Por Enrique Planas

No se llama “Salvadora” por estar consagrada a alguna figura religiosa. Hace 150 años, había compañías de bomberos dedicadas a apagar el fuego, como la Garibaldi en el Callao, o la Roma, en Lima. Pero también estaba este grupo dedicado a resguardar los bienes en peligro. En aquella época, además de la noble tarea de salvar vidas, el sacrificio alcanzaba al salvataje de la caja fuerte o del aparador de cedro de la abuela. Hoy nos parece extraño, pero antaño ambas instituciones se mantenían separadas, e incluso había desencuentros entre ellas en pleno siniestro. “El bombero era quien apagaba el incendio, mientras que el salvador rescataba lo poco que podía quedar de los bienes de los ciudadanos. Entonces, a la dedicación de salvar vidas se sumaba el salvataje de sus pertenencias y muebles, que se consideraba entonces parte de la dignidad del afectado. Ellos se sentían muy orgullosos de salvar, custodiar y entregar el patrimonio rescatado, aunque hoy eso sería impensable”, nos recuerda la historiadora Cecilia Bákula, quien en su libro “Compañía de Bomberos Salvadora Lima 10: 150 años de historia y servicio”, recupera la épica historia de esta compañía ubicada a media cuadra de la Plaza San Martín.