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"No dar de comer a los expresidentes", por Jaime Bedoya 

"Disculpen la pequeñez", la columna semanal de Jaime Bedoya.

Disculpen la pequeñez, columna de Jaime Bedoya

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Es el lugar natural de descanso del padre de familia, de felicidad al crédito y dolor lumbar al contado. Es el templo de la siesta bajo las bondades del aire acondicionado gratuito. Es un recodo robótico de la historia estadounidense que acoge a los sometidos al peregrinaje pagano a Disney. Se trata del Hall de los Presidentes, la atracción más pava y aburrida del reino mágico del roedor Mickey.

Este atractivo cincuentenario reúne mediante robots humanoides, que la empresa patenta como animatronics, a 44 de los presidentes más notables, y otros no tanto, de los Estados Unidos de América. El robot fundador, un androide de Abraham Lincoln presentado por primera vez en la Feria Mundial de 1964, es el anfitrión de un show que dura menos de media hora. A lo largo de este se ensalza la gesta pionera, forjada a plomo y leyes, convertida en ciudadanía que tiene consagrada en su Declaración de la Independencia la búsqueda de la felicidad. Así esta suponga ir a estresarse a Disney.

Participan en la exposición artificial figuras icónicas de la democracia estadounidense como Washington o Jefferson, así como también otros casos fronterizos. Hasta el año pasado el personaje más polémico era Richard Nixon. El robot de Donald Trump lo ha desplazado en antipatía.

Los asistentes al Hall de los Presidentes que no están durmiendo abuchean al muñeco de Trump cuando este empieza a hablar. Para mayor complicación representativa este robot es estéticamente el menos feliz de la sala. Hidrocefálico y agestado, se atribuye su fealdad a la sorpresa electoral que supuso su propia victoria: Disney habría tenido preparado el androide de la candidata favorita, Hillary Clinton. A último momento hubo de travestirla en su triunfante e insospechado contendor.

La polarizante presencia de un intolerante en un lugar donde lo último en lo que se debería pensar es en conflicto ha generado un sentimiento adverso hacia la vieja atracción temática. Dicen que tal vez sea hora de cerrarlo. Púas decorativas han sido añadidas alrededor del escenario para disuadir a quien quiera descargarse con un robot.

Mientras un parque de diversiones evalúa cancelar un espectáculo público de expresidentes, a miles de kilómetros de ahí, en Ate, se sigue adelante con la ampliación de las celdas presidenciales en la Diroes. Por si el indultado regresa, el fugado cae, el que está en preventiva queda y Barata habla arrastrando a otros inquilinos o aspirantes al Palacio de Gobierno del Perú.

Un descriteriado podría postular que, bajo las debidas condiciones humanitarias y de salubridad, la exhibición pública de expresidentes podría tener un propósito pedagógico en las nuevas generaciones. Pero eso no se le hace a la gente. Lo que ellos hicieron tampoco se le hace a un país. Este debería aspirar a ser una nación, no un parque de diversiones que por un rato da risa y luego se vuelve un triste evento fallido, cíclico y repetitivo.

Con lindos paisajes y estupenda comida, eso sí.

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