estar de luto animal y se pasó una semana entera durmiendo en la camita inflable de Marioneta.

En fin. Cosas que pasan.

Mi casa flotaba en el mismo lugar hace ya casi diez años. No tenía piso de abajo, y era algo realmente peculiar que ruidos vengan “de abajo” porque no había un abajo. ¿De dónde venía la voz de la tina? Qué más da… Más extraño es pensar que nuestra civilización por falta de espacio se mudara a otra galaxia.

Tengo vagos recuerdos: las retorcidas callejuelas que dibujaban mi barrio de dos millones de edificios. Me paseaba pisando ropa y estrellándome contra un ejército de lavadoras automáticas que daban servicio permanente. No había forma de hacer el lavado en casa. Nada cabía ya.

La idea de mudarse al cielo venía circulando alrededor del año 2050. Años antes, incluso, de mi rápido nacimiento. Digo rápido, pues mi madre ya era de la generación moderna que utilizaba la prestigiosa y grotesca pastilla Pop-it-out.

Yo salí como una pelotita parecida a la del legendario ping-pong. Luego en segundos, emitiendo un sonido como un globo reventando, “pop”, crecí. 

Esos nacimientos rápidos infestaron la tierra. Si por mí hubiese sido, le hubiera rogado a mi mamita querida que no se apresure, que espere los 9 meses, como en la antigüedad. ¡Pero el feto con Pop-it-out nacía 4 o 5 días después del encuentro!
Y el mundo después de aquel invento empezó a rebalsarse de gente. Epidemias, guerras, holocaustos y demás habían diezmado la población mundial y científicos chinos crearon esta pastilla para salvar la humanidad de la extinción.

Desafortunadamente, los gobiernos, para evitar el tráfico ilícito del Pop-it-out, lo legalizaron y esto fue el principio del fin.

Pero para que sepas que existo, voy a tomarme esta poción colorante. ¡Me duele en el fondo de mi transparente corazón que no me veas!

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