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FIL Lima 2019: La desaparición de las humanidades en las universidades

Una reflexión a propósito de El conflicto de las facultades, volumen editado por el reconocido filósofo Miguel Giusti, que será presentado en la Feria Internacional del Libro.

FIL Lima 2019: La desaparición de las humanidades en la universidad | Lima | Libro

Las humanidades empieza a ausentarse de las aulas universitarias con la excusa de no ser necesarias.

Por: Franklin Ibáñez
La educación universitaria se ha convertido en una mercancía muy preciada. Promete mejores perspectivas económicas para quienes la adquieran. Tal afirmación cobra sentido en contextos donde el mercado lo gobierna todo. El saber, la investigación, el cultivo del hombre no escapan a tal coyuntura. Por tanto, la universidad tampoco. Formación es inversión. Su éxito se mide principalmente por el retorno económico. Lamentable que solo se piense así a veces.

Los jóvenes estudiantes y sus familias se aproximan a la universidad con la expectativa de enriquecerse en un triple sentido: humano, profesional y material. Sin embargo, en la práctica el primero se diluye o pasa desapercibido frente a los dos últimos. Las universidades reales no lo priorizan, las familias lo exigen poco. Probablemente muchos estarían de acuerdo en definir los estudios superiores como “el proceso de obtención de los conocimientos y habilidades fundamentales para ejercer una profesión y recibir a cambio cierto prestigio y una remuneración decente”. Sin embargo, tal definición resulta incompleta, pues relega el componente humano.

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Es una tendencia internacional. Los cursos de humanidades se reducen a su mínima expresión funcional o al rol ornamental. ¿Una pérdida de tiempo y dinero? ¿Un detalle elegante pero costoso, casi como el mantener impecable un vestigio arqueológico o viva una especie en extinción? A la universidad promedio no le interesa formar seres humanos, sino agentes especializados en diversas técnicas y obtener una ganancia económica si la educación es privada. En muchas instituciones no existen departamentos o facultades de humanidades. Sus carreras —Literatura, Historia, Filosofía, entre otras— hace tiempo han sido desplazadas por otras más “rentables” como las Ingenierías, Ciencias de la Administración y otras que lucen más “necesarias” o “importantes” desde el punto de vista del mercado y su modelo sociopolítico asociado.

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El conflicto de las facultades. Miguel Giusti (ed.) Volumen editado por el Fondo Editorial de la PUCP. Será presentado en la FIL el jueves 25 de julio, a las 19:00.Sala Laura Riesco.

Las humanidades que sobreviven son compartimentadas en el rubro de formación general o básica. Constituyen un complemento eventualmente prescindible frente a la complejidad y especialización de las disciplinas más demandadas por el mercado laboral. Las humanidades que subsisten luchan por no desaparecer y deben adaptarse a las nuevas exigencias de mercados y currículos dirigidos a contentarles. Se convierten en saberes generales como el redactar correctamente, una habilidad necesaria pero en el futuro dispensable, pues los computadores escribirán por uno. Por ahora al menos la Gramática elemental aparece dentro de las llamadas competencias generales, pero no la Literatura, la Historia, el Arte o la Filosofía, que aparentemente aportarían muy poco.

—El valor de las humanidades—
Se reducen las humanidades a ciertas competencias generales como saber escribir. Pero su objetivo, más bien, era otro: comprender al hombre en sus productos, en sus aciertos y errores a fin de humanizar al propio estudiante. Los clásicos de la literatura o los cuentos andinos son testimonios de humanidad. No solo “entretienen”. Richard Rorty sostenía, por ejemplo, que entre las mejores armas contra fanáticos intolerantes y crueles o la generalizada insensibilidad social se encuentra la literatura. Textos como los de Dickens —entre los que destaco Oliver Twist— produjeron una tremenda revolución en la moral inglesa. La literatura trasmite emociones; el arte, también. Ensanchan el corazón y la imaginación. ¿Resultan poco útiles o valiosas para un profesional? ¿El ingeniero que construye un puente solo está delante de un problema técnico? ¿No debe pensar ni por un instante que personas, tanto adultos como niños, lo atravesarán? ¿No puede sentir compasión y compromiso adelantado por los usuarios futuros de sus obras? ¿Se pudiera comportar igual un mecánico al reparar un auto que un cirujano frente a un cuerpo herido? ¿Un empresario puede lucrar sin interesarse por la suerte de sus clientes, que no dejan de ser también sus conciudadanos?

Las humanidades nos dotan también de capacidad crítica. Nos ayudan a proponer y evaluar metas valiosas para individuos y colectivos. Ciencias y técnicas tienen poco que decir sobre sus fines y límites. Nos dictan el cómo; las humanidades, el para qué. Indican qué fines son valiosos de perseguir más allá del mero rendimiento económico. Si un objetivo de las humanidades se resume en forjar mejores personas, más tolerantes, inclusivas, empáticas, no debiéramos perdernos en la pregunta ulterior: “¿Y eso para qué sirve?”. Cultivar nuestra humanidad constituye ya un fin u objetivo valioso por sí mismo.

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El filósofo Kant afirmaba hace doscientos años que el afianzamiento de la modernidad suponía un paulatino crepúsculo de las humanidades.

—El conflicto de las facultades—
La preocupación no es nueva pero sí actual. Constataba Kant, hace más de dos siglos, que el afianzamiento de la modernidad suponía un paulatino crepúsculo de las humanidades. Ya, en su época, la creciente burocracia estatal y la progresiva industrialización de la economía comienzan a definir cada vez más la forma en que se estructura la universidad en desmedro del talante humanista. Sobre estas y otras cuestiones la reciente publicación de Miguel Giusti, reconocido filósofo peruano, recoge valiosas colaboraciones locales e internacionales —provenientes de catorce países— para profundizar en este debate contemporáneo. Sin duda un excelente libro para repensar el rol de las humanidades en la educación universitaria… o el propósito de la misma.


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