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Un cuento dominical: La tarjeta

Ahora podrá leer el relato corto de Luis Figueroa Danaqué enviado para nuestra sección "Un cuento dominical". ¡A disfrutar!

Un cuento dominical: La tarjeta

Un cuento dominical: La tarjeta

Por Luis Figueroa Danaqué

Ambos estábamos echados en la cama, de espaldas, ella muy pegada a mí, relajados, con ese abandono que solo se siente cuando te agrada mucho estar con alguien. Sentía su brazo tan suave, rozándome, mientras me hablaba y eso enervaba mi piel. Me preguntó algo, pero a la vez, riéndose,s u mano tapaba mi boca, y no podía pronunciar palabra. Entonces elevé mi espalda de la cama, inclinándome hacia ella, con el irrefrenable impulso de besarla en plena boca, y entonces... desperté. Me levanté para ducharme, a ver si se me quitaba el desgano. Mientras el agua fría resbalaba sobre mi cuerpo, pensaba en la entrevista de trabajo que me esperaba. “Espero, esta vez, resulte”. El sonido de mi radio-despertador me hizo salir volando de la ducha.
Al llegar, comprobé la dirección. “Felizmente no hay cola, detesto las colas”. Entré, di mis datos y esperé unos minutos. “La supervisora de planeamiento y recursos humanos, lo espera, señor”. (Vaya nombrecito ese que sirve solo para decirle a uno que no sirve para el trabajo). Me hicieron pasar a una salita muy bien ordenada y limpia. La secretaria me anunció, salió y cerró la puerta. Entonces, me quedé petrificado, era ella, ¡la chica de mi sueño! Siéntate —me dijo, mientras reía ampliamente, divertida con mi asombro—. Fueron pocas preguntas. “Es todo, la selección será hoy. Te llamarán mañana si obtienes el puesto”. Me levanté rápido, no aguantaba más tiempo allí. Cuando llegaba a la puerta, me dijo: “¿No se te olvida algo?”. Volteé y la taladré con los ojos, mientras el valor que solo el miedo te da salía por mi boca: Hoy soñé contigo —le espeté—. Lo sé —respondió al instante—, yo también soñé contigo. La miré de nuevo con asombro, abrí la puerta y salí huyendo. Me alcanzó en la calle, me dio una tarjetita blanda y que olía a perfume fino. “Llámame”, y se fue presurosa. El movimiento de sus caderas al subir me entretuvo por unos segundos. Eché la tarjeta, arrugada, en el primer basurero que hallé.
Fui directo a casa. Tomé el libro de Verne que hace muchas semanas no tocaba decidido a enfrascarme en la lectura y olvidar aquella tarde. Me quedé dormido y desperté asustado. Comprobé que ya era tarde. “Necesito un trago”. Me cambié y fui al bulevar. El primer piso estaba full, así que subí las escaleras y me senté en el rincón menos iluminado. Me pedí un pisco sour y lo tomé de un trago. Y entonces la vi. ¡Qué diferente del disfraz de supervisora que llevaba hace unas horas!: una blusa negra con transparencias, de las que están de moda ahora; una minifalda roja, ceñida; y unas medias negras caladas con encaje que resaltaban sus largas y torneadas piernas; zapatos de tacón altísimos; y un chaleco pequeñito, de esos que no sé para qué se ponen, sino les cubre nada. Apenas entró, me vio y vino directamente hacia mi mesa. Gracias por esperarme —me dijo, mientras se sentaba y cruzaba las piernas, y esbozó esa sonrisa que me sacaba de quicio—. Encendió un cigarrillo y luego de un rato: “No me llamaste”. Cuatro pisco sours más adelante, yo hablaba hasta por los codos, hasta bailé con ella, y un par de horas después nos besábamos frenéticamente en la puerta de mi cuarto. “¿Me invitarás a pasar?, ¿o vas a violarme aquí en la calle?”. Fue una noche increíble, ella era ligera, sucia y descarada, todo lo contrario de lo que parecía, pero sabía hacerlo muy bien.
El maldito teléfono me despertó a las 9:25 de la mañana. Miré a mi lado y ella ya no estaba.
— Buenos días, ¿el señor Guillermo Arrunátegui?
— Sí, él habla.
— Lo llamamos de JRL Constructores & Asociados. Ha sido seleccionado para el puesto de dibujante. Mañana martes, 8 a. m. en punto, sport elegante, en nuestra central. Gracias.
(Algo se removió en mi mente, dispersando mi modorra).
— ¡Espere!
— ¿Sí?
— La supervisora de planeamiento... Cecilia...
— Cecilia Mendoza.
— Sí. ¿Está?
— Lo sentimos, señor, ella falleció ayer, por la tarde.
El teléfono cayó de mis manos, mientras mis ojos se dilataban de asombro. Sobre la mesita, al lado del teléfono, una tarjetita, blanda y que olía a perfume fino, se reía de mis miedos.

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