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Un cuento dominical: Los sellos rojos

Como parte de la iniciativa "Un cuento Dominical", presentamos el cuento "Los sellos rojos" de Rafael Barreda Celis

Un cuento dominical: Los sellos rojos

Un cuento dominical: Los sellos rojos

RAFAEL BARREDA CELIS

A ese sello otra vez le falta tinta; además, el nombre ya es prácticamente ilegible, y peor aún el cargo ejercido, una mancha horizontal como trocha lluviosa; la tinta roja es aguada y mediocre, y pareciera que la almohadilla del tampón fuese un agujero negro que agota el color con el que se le impregna,  siempre hambrienta de ayudar a suscribir sentencias.

Los papeles se hallan apilados en desorden, la mayoría cubiertos de polvo de oficinas y lustros mejores, dichosos de no conocer la sensación de impaciencia, con bordes rotos y trazados monocromos de nombres, vidas y frustraciones de mala ortografía. El experto burócrata podría decir al peso qué tan oprimido se sentía el individuo que trazó sus datos, si tuviera la mínima intención de ir más allá de su horario, que es a fin de cuentas el espacio casi muerto que transcurre mientras llega la hora de almorzar. Muchos de los burócratas atornillados ya ni salen a almorzar para evitar cruzar la mirada con los eternos deambuladores de cataratas maduras, porque sienten que cada conexión con esas pupilas les quitan minutos de vida.

Pareciera que en la capacitación exigida para ejercer sus cargos hubiesen recibido un curso de procrastinación, sin dedicar nunca más de cincuenta y seis latidos a un expediente ni dos parpadeos a un ruego antes de relegarlos al siempre después.

Por fuera de la oficina pasan las sombras  de bordes imprecisos visibles a través  del vidrio esmerilado que afortunadamente se interpone; el pasillo es una aduana de pasos monótonos con el aire denso de la suma de tufos, flatos y sudores sin circular por el ventilador descompuesto desde los tiempos de la última huelga.

El borboteo del hervidor eléctrico, único indicio de modernidad en la oficina rectangular, anuncia la hora que precede el final de la jornada; con movimientos lentos todos abren su segundo cajón para sacar sus tazas, cucharillas y sobres usados de té filtrante para darle la última exprimida a la esencia ya sin aroma; un sobre a la semana, un sinsabor de cada día.  Lo beben a sorbos pausados y breves, sin buscarle un sentido al paladar, sino más bien justificando el tiempo que dedican al ritual endeble.

Cinco  minutos antes de marcar la salida todos amontonan al azar un puñado de papeles sin considerar las prioridades, levantan sus sellos escarlatas de mangos de madera y con un absoluto acto de desdén los aplastan semisecos contra los documentos en la mira; no se han comunicado pero van alternando los impactos de las estampas para que parezca que todos están ocupados.

Los empleados saben que se acerca la hora del final, sin mirar el reloj, por el incremento del ruido procedente de los pasadizos cuando el vigilante les pide a los visitantes que se retiren, que ya van a cerrar; las voces de protesta indignadas de las viudas, las cascadas de los jubilados y las rudas de los tinterillos forman un coro disonante pero de escalas rutinarias.

Cuando el silencio domina el ambiente, las puertas de las oficinas se abren solo un resquicio, para confirmar que no haya algún agazapado de último minuto; solo cuando están seguros de que la vía está libre las bisagras resuenan secas y oxidadas, dando pase a sus figuras pesadas y rancias, llevando sus maletines de imitación de cuero sin abrir desde hace años como una más de las rutinas de su vida, conteniendo solo los papeles sin terminar de llenar de sus propias jubilaciones, pero ya con todos los sellos necesarios para un camino llano y liso a la pensión.  

Otro día menos.        

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