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"Data y posdata", por Jerónimo Pimentel

En su columna, "El vientre de la ballena", Jerónimo Pimentel reflexiona sobre los acontecimientos que han causado debate en las ultimas semanas.

"Data y posdata", por Jerónimo Pimentel

[Ilustración: Mind of robot]

[Ilustración: Mind of robot]

Mind of robot



Uno habría esperado que Maritza García, por dignidad, renunciase a su cargo minutos después de su exabrupto. Demoró semanas. Aunque pudo ser peor: durante un buen tiempo fue una posibilidad que se atornille en su cargo en la Comisión de la Mujer y la Familia y que, de buena fe, no haya considerado que lo suyo, la idea del “agresor sano”, sea un dislate. Es un pequeño triunfo. En el Perú, donde una mujer muere cada tres días por feminicidio, la confusión moral o conceptual, sea lo que fuere, debe denunciarse con ferocidad. La normalización del feminicidio es la expresión más pútrida de nuestra cultura, y su visibilización urgente es uno de los pocos usos más o menos legítimos que se le puede dar a las redes sociales.

P. D. Nada de esto impide hacer una recomendación a las militantes feministas en el campo cultural, donde las causas a veces se confunden con las agendas personales: se podrían escoger mejor los íconos. Gloria Fuertes no fue una buena poeta bajo ningún criterio, pues partía de un error de base: creer que el ingenio es el impulso que da vuelo al salto poético; mientras que Sylvia Plath, siendo una poeta notable, era mentalmente inestable y se suicidó exponiendo a sus hijos a una muerte atroz debido a su conflictiva relación con Ted Hughes, un escritor cuya obra es claramente superior. Se debe analizar el canon y los efectos del patriarcado en la valoración artística, sin duda, pero sin vender gato por liebre. Mucho más inobjetable sería Blanca Varela, a quien no cuesta poner al lado de Vallejo como padres tutelares, o Margaret Atwood, a quien habría que darle todos los Nobel del mundo.

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Usos ociosos de las redes sociales: quejarse de las preguntas del censo, resumir tu árbol genealógico para demostrar la complejidad étnica de tu identidad líquida, molestarte con las cosas que escribe Rafo León, editorializar sobre Siria, Venezuela o Cataluña, organizar algún tipo de recolección de firmas bajo el supuesto de que cambiarán la realidad, escribir post crípticos para remitentes ambiguos con el anhelo de que todos entenderán tu mensaje, rebotar virales sin saber por qué, creer que el enjundioso ensayo que escribiste sobre el poemario/disco/obra de tu amigo será leído por alguien más que ustedes dos, mandar al carajo a alguien con la idea de que los efectos de tu imprecación se reducirán al mundo virtual, gilear.

Usos fructíferos de las redes sociales: vender sin pagar IGV ni dar factura, pasar por inbox los chistes políticamente incorrectos que consideras impublicables en tu muro, fotografiar gatitos y ardillas en situaciones plácidas o graciosas, dar like a posts que no te interesan para llamar la atención de un contacto quien te debe una respuesta off topic, recordar los cumpleaños de todas las personas cuyos cumpleaños no recuerdas, hacer creer a los demás que te indignas por eso que a tus diez contactos les indigna con el fin de crear una sensación de comunidad, gilear.

P. D. Nada de esto evita una aclaración: todo panel cultural compuesto únicamente por hombres carece de legitimidad y justificación.

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La liberación de Martha Huatay no ha despertado el mismo escándalo que la liberación de Maritza Garrido Lecca. Hay dos posibles causas: normalización y clasismo. Lo primero implicaría que la sociedad se va acostumbrando a que un delincuente que cumple su sentencia debe salir de prisión. (Parece, al menos en el fraseo, un triunfo cívico). Lo segundo, que seguimos presos de taras coloniales. (Que hable tan mal de nosotros le da un carácter de certeza). La inquietud, sin embargo, no resiste la formulación opuesta: ¿sería más tranquilizador que los terroristas condenados a 25 años de prisión salgan de la cárcel sin escándalo? Es decir, ¿no es finalmente el escándalo un reflejo moral?
P. D. Nada de esto evita un alivio: Abimael Guzmán no saldrá nunca.

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El indulto o no de Alberto Fujimori es el único tema realmente serio que propone la política peruana actual. Implica tres niveles de debate: moral, legal y político. La primera capa discute la idoneidad; la segunda, la modalidad; la tercera, la conveniencia. Si bien el modo jurídico tiene ambigüedad y genera diferencias entre los doctores, en una democracia presidencialista es claro que el mandatario se puede arrogar o no el atributo de dar gracias. Si algún ciudadano lo considera impropio podrá litigar, pero difícilmente el resultado del litigio vaya a revertir la condición de Fujimori vistos los plazos y los escenarios futuros. Esto deja en lid a dos viejos enemigos: la ética y la real politik. Quienes postulan la necesidad de que se cumpla la pena íntegra apelan a un deseo de justicia. Quienes sostienen que un perdón aliviaría la tensión de un oficialismo débil con una posición achorada enarbolan el bien de la gobernabilidad. El deseo platónico de justicia no se sacia ante la idea de que el indulto no desaparece la condena ni exime la culpa derivada, solo releva la sanción. Hay una ingenuidad, por otro lado, en el pragmatismo: la libertad de Alberto Fujimori debilita la composición de poder actual de Fuerza Popular, pero no garantiza cuál será su reconstitución y, por tanto, no garantiza la convivencia política. Que cada quien haga sus sumas y sus restas.

Nada de esto se aplica a Ollanta Humala: a pesar de que lleva meses en prisión preventiva, nadie considera que ello sea un problema digno de atención, ni un dilema cuya solución tenga alguna recompensa para el país.

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