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Un cuento dominical: A veces el olvido

La lucidez va desapareciendo en el cuento de Guillermo Fernández del Carpio. Lo publicamos para todos nuestros lectores. 

Un cuento dominical: A veces el olvido

Un cuento dominical: A veces el olvido

GUILLERMO FERNÁNDEZ DEL CARPIO

Ya no se acuerda con lucidez de su niñez, de sus amigos cercanos, de los dos viajes a Europa –uno a Italia y el otro a España–, ni de los consejos de Mamá Josefina, ni los nombres de los personajes del Quijote. Ha borrado de la mente casi todas las clases magistrales de literatura dictadas con pasión en la Universidad Nacional de San Agustín y en la Mayor de San Marcos. Contabiliza el tiempo de un modo peculiar; el alba y el ocaso son las claves para entender dos tiempos del mismo día, y en las noches sabe con certeza que despertará, lo que no sabe es si algún recuerdo podrá navegar en su  mente sabia.
Ha olvidado “La lotería de Babilonia” sin dejar de admirar la pluma de Borges; ha olvidado al Consejero de “La guerra del fin del mundo” sin eludir la crítica a Vargas Llosa. Ya no se acuerda de los principios liberales de “La riqueza de las naciones”; sin embargo, su mente reconoce  a Pitágoras como creador de la Economía y no a Adam Smith. Permanece en él el concepto central del indigenismo y sabe que existe diferencia con la postura indigenista. Puede ver una foto de Arguedas y, detrás de ella, puede imaginarse algún paisaje andino o reconocer el sonido de un zumbayllu. Es que el olvido parece ser que tiene en sí una sinrazón, donde el concepto y la experiencia permanecen, mas no los detalles o circunstancias precisas.
César Díaz es el nombre que por momentos ha dejado de pronunciar, el olvido es  una constante en su vida. Tiene aún cientos  de lectores, a los cuales apasiona su poesía y su buena crítica de la realidad del país, plasmada en varios artículos y en un ensayo llamado “Perú: Realidad y futuro”.
Cada día transcurre entre un desayuno ligero, un abrazo de su esposa, una llamada de su hija Sofía –que muchas veces es breve–, porque César percibe la tristeza de ella, cuando lo escucha  tartamudear para recordar.
Los martes por la tarde lo visita Julio Aréstegui, un alumno suyo de la San Agustín. César en sus ochenta y dos años  y Julio en sus cuarenta. Ambos entablan un diálogo, entre café americano y unos pocos cigarrillos. Uno de esos tantos diálogos…
–Don César, ¿cree usted que debe uno tenerle miedo al olvido?
– No. Nadie es un Funes Memorioso. Prefiero tenerle miedo al miedo, eso es menos controlable. Simplemente se vive con lo que uno tiene en su mente.
Díaz se pregunta:¿cómo llenar el olvido? Le es lógico que en la mente se produce un vacío y ante las interrogantes familiares hace un esfuerzo por recordar. Cuando no hay  éxito en tal intento, la angustia y la ansiedad lo atormentan. Desea recordar las primeras travesuras y complicidades con su hermano Augusto, pero se queda con una emoción en el alma y la tristeza que genera el olvido. Anhela recordar los primeros pasos de la pequeña Sofía para reírse por momentos, pero se queda con la emoción paternal y una lágrima que irónicamente lo apacigua. Desea recordar el patio del colegio, los almuerzos dominicales con picante arequipeño, los abrazos con su madre… Desea evocar tantos momentos porque César Díaz es poeta y los poetas desean muchas cosas en el alma, son persistentes, su voluntad espiritual es mayor que la del hombre que es víctima de la rutina y del tiempo que le toca vivir.
Conocí a César Díaz una tarde que no he olvidado, hace cinco años atrás. Hoy, tengo en mi mente sucesos cortos que he empezado a olvidar.

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