Creamfields es el evento de música electrónica más grande del mundo. Nació en Liverpool en 1998  y ha llegado a diversos países. Se ha realizado en Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay y Perú.
Creamfields es el evento de música electrónica más grande del mundo. Nació en Liverpool en 1998 y ha llegado a diversos países. Se ha realizado en Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay y Perú.
Francisco Melgar Wong

A finales de los años ochenta, ocurrió una revolución en la música de baile. Corría el verano de 1989 y las principales ciudades de Inglaterra se llenaron de jóvenes que —con la ayuda de un puñado de buenos DJ y algunos estimulantes químicos— se pasaban los días y las noches bailando al ritmo de un estilo musical importado de las discotecas gays de los barrios negros de la ciudad estadounidense de Chicago: el acid house.

Entonces, lo que había empezado de forma clandestina, tras las puertas de un grupo selecto de clubes y discotecas al otro lado del Atlántico, acabó expandiéndose como una pandemia y tomó por asalto las mentes y los cuerpos de prácticamente una generación entera de ingleses.

Cuando una de las canciones emblemáticas del género —“Ride on time”, del grupo Black Box—, llegó al número uno de las listas de lo más escuchado en las islas británicas se hizo evidente que el acid house se había vuelto la música más popular del Reino Unido. Lo que pocos lograron ver en medio de las luces, los beats y el éxtasis —inducido por la droga del mismo nombre que se volvió ubicua en las fiestas de este tipo llamadas raves— era que esta revolución musical había empezado diez años atrás, cuando un puñado de rockeros declaró la condena de muerte de la música disco.

—La noche de la demolición disco—

La historia oficial de la música popular dice que la música disco murió hace poco más de 40 años: el 12 de julio de 1979, cuando Steve Dahl organizó “la noche de la demolición disco” en el estadio Comiskey Park de Chicago. Debido a la popularidad prácticamente universal que la música disco gozaba hasta ese momento, Dahl, un DJ intransigentemente rockero, había perdido su trabajo.

Por ello convocó a miles de personas —hombres blancos, heterosexuales y rockeros— para realizar una quema de vinilos de música disco antes del partido de béisbol que esa noche disputaban los Tigers y los White Sox. El evento terminó en un disturbio que obligó a cancelar el partido y que, según algunos presentes, no solo implicó la quema de vinilos de música disco, sino de cualquier música que fuese asociada a las comunidades afroamericanas, latinas o gays, como el soul, el funk y el R&B. En palabras de uno de los asistentes, la consigna era que, si eras gay, latino o negro, no eras un verdadero representante de la ciudad de Chicago.

Aunque hubo otros factores que ayudaron a su declive comercial, la noche de la demolición disco marcó el final del reinado del género. Poco a poco las emisoras de radio volvieron al rock y la música de baile de raigambre afro identificada con el hedonismo impenitente y la cultura gay pareció desaparecer. Al menos en la superficie. En el underground, siguió viva y se transformó en algo completamente novedoso e inesperado.

Los sintetizadores marcan la pauta que pone a bailar a miles de personas.
Los sintetizadores marcan la pauta que pone a bailar a miles de personas.

—El nacimiento del house—

La música house empezó a gestarse en 1977 en un club de Chicago llamado The Warehouse, donde pinchaba un DJ llamado Frankie Knuckles. El set estaba principalmente surtido de canciones de música disco, pero tras su declive comercial los géneros que tomaron la posta —el ítalo disco y el electro, por ejemplo— se convirtieron en los favoritos de la concurrencia que antes celebraba lo disco y que se negaba a abandonar las discotecas.

Los viejos vinilos de 12’’ estaban siempre a la mano y sus largas secciones instrumentales permitieron la intervención directa de los DJ a través de un instrumento electrónico: la batería electrónica Roland TR-909. La mezcla de voces de las divas negras que surgían de las bandejas de los DJ y las crudas líneas de bajo y ritmos electrónicos minimalistas que eran tocados en vivo en la Roland empezaron a darle forma a una nueva música que, haciéndole honor al club, fue bautizada como house.

Cuando el DJ Ron Hardy empezó a incluir efectos chirriantes a través de un sintetizador Roland TB-303, el estilo evolucionó y se convirtió en acid house. Pronto las fiestas de toda la ciudad empezaron a demandar la nueva música y el género salió del gueto gay y empezó a diseminarse por toda la ciudad y, luego, por supuesto, por las ciudades más cercanas. Poco a poco, el underground se tornó masivo y, gracias a algunos DJ ingleses que pasaron por Estados Unidos en busca de nuevos ritmos, acabó llegando al Reino Unido, donde, con algunas modificaciones, dio inicio a la cultura rave que convirtió al verano inglés de 1989 en el verano del baile y el éxtasis.

Treinta años después, se habla del surgimiento del house como la venganza de la música disco. Es probable que sea así. Con unas modificaciones realizadas gracias a la inventiva de los DJ que echaron mano de las nuevas tecnologías electrónicas, una nueva música de baile emergió de las discotecas gays que se negaron a cerrar y acabó dominando Chicago, Londres, y, aunque parezca difícil de creer, las pistas de baile de prácticamente todo el mundo. Solo que, en esta ocasión, gracias a las múltiples vertientes que engendró en su devenir global, el house siguió marcando la pauta durante las dos décadas siguientes. Si uno entra a una pista de baile en la actualidad, se percatará de que su ritmo incesante —el hijo legítimo de la música disco— ha hecho cualquier cosa, menos morir.