Era 1843 cuando, Luciano Murrieta, un empresario de origen peruano, se instalaba en Londres tras ser exiliado de España. Allí, arropado por su familia, dueña de inversiones ligadas a la banca y al comercio ultramarino, residió durante los siguientes cinco años. Entre otras oportunidades de negocio, Murrieta se dio cuenta de la alta aceptación que tenían, en la Inglaterra Victoriana, los vinos de Jerez y Burdeos, y la poca estima o rechazo de los caldos que llegaban desde La Rioja.
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Culminado su exilio londinense, se instaló en Logroño y decidió probar fortuna como vinicultor. Sorteando las dificultades de un año revolucionario en toda Europa, como lo fue 1848, Luciano se trasladó a Burdeos para observar las más modernas técnicas de elaboración y, sobre todo, añejamiento del vino. También visitó las ferias internacionales de Londres, París y Viena. Con lo aprendido, en 1852 lanzó su primera añada, que es considerada el primer vino de La Rioja. Había nacido esta prestigiosa denominación de origen española, un vino de calidad y buen envejecimiento.
De padre vasco (Francisco Murrieta) y madre criolla (Mariana García Lemoine) nació en Arequipa el 1 de septiembre de 1822 y fue bautizado ese mismo día en la Catedral arequipeña. Eran los años turbulentos de las guerras de Independencia y la próspera familia Murrieta, dedicada al tráfico entre Perú e Inglaterra, y contraria a la victoria “patriota”, decide exiliarse en Londres para continuar con sus asuntos mercantiles. Luciano, por su parte, fue enviado muy joven a España a seguir la carrera militar.
Ya unido al ejército, conoció Joaquín Baldomero Fernández-Espartero, acaso el caudillo militar más importante de la España decimonónica y líder militar de la guerra carlista, defendiendo los derechos de la reina Isabel II. Fue llamado el “Pacificador de España” y se desempeñó como Regente durante la minoría de edad de Isabel. La vida de Edmundo cambió cuando se hizo ayudante personal del general Espartero en 1840, justo cuando las intrigas en la Corte de Madrid hicieron que, culminada la Regencia, el caudillo fuera desterrado de la Península. Aconsejado por su fiel ayudante, ambos decidieron como destino Londres, donde no solo estaba la familia de Luciano, sino que iban a estar protegidos por la reina Victoria y el influyente Duque de Wellington.
Fueron cinco años apacibles, departiendo en los salones de la corte victoriana y de la alta elite financiera de la City, en los que nuestro personaje observó otro estilo de vida y, especialmente, el consumo del vino de calidad en el corazón del Imperio Británico.
Cuando Espartero volvió a España, en 1848, a su palacio de Logroño, le cedió algunos terrenos a Murrieta para desarrollar la vinicultura. Con mentalidad empresarial, como señalamos más arriba, viajó inmediatamente a Burdeos, visitó algunos de sus château y, a su regreso, montó una bodega en los sótanos del palacio de Espartero. Fue así que logró elaborar un vino distinto, añejado en barrica, estable, y que no se “picaba” o avinagraba en los viajes. El vino de Murrieta fue el primer riojano en exportarse con éxito, sin perder su calidad, a los mercados de Inglaterra, México y Cuba. Está registrado cómo, el Capitán General y Gobernador de Cuba, José de la Concha, adquirió un barril de Murrieta y no escatimó en grandes elogios sobre aquel vino, declaraciones que repercutieron en la prensa de la isla y Logroño.
En 1857, se celebró la Exposición de Agricultura de Madrid, la primera en su género que se organizó en España, en la que se presentaron vinos de todas las regiones. Acudió el general Espartero llevando los caldos elaborados por Murrieta en su bodega de Logroño. Llevó 38 muestras de vino de la tierra, incluso espumantes elaborados bajo los métodos de Champaña. Obtuvieron la medalla de plata.
En 1871, el rey Amadeo de Saboya, quien ocupó por breve tiempo el trono español, le concedió a Luciano el título de Marqués de Murrieta por sus logros en el campo de la vinicultura. A partir de allí, decide dedicarse de manera autónoma al negocio y adquiere, en 1877, la finca de Ygay, de 168 hectáreas, cerca de Logroño y funda el “Château Yngay”, siguiendo el modelo bordelés. El château es una explotación donde la viña y la bodega son un solo conjunto: el vino debe proceder exclusivamente del viñedo cultivado alrededor de la bodega, por lo que adquiere al carácter de esa tierra (lógicamente, la producción depende de la extensión del viñedo). Del mismo modo, la finca debe albergar viviendas para el propietario y los operarios. El mismo Murrieta dirigió las obras de infraestructura.
El prestigio y calidad de los vinos del ahora Marqués de Murrieta continuaron, y en eso tuvo mucho que ver su capacidad de innovación, estar atento a los nuevos descubrimientos, como los de Louis Pasteur, especialmente su teoría sobre la fermentación del vino, decisiva contribución a la moderna enología. Dos fueron las soluciones planteadas por Pasteur: dejar las botellas de vino de manera horizontal para mantener húmedo el corcho y disminuir el flujo de aire o calentar el vino a poco más de 60 grados Celsius durante media hora para destruir cualquier bacteria.
Los años posteriores fueron, para los vinos Murrieta, de premios, exposiciones en ciudades europeas, como en la de París por los 100 años de la Revolución Francesa (1889) y de más inversión en la producción. Y es que empresarios vascos y franceses se interesaron en invertir en los vinos riojanos para aprovechar, entre otras oportunidades, la ruina de la industria vinícola francesa ocasionada por la filoxera, que duró hasta finales del siglo XIX.
Murrieta falleció en Logroño en 1911 sin dejar herederos directos. Su propiedad pasó a un sobrino quien, al poco tiempo, vende la bodega a Julián de Olivares y Ballivián, Conde de Artaza, continuador del espíritu innovador de Murrieta.
De convicciones liberales, Murrieta encajó con la figura del empresario tenaz, creativo, de mentalidad “industrial”, y con el sentido cristiano benefactor para la sociedad. Una ética de trabajo que cultivó junto a su familia, y que echó raíces en la Arequipa de finales del Virreinato.